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i DEMORO POR ANDRE AKÍIA DY (CONTINUACIÓN) AZU 1 III A la americana. ¿Yí si el Consejo... ¿El Consejo... -aplastó su cigarro con el puño- ¡A h! ¡El Consejo! ¡Le tengo bien cogido... ¿El Consejo... -se encogió de hombros frenéticamente- Dispongo de sus votos lo mismo que de sus manos, porque se las lleno. Midiendo su poder, recobró el continente. -r Atajo de miedosos! ¡No tienen ustedes el pie de marinos, queridos! Mírense; están ustedes verdes. -En mi caso quisiera verle- -murmuró el armador. ¡Cómo... Peor es mi caso que el de ustedes! Ustedes no arriesgan nada más que un beneficio; yo arriesgo mi empleo y tal vez... algo más. Sintió. un mal escalofrío al rememorar la amenaza de Heriberto Rockíane: ...Las rejas del presidio de Santa Ana. Reaccionó contra el desfallecimiento- que hacia temblar sus mandíbulas y V añadió amartillando las sílabas: -Lo. que hay que hacer es resistir, resistir contra todo. Ustedes tienen contratos firmados y registrados. Y o estoy cubierto por el Consejo. ¡Todo es inatacable! Resistan ustedes. Si alguna vez i flaquean... Tres golpecitos dados en una puerta bastaron para cortarle la palabra al ras de los labios. Con ojos extraviados v i o abrirse la puerta... Los tres hombres respiraron: era la mecanógrafa. Irmaos le arrancó las cartas de las manos más bien que se las cogió. -Está bien. Márchese. L a joyen no se hizo de rogar. Irmaos se justificó: -Claro está- -dijo intentando reirse- se enerva uno, se sugestiona y se acaba por tener miedo de una sombra en una pared. Aquí está lo que va a poner término a esta estúpida broma. E l armador y el importador recobraban la serenidad. Después de todo Irmaos tenía razón: tenían contratos que él les confirmaba. Entonces, ¿por qué habían de inquietarse? Sonriéronse tranquilizados... Un formidable puñetazo dado encima de la mesa les volvió a sumir en su perplejidad. ¡Bondad divina! ¿Qué es esto? E l color terroso del rostro del mestizo tiraba ahora a gris. Las palabras se estrangulaban en su garganta y sus labios se ponían violáceos. ¡Cuidado, Irmaos! Estos calores le exponen a una congestión. Isidro Irmaos soltó una carcajada furiosa. ¡Lean! Y les tendió las hojas. Los otros leyeron, y entonces les tocó a ellos mudar de color. ¡Cómo! ¿Pero es que continúa la broma? La broma continuaba, en efecto; pero dejaba de ser únicamente divertida. Por el contrario, adquiría una forma singularmente inquietante. E n lugar de los textos dictados, he aquí lo que leyó el importador: Muy señor mío: Si anulamos nuestras relaciones lo hacemos en virtud de los derechos que nos confieren las cláusulas del contrato. En efecto, este contrato se refería a la totalidad de las necesidades de gutapercha de la American Chicle Company artículo 3. Como en el día de la fecha nuestras fábricas cesan de emplear la gutapercha para su fabricación, nuestro trato termina de pleno derecho. E l armador leyó: Muy señor mío: E l contrato que rige nuestras convenciones determina que sus vapores serán utilizados por nosotros mientras dure la inmovilización de los barcos de la American Chicle Company (articulo 7. Como en el día de la fecha nuestros vapores han sido encontrados en perfecto estado de navegábilidad por el agente oficial del Lloyd, el contrato pierde toda su razón de ser. La carta dirigida a los arsenales se hallaba concebida en términos análogos y su argumentación era igualmente irrecusable. Los tres hombres se contemplaron. E n su silencio fué creciendo el recelo. -Dígame, Irmaos- -dijo el importador con aire agresivo- ¿será acaso. J? E l hombre vaciló. ¿Acaso qué? -dijo Irmaos, furioso. -Pues si- -insinuó el armador- -esas cláusulas es usted quien Jas ha redactado... ¿Y qué? -Pues que podría ser una habilidad como otra cualquiera para mandarnos a paseo. Irmaos se levantó fuera de sí. ¡Déjense de tonterías! Llamó a la mecanógrafa. L a joven se quedó temblando en el ¿imbral de la puerta. E l director vociferó: ¿Qué significan estas cartas? ¿Quién las ha autorizado... 0 1 ¡Yo! V Encima de la mesa directorial sé encontraba urí retrato, Isidro Irmaos livideció porque en la puerta se alzaba el original. Mildred Rockíane había proferido este yo sin gritar. Con gran, naturalidad penetró en el despacho autoritariamente, se instaló en el sitio del perplejo Irmaos y firmó las tres cartas. E n su firma, los tres hombres reconocieron la que había firmado las órdenes precedentes. A continuación entregó a los destinatarios presentes las cartas que les concernían, les indicó que se marcharan con una señal dé cabeza poco caballeresca, dio fas gracias a la mecanógrafa y se quedó sola con el director. -Perdone usted mi intervención, señor Irmaos- -le dijo tranquilamente- Yo soy como mi padreóme gusta obrar con rapidez y claridad. Siéntese, tenemos que hablar. Ella le señaló una silla, en la cual sé dejó caer el mestizo, poco, repuesto de su emoción. Consideró a la joven con estupefacción. No la había visto sino raramente, al azar de las vacaciones que ella venía a pasar a Cuba. E l recuerdo que de ella tenía era el de una niña espléndida que conservaba de su madre la graciosa indolencia criolla. Pero esa indolencia había desaparecido. L a Mildred había eclipsado a la Concepción. L a encontraba convertida en mujer, en una yanqui, hija de yanqui y llevando en su sangre por instinto la fría autoridad del businessman, su padre. Con ella era tan difícil encontrar escapatoria como con el patrón. Tenía de éste el tono breve, la mirada insistente, fija. Se le reconocía en sus gestos, en sus entonaciones, en sus ojos. Irmaos sintió que de frente perdería la partida, e inmediatamente recuperó la flexibilidad de su espinazo. -Encantado de verla, al fin, miss Rockíane- -dijo, aligerando el timbre de su voz- Su ausencia- nos pesaba a todos... y en particular a su servidor. Puso cierta intención en la última frase. Mildred le miró con ojos de asombro y luego su mirada se detuvo en el retrato colocado encima de la mesa. H i z o un mohín de inefable desdén, que desapareció acto seguido. Sin más ostentación que la que había puesto su padre en este mismo gesto, cogió el retrato, plegó el sostén y ¿o metió en un cajón. -Señor Irmaos- -dijo- me encuentro aquí desde hace ya algunos días. Los he empleado en informarme sobre la situación del negocio, que no es nada brillante. Me parece que ha cometido usted... algunas imprudencias llamémoslo así, ¿no le parece? Tenemos que remontar una corriente muy violenta. Cuento con la ayuda de todos y en particular con la de usted. Irmaos se inclinó. -r- Aun cuando por el pronto no discierno a qué imprudencias se refiere usted, créame, miss Rockíane, que defenderé en la medida de mis fuerzas los intereses de una Compañía que son también los de usted. M i calidad de director general me invita a ello. -Dejemos a un lado, si usted quiere, invitación y calidad. Espero que no le parezca mal, querido señor, que en lo sucesivo presida yo sola los destinos de la Chicle C. No he venido aquí nada más que con este objeto. A l ver que se precisaba la amenaza, Irmaos creyó oportuno hacer notar a aquella presuntuosa la eventualidad de una posible apelación a una autoridad más calificada. -No dudo, señorita, de que el Consejo atenderá las indicaciones que usted le haga. P o r mi parte, yo las apoyaré con todo el peso de mis atribuciones. Miss Rockíane hizo chascar sus dedos. -Creo que me he explicado mal o usted no me ha entendido bien. He querido decir que en lo sucesivo me propongo ser la única que mande aquí. ¿Está bastante claro? Vaya si lo estaba. L o estaba incluso tanto, que Irmaos añadió: -No tendría nada que objetar si el. Consejo lo decidiera así, miss Rockíane. Pero mi nombramiento procede del Consejo y sólo el Consejo... Ella le interrumpió con u n gesto de impaciencia: -Y a lo ha dicho usted; es inútil repetirlo. Dado lo que tenemos que hacer basta con lo necesario. Permítame que lo diga yo: es exacto que sus poderes actuales son legalmente inatacables; pero no lo es menos que todo accionista tiene derecho a pedir al citado Consejo la reunión de una Asamblea general extraordinaria para examinar su gestión. Basta que este accionista reúna en sus manos la cuarta parte de las acciones sociales. Ahora bien, yo sola represento más de las tres cuartas partes. (Se. continuará. 1 TRADUCCIÓN D E M A N U E L FUMAKEGA) ü FBOFLEDJLD D H U CASA E D I T O R I A L l í AGUtbAB)
 // Cambio Nodo4-Sevilla