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NOVELA POR E R J C H M A R Í A R E M A R Q U E I L U S T R A D A POR E F E R R E R (CONTINUACIÓN) hablaba con Antonio Bemuth. Qué lejos todo aquello! A h o r a ya no me ilusiona nada. Bebemos. Observo cómo Luis, inclinándose hacia adelante, mira con fijeza a la muchacha, con una expresión angustiosa de desesperada nostalgia y de dolor lancinante. Casi a la fuerza le pongo en la mano una copa de Sherry- brandy. Bebemos y bebemos hasta perder en poco tiempo la noción de cuanto nos rodea. II. -r E l cuartel, amplio y rojo edificio de ladrillo, se levanta en un extremo de la ciudad. Atravieso con paso tranquilo el patio de instrucción, por cuyas ventanas cuelgan al sol ropas de camastros. A la izquierda está la cantina; a la derecha, el pabellón de las oficinas de reclutamiento, y por todas partes vénse carteles indicadores del camino que conduce a los locales donde se alistan los voluntarios. E n ¡os pasillos, el olor a cuero se mezcla con un tufo de sudor, de aire viciado y de pan mohoso. H a y varias puertas abiertas, a través de las cuales bosteza en la penumbra de las habitaciones, armarios vacíos, y lechos desmantelados. Pasa por mi Jado un sargento, y cerca de las oficinas hormiguean los soldados, a uno de los cuales pregunto: ¿D ó n d e se hace aquí la presentación? M e mira de arriba abajo y me pregunta irónicamente: -i Pero es que acabas de salir de las faldas de tu madre? Se acerca otro, que, con las manos metidas en los bolsi- líos, me da un empujón, mientras dice: -T ú quieres que te sacuda el polvo, ¿v e r d a d? Pues empieza por echar tabaco. L e miro, impávido. ¿N o has oído, idiota? -me dice, acercándoseme más- ¡V e n g a un cigarrillo! ¿O es que quieres que te eche a rodar? ¿Verdad, Otto, que no sería el primero? Se ríe plebeyamente, como satisfecho de sí mismo, balanceándose sobre las piernas. ¿D a r á s conmigo un paseíto? -continúa- V a s a quedarte turulato, amigo. Aquí somos hombres de pelo en pecho y nos estorban las zaleas de la revolución. -Cierra esa boca, condenado- -le digo- no hay que presumir tanto; que a las gentes de tu calaña nos las comíamos nosotros antes para desayuno. L o s otros soldados se echan a reír. -i Vamos, Schorse: que eso se llama salirle a uno el tiro por la culata! -dice Otto, entre carcajadas. ¿Y por qué no dices de una vez que eres de nuestra pandilla? -refunfuña Schorse con gesto avinagrado, mientras señala con el pulgar por encima de los hombros- P o r allí arriba se entra. -D é j a l o todavía hay tiempo- -le, conteste. Escarbo en el bolsillo hasta sacar un paquete de cigarros, que ofrezco a la redonda. Fumamos y pregunto; -Y ¿cuándo empezáis a repartir leña i Schorse escupe y contesta: -E n realidad vamos a licenciarnos otra vez. Y a sabes- -insinúa, imprimiendo a sus manos un movimiento pendular- -que hay que anclar con mucho tiento. S i por un lado pueden aprovecharse de nosotros por el otro constituímos para ellos un pclipro. H o y han venido así las cosas y mañana pueden venir de otro modo. Pero lo que es el teniente... ese ya no nos suelta; sabe muy bien lo que quiere, ¿no es verdad, Otto? -S í aquí sabemos muchas cosas- -dice el interpelado, mirando con mirada oblicua hacia las oficinas. -Donde anda la garlopa por fuerza tienen que salir v i r u tas- -dice Schorse, riendo- Delatores es lo que no aguantamos, porque hay gente que quisiera especular con los depósitos de armas. Y si no que lo diga el sargento Buschmann, que viene por allí. Pero antes- -prosigue entre risotadas- antes habrá una buena sesión de garlopa. Leña en los huesos, con l a hebilla del cinto, hasta que el mozo no pueda ya decir ni p í o! Y termina, mientras se atusa el bigote: -Aquí estamos muy emboscados, amigo... -Sí- -replico- pero, si se descubre algo de esto, estáis perdidos. Schorse me mira asombrado un momento y estalla de risa. -Caramba, Otto, ¿has escuchado? Dice que estamos perdidos... Entre incesantes explosiones de risa añade con aire compasivo, dirigiéndose a m í -Primeramente, no es fácil que se descubra nada; pero, en el caso de que se descubriese, ya tenemos tomadas nuestras posiciones. ¿O piensas t ú que nuestro teniente no tiene i n fluencias? Pues las tiene, y bien altas por cierto. N o a nosotros tío puede pasarnos nada; para los tribunales seriamos siempre unos buenos chicos; todo por la patria, y con eso saldríamos del paso. -P o r lo pronto nos vamos a ir al campo- -interviene Otto. -S í es verdad- -dice Schorse- algunos nos largaremos pronto de aquí. Jugaremos un poco en las haciendas al escondite; jornaleros con armas, ¿comprendes? E s por causa del control. Oficialmente sólo podemos ser tantos o cuantos hombres; pero, ¡c a r a m b a! últimamente he visto yo una orden... i Resulta que allí hay que trabajar efectivamente! ¿Cómo? -pregunta Otto, desconcertado. -L o que te digo- -ratifica Schorse- ¡Trabajar! ¡M i r a que ser veteranos y trabajar! Para eso podía uno hacerse otra vez paisano. -No- -replica Otto- ya se cuidará nuestro teniente de que en alguna parte se arme jaleo. -i Como que, si no hay tiros, l a vicia es una p o r q u e r í a! -g r u ñ e Schorse. Otto había sido antes cochero, y Schorse, cargador ele muelle. Fueron soldados cuatro años y supieron serlo tan bien, que ya no son, ni quieren ser, otra cosa. Representan un residuo de la guerra, que se ha desparramado por los ámbitos de la paz. Allí se reúnen, dondequiera que estallan revueltas, y les va en ello tan a gusto, que si no hubiese guerra estarían desorientados. Estos salvajes y eternos lansquenetes, estos oficiales sin pan, entreverados con unos cuantos idealistas, constituyen las últimas, las más duras escorias de l a guerra. Pasa junto a nosotros un sargento, que lleva al cinto una porra de goma. E s un fornido gañán, de gesto brutal y ojos pequeños. Todos callan a su paso; unos cuantos reclutas se icyantan y le saludan, cuadrados. E l l o s mira displicentemente, mientras aquéllos le siguen con los ojos; cuando le ven desaparecer respiran y vuelven a sentarse. ¡V a y a vaya! -digo, en tono de burla- ¡S i gastáis m á s ceremonias con vuestro jefecillo revolucionario que las que nosotros teníamos antes para nuestros jefes prusianos! -N o hables tan alto, hombre- -me interrumpe Schorse. mientras mira hacia la puerta- que ese que ha pasado es Buschmann, el carnicero; que cuando oye hablar algo de la i evolución se pone furioso. M e levanto. ¿C ó m o he podido concebir la idea de acogerme a este sitio, donde sólo ronda, como un fantasma, una ca icatura horrorosa de la guerra? Estos hombres que, convertidos n máquinas, han perdido todo sentido de ¡a realidad, hálianse tan obsesionados con la guerra que tienen que fingírsela para su uso particular. E n vez de entregarlas, como debieran, trasladan en secreto unas cuantas armas, las esconden, las sepultan, las vigilan, y creen que con eso salvan a la patria. Y sin embargo, hasta los niños saben hoy el enorme material de artillería que se precisa para batir seriamente, durante una sola semana, un trayecto de pocos kilómetros. Pero en estos soldados sin freno, l a guerra se ha convertido en idea, hasta tal punto, que lo de menos es la realidad. Matan sin onpasión, por ocultar una docena de fusiles, y se consideran a ú n vengadores dé la patria. Serían ridículos si no anduviesen vidas humanas de por medio. Tanto valdría que un general riñese batallas con soldados de plomo. Esperaba encontrar aquí un resto de aquella llorada camaradería que, en vano, tratamos de volver a anudar. Pero retrocedo con espanto ante el salvaje sentimiento de cohesión que aquí recibe ese nombre; la amargura, la rudeza, ia indiferencia y la desesperación se mezclan en una atmósfera falsa, con el orgullo cínico y la petulancia ridicula. Cierto que también hay entre ellos aigún que otro hombre tranquilo y reposado; pero claro se advierte que los más ruidosos son los que llevan la batuta. Y a no este aquel ambiente nuestro,
 // Cambio Nodo4-Sevilla