Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
AL VER SURGIR POCO A POCO UNA SOMBRA MAS INTENSA. ¡L u i s! ¡Luis! -gritó- jAyúdame, Luis... Cojo a montones los libros del estante y los arrojo contra aquellas manos que, sin duda, pretenden atenazarme, ¡Granadas de mano, L u i s! -grito. Lanzo también contra la puerta el acuario, que se estrella con gran estrépito... Pero el capitán sigue haciéndome v i sajes y aproximándoseme cada vez más. Asgo la caja de las mariposas, el violín, una silla y lo descargo todo contra el aparecido, sin cesar de gritar: ¡L u i s L u i s M e abalanzo contra la espantable visión, cruje la silla, salvo la puerta, al fin... M e persiguen unos gritos angustiosos y percibo, cada vez m á s cerca, la respiración jadeante del capitán inglés. Corre é s t e- d e t r á s de mi, me lanzo escaleras abajo, llego a la calle, vuelvo a sentir en la- nuca el aliento. que me va a los alcances; corro, vacilan las cosas... ¡A u x i l i o a u x i l i o! grito, despavorido. Plazas, árboles, una garra en mi hombro... Bramo, aullo, me atropello... Uniformes, puños que me amenazan, furias, rayos y el rápido fulgurar de unas blandas hachas, que me derriban a tierra... OUINT PARTE H AN pasado años o sólo semanas? E l ayer pende sobre el horizonte como una neblina, como un nublado lejano. H e estado enfermo mucho tiempo, y siempre veía ante mí el rostro preocupado de mi madre. Cedió, al fin, la fiebre; pero, limpio ya cíe ella, me sobrevino un gran cansancio, que ahuyentó toda la anterior dureza; un dormir despierto, en el que se diluían todos los pensamientos; un apagado abandonarse a merced del suave cantar de la sangre y del calor del sol... Brillan las praderas con los últimos fulgores del verano, y hago de ellas dulce lecho de reposo... Levántanse los tallos por encima de mi cara, y ellos sen, al doblarse con rítmico balanceo al soplo del viento, todo mi mundo actual. E n los sitios donde sólo crece la hierba tiene el viento un sonido suave y sibilante, como el de una guadaña lejana... E n otros lugares, donde se yergue la acedera, él tono es m á s grave, y se precisa escuchar muy atento para poderlo percibir. Pero el silencio se anima. Moscas diminutas, de alas negras punteadas de rojo, se agrupan sobre los racimos de ace (E X C L U S I V A D E A 3 C P A R A TODA E S P A Ñ A P R O H I B I D A L A R E P R O D U C C I Ó N) dera, balanceándose en los tallos; zumban los moscardones, como pequeños aeroplanos, sobre el trébol, y un coccinélído trepa, solitario y tenaz, hasta la punta m á s alta de una bolsa de pastor U n a hormiga llega hasta mi muñeca y desaparece por el túnel de mi manga, llevando a rastras una brincia de hierba seca, mucho más larga que su cuerpo. Percibo el suave cosquilleo que, levanta sobre, mi piel, sin acertar a discernir si es la hormiga o la brizna de hierba lo que va despertando en mi brazo esta delicada linea de vida, que se resuelve en leves escalofríos. Después, cuando el viento sopla en mi manga, se me ocurre pensar que todas las caricias del amor tienen que ser ásperas y groseras, comparadas con este soplo que me acaricia la piel. U n cárabo de sedosos reflejos verdes, como el revestimiento de una torre antigua, surge con sus curvos y ondulantes tentáculos de la espesura del herbaje; cae sobre mi chaqueta y la escala sin vacilar; atraviesa, impasible, el extraño mundo del forro, y forcejea por las estribaciones de los brazos hasta remontar las alturas del pecho. Soy, para el insecto, como una colina en la hierba- -una colina con anfractuosidades y pequeños barrancos- por la que trepa sin asustarse. Revuelan mariposas, tan abandonadas al viento, que parece que vinieran nadando por él, velas blancas y doradas del aire apacible; pósanse sobre las flores, y, de pronto, al abrir de nuevo los ojos, que había entornado u n instante, veo que dos de ellas han parado tranquilamente su vuelo sobre m: pecho: la una, semejante a una hoja amarilla, con puntitos rojos; desplegada la otra, con ocelos violáceos de pavo real, sobre un terciopelo gris obscuro, como condecoraciones del estío. Respiro suave y despaciosamente; pero, a pesar de ello, son tan leves sus alas que se estremecen al soplo de mi aliento... Se quedan conmigo, sin embargo. E l cielo claro se cierne por d e t r á s d e las hierbas, y sobre mis zapatos se posa una libélula. Telas de a r a ñ a y filandrias relucientes cuelgan de los tallos y de las hojas; empújalas el viento hacia m í cuélganse de mis manos y de m i traje y se posan sobre rni cara y sobre mis ojos. M i cuerpo, s í mi cuerpo se compenetra todavía con el prado; desaparecen sus contornos, disuelve la luz sus perfiles y empieza como a esfumarlo por los bordes. P o r sobre el cuero de mis zapatos dij érase que se levanta el aiiento de las hierbas; por los poros de la lana del traje penetra el hálito de la tierra; el viento agita y revuelve mis (COPYRIGHT- U, FEATURE SYNDICATE) (Se continuará.