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MADRID- SEVILLA 5 DE MAYO D E 1. R 31. N U M E R O S U E L T O 10 C E N T S DIARIO -n. ILUSTRA. J, -i IB. DO. N. AÑO 8.847 VIGE- SIMOSEPT 1 MO F U N D A D O E N i D E JUNIO D E 1905 P O R D. TORCUATÜ L U C A D E T E N A ENTREVISTA CON DON A L E N LONDRES Ambiente adecuado. Una audiencia sin protocolo. El Rey. Ahí tienes al crío Nostalgia de la patria lejana. España ante todo. Para evitar una guerra civil. A la voluntad nacional y la soberanía del Parlamento. Propaganda monárquica dentro de la ley. Alteza de miras. La Dictadura. Los boíafumeiros del golpe de Estado, convertidos en acusadores de! Rey. El mayor sacrificio por España. Fina! de la audiencia. A B C y la Monarquía constitucional española. E l ambiente de un hotel londinense, ni tan modesto que pueda desentonar con l a categoría del huésped egregio que lo habita, ni tan excesivamente lujoso que lo asemeje a esos grandes palaces cosmopolitas llenos de ruido, en los que bailan de madrugada todos los rastacueros de Europa y donde se hospedan los americanos del Norte. E s un hotel señorial, silencioso, sin orquestas de jazz, y en cuyo hall, de una noble sencillez b r i tánica, las conversaciones se deslizan a media voz. E n este hall, desde las diez de l a noche, espero treinta minutos, con impaciencia no exenta de emoción. Subo poco antes de la hora que el Señor se ha dignado fijar para recibirme. A l final del tramo de escalera correspondiente al segundo piso, hay un largo pasillo blanco y estrecho, con puertas numerables. M e parece desierto. V o y a una audiencia en la que ya no hay que pasar por guardias alabarderos, gentileshombres, ni ayudantes de servicio. Junto a una de las puertas numeradas, ante la que me detengo indeciso, surge un pequeño botones del hotel, que después de enterarse de mi nombre me dice con la misma sonrisa amable que hubiera usado hace algunas semanas un grande de España: Iiis Majesty is zvaiting. (Su Majestad, le espera. Y con un llavín abre la puerta. Det r á s de ella, vestido de smoking, -ta pie, esperándome efectivamente, se halla el Rey. ¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo sin vernos! Su mano izquierda se ha posado sobre mi hombro, mientras su diestra estrecha la mía. Y repite en otras palabras: -Hacía varios meses que no te veía. Es verdad. Hace meses. M i monarquismo no ha, gustado nunca de frecuentar las antecámaras. A B C ha defendido siempre la Monarquía española y a la persona del Rey, sin recibir ninguna sugestión. Y durante estos últimos meses, en que la campaña ha sido más intensa, con intención de evitar lo que a la postre ha sido inevitable, ni siquiera he visto al Rey. Sé que en algunas contadas ocasiones, mi opinión no le ha gustado. Recuerdo ahora que, cierta vez, alguien me dijo, comentando un artículo de A B C Usted por lo visto ignora que el Rey piensa de otro- modo. Y o le contesté: Y usted que A B C es jEonárquico con mi criterio, no con el criterio del Rey. L o cual no quiere decir que en aquella ocasión fuese mi criterio el acertado; pero viene a cuento de las habladurías de muchos necios, que creían o fingían creer poco menos que yo iba diariamente a Palacio para recibir órdenes. A h o ra, pasadas las primeras semanas de la República, cuando mi ausencia de Madrid no puede interpretarse torcidamente, me he apresurado, sin tapujos, a salir de España para cumplimentar al Rey. Aún estamos en pie, cerca de la puerta que acaba de cerrarse, cuando por otra aparece la silueta fina juvenil y vigorosa del infante don Juan. E l Rey, con un dejo de ternura en la voz y la expresión de su madrileñismo castizo, me lo señala, diciendo: -Ahí tienes al crío... M a ñ a n a me lo llevo al Colegio Naval de Dartmouth, a que continúe sus estudios. Para él representa un gran sacrificio, pues la carrera de marino inglés es durísima. Pero el muchacho va con un gran espíritu. Te agradeceré que lo digas, si tienes ocasión. E l infante me- ha saludado y vuelve a marcharse. Quedo solo con el Rey y mi expectación aumenta ante la incertidumbre y la trascendencia indudable de cuanto puede decirme. -Siéntate, ¿quieres? E l primer español que llega aquí para verme eres tú. Te lo agradezco mucho. Y a continuación las preguntas, numerosas y rápidas, que por el tono en que. son enunciadas suenan a nostalgia de la Patria lejana: ¿Q u é día saliste de M a d r i d? ¿Cómo está aquéllo? Tranquilidad a b soluta, ¿v e r d a d? ¿C r e e s que arreglarán lo de Cataluña? ¿Cómo se desenvuelve el Gobierno? Y cuando con entera lealtad he contestado a estas preguntas, el Rey adopta un gesto más grave, sacude con el índice de su mano izquierda la ceniza del cigarillo, y me dice, consciente de la importancia de sus palabras: Estoy decidido, absolutamente decidido, a no poner la menor dificultad a la actuación del Gobierno republicano, que para mí, y por encima de todo, es, en estos momentos, el Gobierno de España. Quiero que lo digas, quiero que lo sepan todos, los monárquicos y los republicanos, cualesquiera que sean las interpretaciones torcidas que la pasión pueda dar a mis palabras. Soy sincero, y mi actuación futura demostrará la lealtad con que voy a cumplir este propósito. Los monárquicos que quieran seguir mis indicaciones deben no sólo abstenerse de obstaculizar al Gobierno, sino apoyarle en cuanto sea patriótico. E n Zamora dije en un discurso que por encima de las ideas formales de República o Monarquía, está España, y ahora no tengo sino repetir aquellas palabras. Te extrañará oírme hablar así, ¿verdad? -N o me extraña, Señor, porque estoy seguro de conocer a Vuestra Majestad y sé de su patriotismo cómo no lo saben muchos españoles de buena fé, que aún están influidos por una campaña inicua de difamación personal. -Pues yo quiero diferenciarme de los que así han procedido. Durante el último a ñ o de mi reinado se ha puesto a mis Gobiernos toda serie ele dificultades. A l contrario de lo que otros hicieron, yo no aprobaré jamás que se excite a l pueblo contra las autoridades y sus agentes, ni que se especule con desdichas de la Patria para desprestigiar al nuevo régimen. Ño quiero que, los monárquicos exciten en mi nombre a la rebelión militar. Hasta mí han llegado noticias de que muchos militares se negaban a prestar la adhesión a la República que les exigían. A cuantos he podido les he rogado que la presten. L a Monarquía acabó en España po r el sufragio, y si alguna vez vuelve ha de ser, asimismo, por la voluntad de los ciudadanos, -Algunos periódicos, Señor, han dicho, comentando el documento con que Vuestra Majestad se despedía de España, que pretendía encender con él la. guerra civil. E l R e y tarda en contestar: ¡E s triste... -dice al fin- Y o he salido d e E s p a ñ a después de redactar ese documento; pensando, precisamente, en evitar una guerra civil. Las elecciones municipales, jurídicamente consideradas, tienen un simple alcance de que, tanto los republicanos como los m o n á r quicos, les hablan concedido importancia plesbicitaria, y por eso tomé la resolución de irme, en prueba dé mi respeto a la voluntad nacional; inclinándome ante ella y rechazando los ofrecimientos que se me ha- cían para constituir un Gobierno de fuerza que mantuviese el orden publico hasta que se celebrasen las elecciones de Cortes. Considero que contra ese sufragio de! pueblo no podía. defenderse a tiros la Monarquía, como se reprime un foco de rebelión militar. Salí de España respetando su voluntad, peroppr la mía, ya que nadie tenía derecho, a exigirme descender de mi Trono mientras las Cortes no proclamen la República. Las elecciones municipales podrán haber expresado la voluntad de la nación, pero su soberanía corresponde al Parlamento. Y a sabes por qué me m a r c h é para evitar la sangre en las calles. Y ya sabes, también, por qué no a b d i q u é mis derechos a la Corona de España pertenecen a mis antepasados y a mis descendientes no son únicamente míos, y sólo an 1
 // Cambio Nodo4-Sevilla