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MADRID- SEVILLA 21 D E E N E R O D E í 931 N U M E R O S U E L T O 10 C T S REDACCIÓN: PRADO DE SAN SEBASTIAN. CERCANA A SUSCRIPCIONES Y TETUAN. SEVILLA. DIARIO ILUSTRAD O A Ñ O VI G E SI M O S E P T 1 M O N. 8.759 ANUNCIOS. MUÑOZ OLIVE, A B C EN LA HABANA Amarga el azúcar Demasiado bonito. E r a como un anuncio yanqui de turismo. Imaginaos la estampa: el barco, del cual yo, por hallarme en el puente, no veía sino la enorme cuña de la proa, avanzaba en las sombras de la noche, rompiendo el mar, que tornasolaban las l u minarias de los muelles, y hasta los anuncios eléctricos y coloreados, por encima de la ciudad. E l palo mayor perdíase en las aéreas tinieblas, y el balanceo del buque descubría y ocultaba, acompasadamente, la linterna del vigía, a la mitad del mástil. A r r i ba, a un laclo, el cielo, de un sedeño matiz violeta, y con estrellas doradas y con un cerco ojeroso. A la otra banda, nubes rojizas de gasa, y, debajo de. ella, la urbe, con l a i n acabable cadena de farolas sobre la bahía, refulgente guirnalda, en uno de sus cabos disminuida con el progresivo espaciarse de las luces de oro, que parecía que iban robándolas, en los barrios miserables. Pero imponíase el panorama, deslumbrante y rítmico de la zona en que formaban apoteosis: la claridad artificial, los hoteles particulares, y detrás, en- distintos términos, las moles blancas de grandes edificios, tal solitaria cúpula y los zigzagueantes reclamos, con su policromía química, guiño nervioso de. la siempre excitada población. Y todo envuelto en una tibieza, que por sí sola constituía la voluptuosidad. Después de once singladuras ásperas, con el viento en contra, portalones destrozados por el oleaje, tumultuoso rodar de maletas y a cada momento el estrépito de la vajilla que se hace añicos, m á s que amenizar, reconfortaba, tranquilizaba el espectáculo de la habanera velada. L a s luces en fila de la. orilla del agua semejaban la risa con dientes de oro de un boxeador negro que, por fin, se hubiese cansado de zarandearnos. Y con esa facultad de olvido característica de los navegantes y de la mujer, que retorna a la maternidad no obstante el dolor de alumbramientos anteriores, los pasajeros del transatlántico abandonamos nuestras i n quietudes, todavía presentes, de la travesía, entregándonos a un incoercible optimismo. Yo, por mi parte, creí, á la vista del paño- rama indicado, a que habían venido engañándome quienes, a bordo, me. informaban acerca de la crisis económica de Cuba, o que, en el caso de ser cierta la ruina de la isla, su capital la conjuraba con aquella su frivolidad substanciosa, trasunto a la moral de un pueblo, de los productos peculiares de su clima, el café, el tabaco y el azúcar, la delicia de las sobremesas inspiradas y de una alegría casi irresponsable. Ñ o es un secreto para nadie que me conozca profesional o. personalmente mi. afición a la Habana. De seguro un comisionado de las Sociedades interesadas en la propaganda del país no la habría realizado con el entusiasmo y la constancia que yo, que, llevo muchos años barajando el Malecón, el Vedado, las volantas, el maestro Varona, el Prado, los aguacates, Humboldt, los danzones, el Yacht Club, la champola de guanábana, el doctor A l b a r r á n los teléfonos automáticos, nervios de la sensibilidad criolla; el ron, los esgrimidores de la Escuela A n t i- llana y hasta la mulata Trinidad. A los mismos cubanos, y en su propia tierra, i m pulsado por mi pasión, he pretendido infundirles cubanismo. Hace diez a ñ o s c u a n d o mi primer viaje al Caribe, encontrando a los multimillonarios de la zafra en plena embriaguez de usos norteamericanos, insinué a los artistas la necesidad de buscar la conciencia del ambiente y de las personas en determinado período vernáculo. Apenas se me escuchó, y continuaron llenándose los repartos de viviendas absurdas en el trópico. N i n guna que no fuese de bazar, aunque monumental y costosísima; y se sudaba ál verlas. Fues, señor, ignoro si ello se deberá a que los norteños andan cada día m á s ilusionados con las normas que legaron núestros abuelos en los antiguos dominios hispánicos, pero! o cierto es que, espontáneamente o por mimetismo, intelectuales y burgueses habaneros reverencian ya la arquitectura, los muebles, los grabados, la lección y las reliquias, en suma, del tiempo colonial. T a y a por Dios... Dije los multimillonarios de la zafra. E n efecto, dos lustros hace, las centrales, no producían azúcar, sino oro. F u é toda la isla un manicomio de nuevos ricos. Se le a r r e b a t ó a la Opera de Nueva Y o r k nada menos, que Caruso. U n guajiro adquirió treinta pianolas para regalarlas a sus compadres. Otro encargaba las joyas al por mayor. H a b í a cinco ruletas en el Casino de la playa de Marianao. E l imponderable Enrique Fontanill, simpatiquísimo cronista de salones, era el arbitro de ¡a vida, no ya social, incluso política y financiera; las familias se disputaban una mención suya en el viejo y acogedor Diario de la Marina. Existían, desde luego, minorías selectas. Llegaron, sin embargo, a contagiarse, y el patriciado rivalizaba con la plebe enriquecida en disonancias e ingenuidades, del juego de pelota con cesta, donde se cruzaban apuestas que daban vértigo, al comedor del hotel Sevilla, con su jass- band, frecuentado por el presidente de la República y los secretarios o ministros. Y en lo que se sobrepasó l a gente de una manera inverosímil fué en el gasto de. neumáticos Sf gasolina; nadie dejaba de poseer su máquina, siempre de gran precio, y los fotingues o fords abundaban, al extremo de hacer pensar que también reinaba la prosperidad entre las cucarachas, innumerables en el trópico, siendo cada automovilito una cucaracha engrandecida, agigantada, suprema advenediza. De pronto, un estampido. ¡A y no era que estallaba una goma! Sonó un disparo. E l de la pistola de un suicida. Siguieron m á s detonaciones con sus correspondientes víctimas. Quebraban los- Bancos, fugábanse sus directores en un día, en horas, con la velocidad y el ímpetu de un tornado, reventó la tragedia nacional. Allá en W a l l Street los banqueros habían decidido que el azúcar no se s El público debe leer diariamente nuestra sección de anuncios por palabras clasificadas en. secciones. En ella encontrará constantemente asuntos que pueden interesarle. pagase a tanto, sino a tanto... U n a rebaja inconcebible y fulminante; en tobogán. Y contra la que no valían protestas. P o r que, a un lado el fracaso- económico, lo verdaderamente doloroso de- la; catástrofe consistía, y consiste, en que ésta reveló, por lo que toca a- los cubanos, la codiciosa ceguera con que, suprimiendo cualquier otro cultivo, consagráronse con exclusividad rabiosa al de la caña, y en cuanto a los judíos yanquis, con su sonrisa indicaban: a. la joven República cómo depende su; fortuna del capricho de los Estados Unidos; es decir, que no se le consiente sitio l a independencia de los globos cautivos. Para una estirpe tan espiritual como la antillana, significa- más daño que la pobreza inesperada e l qué ella resulte de una glotonería torpe, y, sobre todo, que traiga aparejada l a humillación- ante el mundo entero. Desde aquel pistoletazo, que pudo confundirse con la explosión, de un neumático, no han cesado las desdichas. Creo imposible que la Habana descienda m á s en su ruina. Sencillamente, está agotada. L o he comprobado, sigo advirtiéndolo sin descanso en la penosa observación. Mentían las bellas perspectivas del paisaje de cromo de turismo. Y a en las calles, l a realidad señala una circulación escasa y premiosa, unos escaparates desposeídos, mujercitas con ropas mustias. E n el teatro donde cantó el divo Caruso se exhibe ahora un espectáculo de barraca de feria, naturalmente a precios irrisorios. Ese milagro ha hecho el crac: por una vez la vida es barata aquí. N i siquiera la encarecen los americanos, pues noacuden este invierno, a causa de los disturbios políticos. A y e r mismo presencié yo dos batallas a tiro limpio en el Parque Central, la habanera Puerta del Sol. U n transeúnte, herido grave. N o no; los yanquis desean emborracharse en paz. Y no vienen. E l hotel donde yo resido jamás, desde noviembre a marzo, disponía de un cuarto libre, cobrando a sus huéspedes veinte dólares sólo por la habitación. Cinco me cuesta la que yo disfruto, y- hay que ver cómo en la peluquería y el restaurante agradecen propinas que antes- habría desdeñado un negro vendedor de periódicos. Triste cosa, y todavía la agrava el ingenioso desenfado, el cinismo con que alardea él público, U n taxi alcanza a un buen ciudadano, tipo de la clase media, cuarentón, risueño, y a poco le derriba. Comentó el individuo: ¡M á t a m e chico; de todos modos voy a morirme de hambre! E l hambre. Los diarios aluden a los famélicos, se fundan comedores de caridad, un doctor advierte que la dieta es saludable, etc. etc. L o confieso: dan ganas de marcharse. N i n guna intención concreta me trajo hoy a Cuba, simple escala voluntaria en una ruta l a r g a tributo de simpatía y admiración a la v i v a cidad y las cien finas sensualidades de la H a bana, una de las m á s deliciosas terrazas del mundo. E l aire, la luz, el ingenio, el confort siguen, y casi regalados. N o importa. H a y que salir. Todo le amarga la sonrisa embarazosa con la que auténticos entlemen no aciertan a excusarse de no brindaros, una hospitalidad que no les c o n s i e n t e s ú presupuesto. Delicadeza es embarcar de nuevo. Recuerdo aquel personaje que estaba enamorado de V i e n a como yo de la Habana, v que la abandonó en su desastre, porque le hacía sufrir la idea de que su ofrenda pudiera ser considerada por alguien como upa merced, FEDERICO G A R C Í A S A N C H I Z
 // Cambio Nodo4-Sevilla