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sia, Ahmed Kadjar, hizo un papel inolvidable por lo fastuoso. L a leyenda de riqueza que ie precedía era como la piedra angular de su prestigio. L o demás lo edificaba él en la fantasía de la gente derrochando millo nes. Todo gran señor, fabulosamente rico, usurpa, en cierto modo, a la Providencia, una parte de sus funciones. Sus contemporáneos menesterosos le contemplan como a un Dios, y, si no esperan de él justicia, se hacen la ilusión de merecer algo de su bondad. -No. importa que sea guapo o feo, joven 0 anciano. Las leyes del tiempo y los cánones de la belleza no rigen para él. L a que. atrae a la gente, lo que l a deslurnbrja y la subyuga es la visión imaginaria dé sus riquezas. De Ahmed Kadjar se sabía eme, fa más de ser dueño de la mitad de su Imperio, poseía la mejor colección de piedras preciosas. ¿Qué más se necesita saber de un hombre para que se lo rifen las mujeres? E n es; as circunstancias y con esos medios cualquiera puede acercarse a la felicidad, entendiendo por tal la satisfacción de los deseos. Pero esa forma de la. felicidad, asequible a un particular cualquiera, que puede quedar, muy dignamente a los ojos de. sus contemporáneos, sin ser más qu un simple turista, les está vedada a los hombres muy poderosos, al banquero, porque en cuanto se distraiga demasiado, le h; aceu una jugada de Bolsa que lo deje por puertas; al comerciante, porque descuidaría su negocio y su clientela, y al Monarca, porque en su país los ojos de sus subditos no le pierden de vista. Reinar es un oficio austero, que el Shah de Persia no comprendió nunca. Le faltó siempre el sentido de la dignidad del cargo. 1 Se dio cuenta alguna vez de que se estaba jugando la Corona? Los que le trataron de cerca aseguran que era poco inteligente, deficiencia tan peligrosa en un Soberano como el pasarse de listo. Persia, que es un vasto Imperio de grandes tradiciones, no ha sido nunca muy fiel a sus dinastías reinantes. E l espíritu nacional no ha identificado nunca la persona del Monarca con el principio divino. L a religión oficial y las creencias populares soslayan ese problema como una cosa contingente, que apenas se roza con el destino del país. E l Shah no aparecía investido, como en la Rusia de los Z a res v en la vieja Turquía, de un carácter religioso. L a dinastía, nacida de la fortuna de las armas, recuerda un poco el sistema seguido en Bizancio para la adjudicación del Trono. Subía, por el éxito militar, un caudillo, al poder supremo; manteníase en él defendiéndose de toda suerte de asechanzas y de intrigas, y a duras penas lograba asegurar la sucesión. E n l? antigüedad, en la época de Ciro y de Darío, el príncipe tenía la gloria como fianza, y duraba porque el acrecentamiento territorial le granjeaba a perpetuidad la adhesión de sus subditos. Pero desdé mediados del siglo x i x aquel Imperio, considerablemente mutilado RIZA K H A N E L J E F E DE LQS R E V O L U por los azares de la guerra y los desaciertos CIONARIOS, QUE DESPOJO D E SU TRONO políticos, no ofrecía al Soberano ocasiones A L S H A H D E PERSIA de lucimiento. Este era el primer sátrapa del reino, sin el n. enor apetito de gloria. U n Permanecer en su puesto, velando celosaTrono se hereda por designios de la H i s- mente por la integridad del patrimonio natoria, pero no se conserva más que con el cional. E l oficio de Rey trae aparejadas mérito personal. E n Persia se lian venido ciertas obligaciones, que, desconocidas o disputando la hegemonía o la privanza eco- menospreciadas, acarrean, tarde o temprano, nómica dos grandes naciones: Rusia e In- la ruina de la institución. Ahmed Kadjar, glaterra. P a í s rico, era natural que tentase indiferente a aquellos deberes, se vino a la codicia de los grandes núcleos financie- Europa, y Francia, que tiene para todo homros e industriales. Estos se instalaron allí, bre rico seducciones de sirena, le retuvo con y, después de hostilizarse, pusiéronse de los atractivos de una civilización menos acuerdo para el aprovechamiento de lo que opulenta que la oriental, pero de más rela desidia nacional tenia descuidado. ¿Qué cursos para divertir y adormecer el tedio debió hacer el Shah en aquella situación? inevitable en los poderosos que han paladea- TRONO D E PERSIA EN ORO CINCELADO -el vino del placer en todcS fas copas. P a rís, Deauvíhe, la Costa Azul, el juego, las mujeres, los deportes; gastar sin contar y ser en todo memento la primera ¿gurr entre los presentes. ¡Envidiable orograma que hubiera satisfecho al mismo Fausto! Pero Ahmed Kadjar se dejó en la capital de su país a Mefistófeles. personificado en un general ambicioso y bienquisto, que, después de. secuestrarle el. alma con la adulación y la aparente fidelidad, le arrebató el Trono. D i m que el Soberano se comunicaba a- diario por correo con su primer ministro, sin prever que cuando se reina por correspondencia se pierde el Trono por telégrafo. ...Ahmed Kadjar murió hace un año en un hospital de París, sin tener en torno suyo más que los dos únicos amigos que no nos abandonan cuando- todo lo que creíamos nuestro nos traiciona o desaparece: la soledad y el silencio. ¿S e opuso alguien a que la noticia de su muerte tuviese la debida resonancia en el mundo? T a l vez. Por M a drid pasó aquel Soberano hace varios años, exuberante de juventud y de poder, y sus arreos llamaron la atención por lo suntuosos. Las tropas le rindieron homenaje y la población le contempló con ese sentimiento de curiosidad complacida con que asiste la multitud a todo espectáculo gratuito- ¿P o día prever nadie entonces su. patético fin? F a r í s no se conmovió por la tragedia que se desenlazó en uno de sus hospitales, porque la gran urbe no es piadosa con ios caídos. Los aventureros y las cortesanas que le daban escolta en Montmartr e no tienen tiempo de pe. nsar en el que desaparece. Toda su atención es para el que lia venido con dinero o para el crac va. a venir. E l repórter que comenta aquel brillante pasado no siente ante su recuerdo más que una gran compasión. Rex est sacra miser que decía nuestro maestro Séneca, presintien- do la moral cristiana. E l dolor que redime ha entregado a la tierra los despojos de un hombre que expió en la amargura su desmedida afición a los almíbares de 1 a vicia... MANUEL BUENO