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titudes para embellecerla, t or qué no se ha preocupado de preservar nuestras obras de los azares del tiempo y de tos ultrajes de la incultura? Vigente aquella ley, el Partenón estaría en pie y el viajero descreído podría extasiarse ante la divinidad inteligente que protegía a Atenas. Alguien podría decirnos que la permanencia de las cosas, sin ia vecindad de los seres que las crearon, transformaría el mundo en un osario. No es cierto. Le basta a la belleza su propio prestigio para desafiar a las contingencias del tiempo. L a estatua no necesita para despertar nuestra admiración que comparezca junto a ella el escultor. Nadie ha visto a Dios, y, sin embargo, lo que se nos alcanza de su obra le asegura el doble homenaje de nuestra. fe y de nuestro deslumbramiento. No hay una tierra que depare más decepciones al viajero que Grecia. Cada minuto es para él una sorpresa, y no siempre grata. Lo primero que nos enfría es la llegada a Atenas. Difícilmente se encontraría un pueblo menos hospitalario y más pendiente del interés material, con todas sus posibles urgencias. Del griego antiguo, religioso, guerrero, pensador y negociante, no subsiste sino el hombre que trafica con todo: con el pasado, exhibiendo sus ruinas, y con e! presente, condicionando sus servicios. Nadie recuerda menos a un contemporáneo de Pericles que un ateniense. actual. ¿Dónde están las antiguas virtudes de sobriedad, de inteligencia y de heroísmo que han inmortalizado a ese pueblo en la Historia? E l tiem- po ha hecho de ellas lo que hizo de sus monumentos: reducirlos a polvo, etapa previa de la nada. Atraídos, como tantos otros viajeros, por la gloriosa nombradla de aquella tierra, pasamos hace años unos días en Grecia. Conviene prepararse con la lectura, que es el mejor opiáceo de la inteligencia para enardecer la imaginación, infatigable improvisadora de nuestros panoramas interiores. Unas páginas de Tucídides sobre las guerras del Peloponeso, unas horas de intimidad con Platón v una breve inmersión en tencia entre tres mujeres la esposa, guardianá del hogar y de la prole; la cortesana, que suscita y entrena a la vez los deseos, y la confidente intelectual, con la que se permite el hombre el impagable placer de la conversación. T r e s? i Y por qué tres? preguntará, el romántico, rebelde a la tiranía del número, como lo es al, despotismo de la medida. De aquellas tres expresiones, una era permanente y las otras dos transitorias. Ahora somos menos ambiciosos, porque el hombre actual lo esliera todo, menos las ideas, de los labios femeninos. L a conversación le distrae mucho menos que cualquier deporte. Lo p r i m e r o que descubre el romántico que contempla el Partenón es que su imaginación ha sido completamente desarmada. Ante aquellas piedras sagradas es imposiy Pá 1 %2 ¿HK ble soñar. Lo que solicitan de nosotros no VISTA P A R C I A L es una oración o una nostalgia, sino un eslos trágicos preparan el ánimo para entrar fuerzo de crítica. No nos dicen, como las en relaciones con aquellas ruinas augustas. tumbas de la Vía Appia, deiRoma: ¡ViaHay que visitar el Partenón. en una dispojero: Descúbrete y pasa! sino: ¡Homsición de espíritu que nos aproxime a aquebre: Estudia y reconstruye! No apelan a lla humanidad que por amor a la medida ha- nuestra sensibilidad, sino a nuestra intelibía sometido todos los ideales a la Geomegencia. tría. Digamos, antes de pasar adelante, que Se comprende que el romántico Chateauno somos entusiastas. de la medida, que es briand experimentase, como. Byrón, una dela religión estética de los clásicos. Románcepción en Grecia. Para el romántico, el ticos por temperamento, nos gustan más el hombre lo es todo, y las cosas que él ha desorden y el tumulto. El español no tiene creado casi nada. Es la sana doctrina. E l nada de común con el ateniense. No me cristianismo no ha predicado otra. Yo adatrevo a sostener que sea superior o infemiro el Partenón como una de las maravirior a él; es diferente. Aunque parezca una llas del mundo. Su armoniosa proporción herejía artística, yo no vacilo en confesar de planos y líneas asombra, y la decoración que una Catedral me impresiona tanto como escultórica, obra de Fidias, que se extiende el Partenón. Admiro, la obra de Getinos y por las, fachadas, las metopas, los frontones de Mneziclés. La inteligencia no podría lley los frisos, es una de las más grandes emogar, combinando líneas y piedras, -a hallaz- ciones estéticas que puede recibir el. hombre. gos más felices; pero a mi religiosidad roPero el placer que siento contemplándola mántica, hecha de dudas, de retornos a lo nace y muere en los ojos. Este arte, armodivino, de desesperación y de beatitud, las nioso y claro, lleno de imponente serenidad, divinidades que inspiraron aquel templo ca- es la creación de un pueblo que no creía en recen de la aureola de misterio en que se el pecado. En su presencia, la imaginación envuelve este Dios nuestro, impenetrable e se siente desplazada, como un elemento paincomprensible, absorbente y único. E l Parrásito. Todo en él habla a la inteligencia y, tenón representa la serenidad del espíritu sobre todo, a la razón... Por eso, perdido frente al infinito. E l ateniense no sufre el de vista, el Partenón no se recuerda. Nos torcedor de la duda, como nosotros, ni sos- ocurre con él lo que con ciertas mujeres, muy tiene dramáticas polémicas con Dios en el bellas y sin espíritu, que se nos ofrecen en recogimiento de la conciencia. Ama tran- una serie de actitudes estudiadas para que quilamente a los dioses, sin pretender su nuestra mirada se recree, confianza; y cuando es desoído de uno, acuPrefiero la Catedral, y cuánto más desde a otro, que imagina serle más propicio. Pero no maldice ni blasfema nunca, como nuda mejor, porque abre a mi pensamiento más dilatadas perspectivas sobre lo eterno. los fieles de otras religiones, que identifican Yo necesito ci- eer en un universo no limimás al hombre con. la Providencia. Es una tado por mi razón, sino infinito y desborsuperstición inteligente y apacible, sin redado por mi imaginación. La Acrópolis, beldías críticas ni pesadillas expiatorias. con sus mármoles dorados por los siglos, Aquella religión que llenaba las estancias del Partenón no podía inflamar las almas, como, no me causa la emoción que trie producen las naves de la Catedral, pobladas de seres el cristianismo, predisponiéndolas á todos que se resisten a morir y que le piden a los heroísmos. Los atenienses habrían sido Dios, desesperadamente, nada menos que la incapaces de batirse por rescatar la tumba gloria eterna. Esa es una religión, y no la del Señor entre los muros de Jerusalén. Sade los atenienses, que se contentaban con crifican a las divinidades unos mamíferos la sonrisa de Minerva... inferiores o unas, aves, y ahí para todo. Era un pueblo admirable, y tan original, que MANUEL BUENO todo ciudadano pudiente repartía su exis-