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El presidente de la República visitando las regiones siniestradas durante las últimas inundaciones. otra manera ha intervenido. Tengo en este momento a la vista varias fotografías en las cuales está presente el Sr. Doumergue, en las actitudes y en los escenarios más diversos: contemplando unos crisantemos en una Exposición de flores, departiendo con el general Guroud, mirando conier a unos niños que ha invitado a l palacio presidencial, repartiendo juguetes a los escolares el día de Reyes, saludando a u n futbolista victorioso, bajando las escaleras de su morada oficial, oyendo lo que le cuenta u n general en su visita a F e z examinando las consecuencias de una catástrofe en una región nacional. Pues b i e n én ninguno de esos variados episodios de la actualidad de su patria se ve al presidente taciturno. O sonríe o conserva un semblante que es la estampa de l a serenidad. Este hombre tan dueño de sí, tan circunspecto, tan poco lenguaraz, que, según parece, apenas toma la. palabra en los Consejos de ministros, y tan afable, sería un Rey constitucional modelo. Envuelto en la aureola histórica de una dinastía, que es el sucedáneo de la gracia divina, haría u n magnífico papel. ¡L o que debe admirarle y envidiarle Carlos de R u mania, él, que parece condenado a debatirse entre faldas; unas veces. las de su augusta madre, l a interesante Reina María; otras, las de su apagada esposa, y las más, entre las de l a señora Lupescu, que es quien ahora le gobierna! Pero no nos fiemos de las apariencias. Este anciano ágil de espíritu y de músculos, discreto y reportado, debe ser muy inteligente. D e los hombres públicos, linos se dan en profvtndidad y otros en extensión. Nuestro país es más fecundo en imprudentes que en mesurados. L a raza no se cansa de producir rfetóricos. Todo político español supone qué lo que, a é se le ocurre es una maravilla que sería imperdonable no d i v u l gar, lo cual no se opone a que el hallazgo de una idea en la literatura oficial sea tan trabajoso como la- captura de una perla en las aguas de Ceylán. E l francés, participando a menudo de esa vanidad tan latina, limita las ocasiones de exteriorizarla. E l Viaje del presidente a Marruecos. Monsieur Doumergue del Sultán en Rabat. llegando al palacio, orador torrencial tipo Ganibetta no existe hoy, y si alguien se levantase en este P a r lamento con la pretensión de evocar su elocuencia, causaría estupor. L a retórica ha adquirido en Francia una austeridad que nuestros gobernantes harían bien en. copiar, porque, aun perdiendo una parte del éxito teatral a que aspira el orador, se sentirían compensados con el aplauso que damos a la sencillez inteligente. E l Sr. Doumergue se retira de l a v i d a pública sin dejar en pos de sí el recuerdo de un discurso. Y o considero eso como un éxito importante, pues cuando al hablar de un estadista se asocia su nombre a unas palabras bien ordenadas, es porque no se le puede atribuir l a paternidad de una obra. H a dicho en cada momento lo que se esperaba de él, y nada más. ¿Podríamos responder- de qué el primer magistrado de nues 1 ro país se contendrá en la mesura que ha sido ía norma dé este simpático anciano? Que los dioses nos oigan... E l bien de nuestra patria exige, no una exposición de vanidades rencorosas, ni una rebatiña de apetitos de clase, sino un plantel de hombres prudentes que no se hagan la ilusión, plenamente necia, de que España es patrimonio de un partido político; sino. u n caudal de tradiciones, de esperanzas y de esfuerzos que nos incumbe a todos sostener y acrecentar... París, junio 1931, MANUEL BUENO
 // Cambio Nodo4-Sevilla