Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
LA ATROZ N realidad, yo mismo no sé cómo me vi envuelto en la atroz aventura. La misma proposición fué insólita, inaudita y extravagante. -Oye- -me dijo tina buena mañana soleada mi hermana la casada- Y o no pusdo salir hoy, ¿por qué no sacas tú a ia niña? ¿Yo? -exclamé atónito. -No sé por qué no. Nunca salió a pasear contigo. Verdaderamente, no te portas con ella como un buen tío. Y ya es una mujercita. Mírala qué linda. Otros estarían orgullosísimos de salir con ella a la calle... La mujercita estaba sentada en el suelo en desaforada lucha con un muñeco de trapo que carecía de cabeza. Tenía aquella señorita catorce meses... Y o me quedé muy preocupado. Realmente, ella no se portaba tampoco muy bien conmigo. Me había roto tres veces las gafas, perdido un llavero con nueve llaves, destrozado un reloj de pulsera y desmontado infinitas veces el encendedor. Tenía además la extraña pretensión de que yo la cogiera en brazos, y si yo me encontraba en pie, se agarraba a mis pantalones, desplanchándolos, con deleite, y si me hallaba sentado ejecutaba esforzados trabajos y complicadas maniobras para escalar desde el suelo mis rodillas. A la hora de comer exigía a voces que la dejaran pasear por la mesa para escupir en los platos e intentar meterse en la sopera. Dormía cuando yo quería poner en marcha el aparato de radio, y cuando yo quería dormir, ella lloraba rabiosamente. E n fin, me constaba que éramos incompatibles, y yo procuraba huir de ella, te sus acometidas, de su persecución y de sus muñecos horripilantes. Por todo ello, yo tenía mis reservas M AVENTURA Sin saber cómo, me encontré con ella en la caille. Desde el balcón, toda la familia disfrutaba diciendo adiós. Caminamos en silencio un buen rato. Y o miraba disimuladamente a la señorita Churri, que ostentaba impúdicamente al sol sus muslos sonrosados y sus suavísimas pantorillas. Mí primer impulso había sido el de gritar, cada vez que nos cruzábamos con alguien: -Que conste que no es mío, que este bicharraco no es mío, ¿efi? Que rae lo han prestado... Bruscamente, ella dijo, mirándome picarescamente -Ta, ta... cha, polito, pó ¡pó... Y o me quedé desconcertado; ¡pero como no quería discutir, contesté muy digno: -Desdé luego, desde luego... Pero ella tenía ganas de conversación, e insistió: -Pitulo... bololo, ¡púml Y se echó a reír estruendosamente, mirándome. Y o pensé: Esta chica es tonta Pero, por no llevarla la contraria, me eché a reír y contesté: A h claro, claro... ¡Evidente... -Tulu, lele, mami... -Eso lo he pensado yo siempre- -respondí. Sólo entrar en el Retiro se acercó a nosotros un perro desastrado. ¡Claro- -me dije- se cree que es un cordero! -Bú, bú- -empezó a gritar ella, mostrándomelo muy regocijada, -Sí, un chucho feo. Pero a ella no le debía parecer así, porque empezó a abrazarle y a besarle en el hocico, que quedada a la altura de su cara. mentales acerca de aquella señorita que no hablaba como el resto de las personas, y que andaba tambaleándose y dando grititos. ¿sería verdaderamente una persona o un bichillo? Desde luego, no era un ser civilizado, y la consideraba muy capaz de realizar cualquier desvergüenza por un pirulí de caramelo o por una napolitana de chocolate. M i madre, mis hermanos, todos insistieron. -Sí, sí. ¿Por qué no llevas a la Churri al Retiro? ¡Que la lleve! ¡Que la lleve! Yo me resistía heroicamente. -Pero, ¿yo? ¿yo? Y o no sé... -Pues sí que la cosa es muy difícil. A l fin creí encontrar un argumento. ¿Y si la pierdo? -Pero, ¿tú eres tonto? Ten cuidado de ella y no la perderás... Miré a la señorita Churri. Parecía que lo comprendía todo, y me miraba con Una sonrisa de desafío y de satisfacción. Parecía gozar infinito con aquella perspectiva de molestarme durante un par de horas, tín sus grandes ojos azules brillaba el egoísmo en todo su esplendor. L a vistieron y me la trajeron. ¡Mira qué rica, qué monísima -gritaron todos. Yo la miré desconfiadamente -Parece un cordero- -contesté. Llevaba un abriguito blanco muy corto, muy corto, y un gorrito también blanco, aunque complicado con algún lazo azul, del que se escapaba por la frente un rizo como un plátano. -Bueno. ¿Y ahora qué hay que hacer? Todos se rieron como unos idiotas. -Pues, hombre, muy sencillo. La coges de la mano y... ¡al Retiro...
 // Cambio Nodo4-Sevilla