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E L CINE F R A N C É S El millón Hace algunos años se hizo popular una zarzuelita que do bastante dinero a sus i autores. Estamos recordando al escribir l o que antecede El chaleco Manco, letra de Ramos C a r r i o l! y música de Chueca. H asunto de la obrilla, que pareció entonces original, era el viaje de u n billete de i a Lotería, que resultaba premiado con el gordo, al través de las m á s graciosas peripecias, hasta que se ponía en claro su paradero. Con el título de El millón acaba de componer Rene Clair un film que viene a ser, mutatis mutandis, El chaleco blanco. Y a l llegar a este punto me asaltan varias dudas. ¿Se h a inspirado el autor francés ennuestro compatriota? ¿E s legítima la paternidad española de l a obra? ¿H a b r á n tenido los dos autores un precursor? A d mitido ese supuesto, ¿quién es el despojado? N o se ofende a nadie con esta m certidumbre. L a mitad, o m á s de nuestra producción teatral en el último tercio del siglo pasado era oriunda de Francia, y los escritores m á s en boga no tenían a menos en pagar aquel tributo al ingenio extranjero. Nada tendría, pues, de particular que El chaleco blanco fuese, como El sombrero de copa, de V i t a l Aza, y El pañuelo blanco, de Eusebio Blasco- -sm contar las obras de P i n a Domínguez, que fué el gran importador- una intriga cómica de abolengo francés. Nuestros escritores no traduc í a n mejoraban el original, reverdeciendo el follaje del árbol exótico. Tampoco estaban por debajo de sus rivales en ingenio. L o s franceses los aventajaban como arquitectos de lo teatral. Nadie tiene como ellos el arte de complicar los acontecimientos, asociando lo absurdo a lo real sin salir d e las fronteras de lo posible. Pero los nuestros les superan en donaire para dialogar, I y sacan de una situación todo su contenido cómico. Pero todo aquel teatro es, d í g a s e lo que se quiera, notoriamente inferior al de M u ñ o z Seca, ingenio fértil si los hubo y con una vena de humorista a la que no GLORIA GUZMAN le hemos concedido l a debida importancia. El millón, film sonoro, estrenado recien- La graciosa actmz de zarzuela, que teir. ente en el Olimpia, es un trasunto de- filma actualmente en París el primer El chaleco blanco, y amplificado con epi- papel femenino de U n h o m b r e de f r a c T LAS VACACIONES DOUGLAS DE Douglas Fairbanks visita los estudios cinematográficos de Roma durante su viaje por Italia, desde donde se dirigirá a Londres para reunirse con Mary Pickford. sodios nuevos que no alteran el fondo de la obra. Subsiste sin variaciones, la idea central, que es la misma que sirve de tronco a la zarzuelita española: el extravío de u n billete de la Lotería. Rene Clair no la complica con otro asunto para extraer nuevas aventuras de las dos intrigas entrecruzadas o refundidas. Superpone incidentes jocosos a la idea principal, o, como si dijéramos, ensancha el abanico añadiéndole varillas. H e aquí el asunto de El millón: U n pintor sin clientela entrega su americana para- su reparación a una muchacha, corista de l a Opera Lírica, con l a cual viene coqueteando desde hace poco tiempo. L a señorita se hace cargo de l a prenda con todo desinterés, para contraer méritos. E n esto entra en casa de la improvisada costurera un v a gabundo en mangas de camisa, el cual viene acosado por l a Policía. Entonces la muchacha le entrega l a americana para que pueda substraerse a aquella persecución, inocente ardid que no tiene éxito m á s que en el cine. Pero, inopinadamente, sobreviene el pintor en busca de su americana. ¿Qué ha ocurrido? Pues que acaba de enterarse de que le ha tocado l a lotería. Su número- ia sido agraciado- con un millón de francos, y el billete está en uno de los bolsillos de aquella prenda de vestir. Inmediatamente se organiza un plan. H a y que dar a toda costa con el providencial papel, que es u n documento al portador. L a s necesidades déla acción, o, mejor dicho, l a fantasía del autor, nos conducen desde el cuarto de la corista a la Comisaría del distrito, pasando por la tienda de un ropavejero, penúltima etapa de la pesquisa, pues, como y a h a b r á adivinado el lector, el billete acaba por aparecer en la propia casa de los novios, que son vecinos. Rene Clair saca partido del asunto, complicándolo con m i l incidentés de indudable sabor cómico, pero sin obscurecerlo, como y a he dicho, cor. cir.
 // Cambio Nodo4-Sevilla