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n u e s t r o s m e r c a d o s exteriores. La lección del puerto Je Londres. Cuándo sé contempla el maravilloso espectáculo del Támesis, en Londres es fácil olvidar- -como dice el director del puerto, M r J Owen, en su Port of London, -yes- terday and today- -nue los ingleses no han sido siempre una raza colonizadora y marítima. H a s t a el año 1400 los comerciantes ingleses emplearon siempre extranjeros, principalmente flamencos y venecianos, para el transporte marítimo de sus mercancías. Sólo cuando se creó la famosa Asociación de Mercaderes Aventureros empezó a cambiar aquella, costumbre y a- aumentarse rápidamente la proporción de navieros británicos. N o había, pues, en ellos cualidades nativas especiales; n i en su isla n i en el estuario de su río condiciones que impusieran fatalmente la aptitud marítima a los r i bereños, aunque a posteriori se haya visto que la Naturaleza había provisto de ciertas ventajas para la navegación el país en que habitan. Todo ha sido obra de su Voluntad formidable, de su sentido de la continuidad, que no se ha dejado impresionar nunca por adversidades par. ciales. Y ese esfuerzo g i gantesco en el orden de la técnica, en la pugna con las fuerzas naturales, explica el éxito constante que este país ha tenido en sus luchas con los demás hombres. L a dominación del mar y el río era una gran escuela de energía. Más asombrosa que todas sus victorias navales resulta la visión de estas márgenes del Támesis, en las que el trabajo humano ha acumulado tan inmenso volumen de riqueza: almacenes que tienen cientos de miles de metros cuadrados, docks donde penetran como en un redil los monstruosos transatlánticos, muelles que se prolongan kilómetros y kilómetros, máquinas de infinitas formas que simplifican y facilitan el trabajo del hombre. ¿Cuántas grúas hay en estos- docks? -interrogo al alto funcionario que me acompaña. -Exactamente mil seiscientas cincuenta, de diversas clases y potencia. Algunas alzan pesos hasta de ciento cincuenta- toneladas. -i Y muelles? -Sólo éh los docks setenta y dos kilómetros. E n un radio de- dieciséis kilómetros en torno- al puerto existe una población de ocho millones de habitantes. Y en un radio de ciento sesenta kilómetros viven dieciséis millones de seres humanos. E l puerto de Londres es como la empuñadura de un abanico, cuyas varillas, fuesen líneas férreas superficiales y subterráneas y caminos- de todas clases. E n los almacenes dispuestos para la cuidadosa conservación de las materias más delicadas, las que exigen una alta temperatura, las que requieren un ambiente glacial, pueden guardarse, y de hecho se guardan en tiempo norma! más. de dos millones de toneladas de mercancías arribadas de los más lejanos países: caoba de N i caragua, Cuba, Costa I ica; cedro de H o n duras y de Méjico; palo de rosa, ébano, teca, nogal de la India, A s i a América; tapices de Turquía, de Persia, de C h i n a porcelanas del Japón, ídolos y figuras de marfil, bronces, lacas de Oriente, pieles del Canadá, de Alaska, de R u s i a mármol de Italia y de! A s i a M e n o r caucho de la India, Colombo, Java y Singapoore; conchas de los mares del Sur, colmillos de elefante de la India y África, carnes y cereales de la Argentina, especias aromáticas de Ceilán, perfumes de Arabia, frutas de España, del Cabo y de California. U n o de los innumerables depósitos del puerto es el llamado Cutler Street Warehouse, que en otro tiempo perteneció a la Compañía de las Indias Orientales. T i e ne una superficie de más de noventa mil metros cuadrados, y está principalmente dedicado a almacenaje de té y de porcelanas chinas y japonesas. P a r a el té de Ceilán y la India hay otro depósito- -Comercial fcoad Warehouse- -de cuatro pisos y una extensión superficial de treinta y cinco mil metros cuadrados. E n la Cutler Street Warehouse se guardan riquezas que hacen pensar en las narraciones de las Mil y una noches; figuras de marfil y bronce, muebles de laca taraceados de nácar, plata y oro; biombos de seda y satén, prodigiosamente bordados, anfóraá y- jarrones, objetos de cerámica egipcia y persa, pinturas japonesas, telas de Méjico y el Turquestán. Y junto a eso, piezas de seda natural en. montones que forman verdaderos muros, procedentes de China y Bengala, y en cuantía que a veces alcanza la suma, de setecientas m i l libras esterlinas, es decir, unos treinta millones de pesetas. H a y cientos de toneladas, de plumas de avestruz de África, que los peritos clasifican y valoran según su calidad y estado. E n tiempo normal cada año se celebran seis subastas de esas plumas. E l valor de las que anualmente se vendían antes de l a guerra excedía de los tres millones de libras esterlinas. E n este almacén se conservan enormes cantidades de tabaco habano, de F i l i p i nas, de Madras y de Burma, drogas de todas las procedencias, y millares de kilos de esponjas, de cera virgen, de vainilla, de c i veta, de almizcle y de ámbar gris. Igual acontece con los depósitos de lana, de madera, de cereales y carnes congeladas, para cuya conservación existen enormes frigoríficos. P o r término medio llegan al puerto de Londres 2.000.000 de toneladas de cereales al año, 60 millones de libras de tabaco, 1.800.000 fardos de lana, i. ¡500.000 toneladas de madera, 2.100.000 corderos y, 2,200.000 bueyes sacrificados para el consumo; 65 millones de litros de vinos y licores, 950.000 toneladas de azúcar, dos millones de ¡cajas de naranjas, p e r a s y manzanas. L a autoridad del puerto no se limita á vigilar la descarga de los buques. R e c ó g e las mercancías por cuenta de: los expedídores, las almacena, las custodia, saca mués- ü t r a s d e ellas, realiza, en fin, una serie de operaciones comerciales que facilitan considerablemente el tráfico. 1- ¿A cuánto asciende el tonelaje de los buques mercantes que entran, en el puertoj o. cada año? f- -E n 1029, a cincuenta y ocho millones c. ¡de toneladas. ¿Y el valor de las mercancías que trans- r portan? i 1 Un granero del puerto de Londres, capas para almacenar 24.000 toneladas.
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