Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
N O V E L A POR E R J C H M A R Í A R E M A R Q U E I L U S T R A D A POR E F E R R E R CCONTINUACION) -Luis... L e agarro por las solapas. ¿Qué le pasa a Luis? ¡Muerto... L a habitación empieza a darme vueltas y caigo de espaldas sobre l a cama. ¡A buscar un médico! Carlos hace pedazos una silla contra el suelo mientras repite, presa de la mayor desolación: ¡Muerto, -Ernesto, muerto... Abiertas las venas de la muñeca... N o sé cómo he acertado a vestirme ni cómo he podido llegar a l a casa de Luis. D e pronto contemplan mis ojos una habitación, luz chillona, sangre, el centelleo de los cuarzos y pizarras... y allí delante, en un sillón, una figura infinitamente cansada y consumida que se derrumba... un rostro horriblemente afilado y pálido... unos ojos medio abiertos, pero ya sin luz... N o sé lo que ocurre. Allí está la patrona, allí también Carlos... Ruido... Alguien me habla y me parece oír un ruego de que me quede; comprendo que quieren i r en busca de otra persona... Accedo y me acurruco en el sofá... Rechinan puertas... N o puedo moverme; no puedo hablar... Y de pronto me veo a solas con Luis y me quedo mirándole... Luego, una mano que me empuja... O t r a vez gente en el cuarto; los que han entrado hacen además de coger a L u i s Aparto con violencia al primero que pretende acercársele; no quiero que nadie le toque... Luego, su cara se. me representa clara y fría, ceñuda, transformada, extraña... N o puedo reco nocerle ya y caigo de espaldas, tambaleándome como un borracho. gigantesco de negras alas llegó calladamente, con pausados aletazos, y le abanicó sin ruido con las plumas desplegadas... A Carlos Bróger fué el último que estuvo con el desdichado Luis, a quien encontró sereno y casi alegre. Cuando Carlos se fué púsose L u i s a ordenar sus cosas y estuvo un rato entre, gado a l a escritura; acercó luego a la ventana una silla y puso encima de la mesauna zafra con agua caliente. Cerró por dentro la puerta, tomó asiento en el sillón y se abrió las venas en el agua. Poco dolor, sin duda; vio correr la sangre, espectáculo con el que había soñado tantas veces: vaciar su cuerpo de aquella sangre odiosa y envenenada. E l cuarto adquirió poco a poce una luminosidad extraordinaria. Veía distintamente cada uno de los libros, cada aguja, cada reflejo de su colección de piedras, los colores todos... Y se dio cuenta: su cuarto. Se reconcentró en sí mismo; dijérase que se infiltraba en su aliento hasta compenetrarse con él... Luego le pareció que todo se alejaba, vago y confuso... S u juventud se le representó como en lienzos diferentes. Eichen dorff, los bosques, la nostalgia de la casa... Reconciliado sin dolor... Detrás de los bosques alzábanse alambradas, las nubecillas blancas de los shrapnels, las explosiones de las granadas, que no le daban ya miedo porque tenían un son amortiguado, como de campanas cada vez más sonoras que parecían estallarle- dentro de la cabeza... Todo se le fué obscureciendo con una desmayada lentitud... Sintióse cada, vez más débil, y la noche trepó, alfin, por la abierta ventana... Nubes flotantes por debajo de los pies... ¿N o había sentido muchas veces en su vida el deseo de ver flamencos? Pues ahora los tenía allí; si, aquellos eian flamencos, con sus amplias alas rosáceas; muchos, muchos; una bandada en cuña... ¿No era así como habían pasado una vez patos bravos Por delante de la luna roja, tan roja como las amapolas de Flandes... E l paisaje se ensanchaba cada vez más; los bosques se hundían y se hundían; islas y ríos plateados brillaban en el fondo; las alas rosáceas volaban cada vez más. aitas, y cada vez también era más claro el horizonte... ¡E l m a r Súbitamente embraveciósele en el cuello un grito negro y ardoroso, y un último pensamiento pasó como una ola desde el cerebro a la conciencia vacilante: miedo, salvación, desasimiento... Intentó levantarse entre tambaleos de impotencia... Quiso alzar la mano... Todo giraba y giraba... Sintió un supremo desvanecimiento... Y el pájaro s Está como vacía mi cabeza; apóyanse fuertemente mis brazos sobre los brazos del sillón, y siento como si no pudiera volver a levantarme. Tras de los hierros del balcón, fúndense las praderas con la masa obscura del bosque; flota la niebla, y las montañas azules reposan en el horizonte. Por detrás de las cúspides levántanse nubes plomizas, que se abrillantan y diluyen suavemente, hasta llegar a la luna convertidas en menudos y diáfanos copos. Envueltos en luz misteriosa, lejos, muy lejos, no más que como un recuerdo, yérguense los álamos. ¡Alamos de nuestra juventud... ¡Arboles de otra vida... L a carretera blanca hiende el paisaje y desemboca en el laberinto de la ciudad, sobre cuyos tejados se c rne la luna. ¡Cómo podrá estar el mundo tan plateado y tan sereno! L u i s yo no quiero ya vivir tampoco. ¿Qué he de hacer aquí, si ya no estamos todos juntos? Desenraizados, rendidos, trocados en ceniza... ¿Por qué te has ido tú solo? Arden mis ojos y mis manos... Tengo fiebre... Barájanse en mí cien encontrados pensamientos... N o sé y a lo que hago. ¡Llévame -murmuro- ¡Llévame a mí también! E l frío, un frío extraño, me hace castañetear los dientes; ahora tengo húmedas las manos... M e tambaleo, como si fuera a caerme... Tiemblan ante mis ojos unos círculos grandes y negros... ¿N o se movió ahí una puerta? ¿N o encajó una ventana... r ¡Qué escalofrío tan intenso... L a puerta abierta de mi cuarto me deja ver, a la luz de la luna, mi antigua guerrera militar, que cuelga de la pared, junto al violin. Avanzo de puntillas para que la guerrera no lo advierta, y me abalanzo sobre aquella prenda gris que lo ha destrozado todo: nuestra, j u ventud y nuestra vida... L a descuelgo con f u r i a quiero arrojarla lejos... pero, de pronto, le paso la mano por encima, me la visto y siento cómo, a través de m i piel, se apodera de mí; tiemblo, escalofriado; late mi corazón tan apresuradamente que parece subírseme a la garganta... U n a nota vibrante rasga el silencio... M e estremece un pavoroso sobresalto... Tengo miedo, e instintivamente me aprieto contra la pared... S í en la lívida claridad de la puerta abierta se dibujan una sombra. Vacila, flota, se acerca y me hace señas; concreta y plasma una figura, una cara con cuencas sombrías, entre las que se abre una ancha hendidura, una boca que habla sin voz... ¿N o es ese W a l t e r? -m u r m u r o- Walter Willenbroock, muerto en agosto del 17 en Paschendae... ¿Me habré vuelto loco... ¿N o será un sueño... ¿Estaré enfermo... ¡Pero es que detrás de éste se desliza ya otro, pálido y encorvado... Federico Tobergte, a quien en Soissons un casco de metralla le destrozó el espinazo, cuando estaba agazapado en la escalera del refugio... Gris y espectral, con ojos muertos, atrepéllase después toda una turba de sombras que vuelven a este mundo, y pueblan en tropel mi habitación: Francisco K e m merich, de dieciocho años, muerto a los tres días de haber sido amputado; Estanislao Katczinsky, -con los pies oscilantes y la cabeza hundida, de la que mana un delgado hilo negro Gerardo Feldkanmp, destrozado por una mina en iprés; Pablo Báumer, muerto en octubre del 18; Enrique Wessling, Antonio Heinzmann, Haie Westhus, Otto Matthes, Francisco Wagner... Sombras, sombras en un largo desfile, en una macabra teoría inacabable... Flotan hacia adentro, se acurrucan entre los libros, trepan por la ventana, invaden todo el cuarto... Pero, de pronto, estalla en mí el espanto al ver surgir poco a poco una sombra, más intensa que las demás. Deslizase, apoyándose en los brazos; cobra nueva vida y se le dibuian dentro los huesos, mientras todo el cuerpo va tomando forma lentamente; los dientes brillan en la cara negra como si fueran de yeso, y hasta los ojos parecen centellear en sus cuencas... Penetra en la habitaeión y se. me acerca... ¡E s el capitán inglés... Detrás de él se arrastran, rozando el suelo, las bandas de las polainas... Con un suave esfuerzo se alza y crispa sus puños ante mí... 1 T i! -n r- n H rv. ivn- r rvni I T! 1 HIT Oír Tlf 11 i
 // Cambio Nodo4-Sevilla