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INFORMACIONES Y REPORTAJES EZ A Y S E R V Í E LOS PR 1 NC azules tan desvanecidos que parecen ojos sin madurar. Ojos que se volverían profundos Santander se lia vestido protocolariamen- -de seguro- -si les tostase un poco el rete para recibir a los dos príncipes de la verbero de nuestras guitarras. Casa de Inglaterra; se ha vestido de invierno, bruma de Gales, lluvia septentrional. L a Habitaciones regias bahía se ve como al través de un cristal esVamos por el barco en busca de los camamerilado, y entre el vaho marino asoma su chimenea insolente un paquebote. E s el Oro- rotes reales. Parece que en este Oropesa ha pesa, enorme como l a fachada de una calle. establecido su pueril academia un profesor Frente a la bahía, en un despacho oficial, de lenguas: Smokc room. Salón de fumar. el funcionario fino, velazqueño, con la pro- Nurscry. Cuarto de los niños. Bar. Cantina. Todos los letreros están en los dos idiopia sonrisa de Spínola. Telefono que llama e insiste. Comunicación del Club Náutico mas que hoy dominan en el mundo: español santanderino. E l gobernador, Sr. Díaz A g c- e inglés. A l final de un pasillo, con tránsito de camareras con gafas, en- un recodo blanro, escucha la primera petición: -Tenemos preparado el lunch de Sus A l- co y oliendo a pintura fresca, está la única tezas. Esperamos que se sirvan honrarnos... puerta sin número. Entremos. Son las ha Otro timbrazo insistente. Esta vez del Club bitaciones del heredero de un Imperio. Salita angosta, con un par de sillones. GrabaNáutico bilbaíno: -Suponemos que Sus Altezas t o m a r á n aquí el lunch. Pero como ya se hace tarde, le rogamos que nos diga... Apenas ha pasado un minuto llaman de un hotel de San S e b a s t i á n -El lunch de Sus Altezas está listo. Como no llegan, ignoramos... H a y tres lugares de E s p a ñ a donde los príncipes de Inglaterra tienen a punto la comida. Como aquel grande duque. de Osuna, que se hacía servir el yantar en todas sus posesiones y luego se invitaba en casa de un amigo, estos príncipes viajeros han comido en otra parte. U n accidente ferroviario les impide llegar a l a frontera cuando estaba calculado. San Sebastián, Bilbao, Santander, han de contentarse con ese paso fugitivo de automóviles entre niebla, sin poder entonar a los regios ocupantes con un poco del vino ardiente de nuestro Sur, sangría de sol. E l lunch de Sus Altezas las diez de la mañana, autoridades, periodistas y papanatas aguardamos pacientes. L a lluvia preparada para darles a los muchachos Reales la ilusión de que zarpan de lar, costas de su Patria no cesa de acariciar con su pulverizador al Oropesa. E l barco está ya barnizado, empapado, como si lo acabasen de sacar del fondo de l a bahía. L a noche se adelanta también v ya parpadean luces entre la niebla. E l atardecer trae noticias: ya han llegado a B i l bao Sus Altezas. E n los salones del barco al cock- íail substituye el whisky. E l suramericano oliváceo ha desenfundado su g r a m ó fono y rezonga nasal- la música en conserva. Los papanatas desfilan. Las autoridades toman sus automóviles para llegarse al límite, de la provincia. U n periodista ha hecho una averiguación de gran interés. L a marea empieza a bajar antes de las diez de la noche. E l estado del barco no le permitiría salir de la bahía- después de esa hora. Si el príncipe no llega, el Oropesa se detendrá en Santander un día más. A las once horas de espera, una serie de autos enfila sus focos al paquebote. Corren oficiales y pasajeros- -ya de smoking y traje de reunión- -a la primera cubierta. De los autos descienden siluetas apresuradas. Apretones de manos. Reverencias. ¡Por fin! Sus Altezas Y a están arriba los dos príncipes. Se detienen mecánicamente ante la batería de fotógrafos. E l magnesio lanza su grito blanco, saludo de la popularidad a las personas interesantes. E n las placas lia debido quedar registrado un g a r z ó n alto; esbelto, demirada candida y gestos suaves: el príncipe Jorge Eduardo, y un hombre de mediana estatura, de rostro hundido por la fatiga, de- expresión d i s t r a í d a el futuro Rey cíe. Inglaterra. L a sirena del barco inglés, que desde hacemedia hora dirigía llamadas desgarradoras a sus príncipes, pita ahora para echar a los importunos. Eduardo y Jorge se precipitan a las escaleras. H a y hurras y aplausos comedidos, correctos, como corresponde a ladys y gentlemen. D e t r á s de los príncipes va un detective (se le conoce en que lleva, como los detectives de teatro, monóculo y cuello de pajarita) va un secretario, de facciones agudas, como las de Voltaire j o v e n v a en fin, el chófer de Biarritz, conocido del príncipe, que lia conducido en sus coches la caravana por las carreteras norteñas. Todos retroceden ante la puerta, por la- que desaparecen las personas Reales. Todos, excepto un repartidor de Telégrafos, un chicuelo que se enjuga- la cellisca y que. lleva dos telegramas para Su Alteza. Nadie se los arrebatará. -H a y que entregarlos en propia- mano- -contesta a todos, guiñando los ojuelos maliciosos. Y es el- príncipe de Gales quien tiene que salir en oersona a recibir los despachos. -Tenga la bondad de firmar- -le dice el rapaz, ofreciéndole un lápiz. F i r m a sin replicar Su Alteza. E l niocín se lleva el precioso autógrafo, y al salir le espeta al oficial galoneado de l a entrada: -I L o ve usted como sí? E l V o l t a i r e joven acude al racimo de periodistas. -S u Alteza tiene hambre. Su Alteza ya a cenar. Su Alteza se viste. Las camareras de gafas y gorro cuáque- Transatlántico E n el muelle, frente a la escala, un par de mujerucas con impermeable de lobo de mar lanzan al pasaje asomado a la borda el grito de desafío. ¡Oranges a chilín la docena! ¡L a docena a chilín! Otra, en vez de naranjas, vende castañuelas y pañuelos con escenas taurinas estampadas. E l barco no les hace caso. F u m a su pipa, la chimenea insolente, y en los boat las damas leen esas novelas blancas de A n i ta Swan, insípidas, lánguidas y sentimentaloideSj como si, efectivamente, las hubiera escrito- un cisne. E l Oropesa es un inmenso almacén de aburrimiento. Sólo hay cuchicheos, en, un ángulo del salón de estar. E! resto del pasaje, silencioso y correcto, ve pasar las horas con esa indiferencia resignada con que soportan los convalecientes la espera de ja resurrección a l a vida. Juegos de- carias. Juegos en que no se despegan los labios, y se deja el as de emir sobre el tapete verde, sabiendo que l a señorita que hace baza no va a interpretar el hecho como un ofrecimiento amoroso. Caballeros bien afeitados, que se empeñan en resolver los terribles problemas del cross voord puzzle sin encontrar la- sílaba precisa para terminar sus palabras cruzadas. De pronto a cada grupo- hermético se le acerca un camarero, y l u ciendo un ruido de carraca agita en l a cc telera los explosivos alcohólicos, que después no han de producir efecto al uno en estos seres- -automatizados. Rostros de mirones rojos, encarnados, arrebolados, sonrosados por lo menos, y un suramericano verdoso de tan moreno que agrega su cara a los que contemplan el juego y es como una aceituna entre rábanos. Mujeres ele la Inglaterra de cromo de revista, con los ojos de SU ALTEZA REAL E L PRINCIPE D E GALES dos de esas inefables diligencias y de esas carreras de caballos que ya tendría en su casa M r P i c k w i k A l frente, una alcoba de estudiante. A un costado, el cuarto de baño. Otro dormitorio- -y otro baño idénticos. Y en fin, un despachito con modesta mesa aderezada con servicio de escribir. Este será el habitáculo de S S A A el príncipe Real Eduardo Alberto y el príncipe Jorge Eduardo durante su viaje a A m é rica. A n i n g ú n ricacho- de allá ni de acá le hubiera satisfecho. S i en una Agencia le enseñan a un estanciero argentino o a un banquero español los camarotes de los príncipes, contestan de seguro: ¡S i ahí no nos podríamos remover... 1 Sus Altezas no llegcn H a y inquietud en los responsables de Santander. Los príncipes no señalan su paso por ninguna población del itinerario. Desde T- -r- ii rnrnrT p- H- r -T- T- ir- rRr IT- -r- r