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Cuando estas lineas se publiquen tal vez se habrá abierto y a al público el parque de Palacio, esto es, el jardín conocido por el Campo del M o r o Nuestra visita de periodistas fué m u y anterior, a raíz de la marcha de l a F a m i l i a Real española, en una mañana soleada, c o n la sola y silenciosa compañía de uno- de los guardias civiles encargado de la custodia del Palacio. Vagamos lentamente por el parque. N a d i e en el jardín. Desiertos- y mudos los paseos; profunda y sombría i a estufa, hermético eí Palacio, con ventanas y puertas herméticamente cerradas. E l cuadro era de primaver a y los ojos, ávidos de impresiones, sólo descubrían el tejido de l a hiedra enraizada en los muros, las plantas trepadoras como tapices bordados c o n rosas diminutas, y el contraste del verde nuevo de los árboles y de las praderas- con la arena clara de los paseos, peinados y cuidados con escrúpulo, b i n embargo, aquel silencio guardaba aún una vibración, que bailaba en el aire como el polvillo dorado por los rayos deí s o l Por aquella puerta- -lejana, cerrada y patética, al final del amplio paseo que termina en la Cuesta de l a Vega- -salió el Rey, en u n co che particular, la noche del 14... L a voz de nuestro acompañante así nos lo dio a entender, neutra y sencilla como la de u n guía. Y esto sólo bastó para que el jardín y Palacio se tiñeran de la nostalgia de todo lo pasado, de todo lo que fué; esto es, se h i cieron históricos. A h o r a place conocer el origen del jardín de Palacio, bellísimo desde la perspectiva que se ofrece ante el túnel de la Casa de Campo. T i e n e en aquélla parte algo de ladera natur a l- -l a d e r a de valle p i r e n a i c o- con praderas claras, rumor de arroyuelos y u n m a r c n de ancho, espeso y negro arbolado. E n el centro, como un capricho de tono velazqueño, a fuente de los Tritones, en mármoí blanco, destinada a A r a n j u e z por Felipe I V E l blanco- Palacio, elevado sobre la meseta, cerrando el horizonte, de Este a Oeste, v ¡sobre él sólo el cielo azul. Algunas personas recuerdan lo que esto era a raíz de Ta Restauración. E l autor de estas líneas fué a aprenderlo en las páginas d e una notable monografía, publicada hace m u chos años por D Andrés Mellado, a l a que poco podría añadir quien pusiera su e m peño en completar tal estudio sobre el C a m po del M o r o L a historia es sencilla. E l M o r o fué Alí B e n Yusuf, o sea B e n Yusufin o Tejufin, o, como decíase familiarmente en el pasado: l achnfin. Este Tejufin fué un Rey de los almorávides- -dice Fernández de los Ríos que en 1109 llegó hasta los muros de M ajeritum, y se hizo dueño de los campos cercanos al Alcázar. Según el cronista Rudt Alcartas, salió de Ceuta con cien mil h o m bres, conquistó a Talayera, Guadalajara y M a d r i d y acampó frente al Alcázar, en el Campo que desde entonces tomó el nombre de C a m p o del M o r o Este campo era entonces un verdadero bosque, pues no hay que olvidar que hasta el siglo x i v M a d r i d estaba rodeado de un espléndido criadero de caza. -L a T e l a y el C a m p o del M o r o estaban seguramente u n i dos, pues, de lo contrario, el moro Tejufin n o hubiera podido extender sus huestes en tan reducido espacio. F e l i p e I I en 1556, compró casas y tierras desde l a puerta d e A l b e g a- -b o y Cuesta de l a Vega- -ihasta el