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E L DE MONIO. POR AIVDRE ARMAMDY (CONTINUACIÓN) Entrada la noche; la orgía recobró sus derechos, y con tanto m á s ardor cuanto que era por cuenta del patrón. Estaba en su apogeo en el Infierno, cuando un peón le tocó en el hombro a Rolando; -E l director general le llama. Debido a que aquella noche pagaba Mildred, Rolando se había abstenido de beber, jugaba a las cartas con acritud. L a i n vitación transmitida asemejábase a una orden. Rolando vaciló y, Juego, dejando sus cartas y sublevado de antemano, siguió al peón. L a noche sólo había suavizado a medias l a atmósfera. E l aire, inmóvil, parecía de plomo. E l peón introdujo a Rolando en el mismo despacho en que ya le había recibido miss Rocklane. E n contró a esta vestida de tela clara, con el cuello desabrochado y las mangas arremangadas, inclinada sobre su trabajo y consumiendo cigarrillos en abundancia. Esta neglige masculina le desa g r a d ó a Rolando más todavía que la acogida fría, distante y acompasada. L e hizo esperar de pie en la penumbra, sin dejar de examinar las listas. E l halo de la l á m p a r a recortaba su. perfil imperioso, su barbilla voluntariosa, la raya fina de sus labios. Como el silencio se prolongaba, Rolando sintió sus nervios en tensión. L e desagradó verse dominado y creyó que debía recordar su presencia. -A sus órdenes, señorita- -le dijo, no sin rigidez. E l l a le midió con los ojos fríos. -H a g a el favor de esperar un instante. N o había en su tono ninguna súplica, n i siquiera, una condescendencia: era la orden de un superior a un subordinado que se olvida de su condición. Rolando, mordiendo el freno, preparó la réplica. Mildred terminó de recorrer la página comenzada, redactó una nota y luego. se volvió hacia él. -Antes he pedido voluntarios- -le dijo con frialdad- H e observado que usted ha sido el único que no se ha ofrecido. ¿P o r que? -Porque la misión no me convenía. Irritados ambos se midieron con los ojos. Mildred le dijo con ironía: A causa quizá de sus peligros? E s usted prudente. Herido, Rolando se mordió los labios. Luego sonrió con desdén y se encogió de hombros. -Como usted quiera. H a b í a venteado la trampa. Mildred se quedó despechada, y su tono se tornó m á s autoritario: -L o siento mucho- -le dijo- pero como usted forma parte del personal en igual forma que los demás, le he designado a usted de oficio. Aquí tiene usted la orden. Se la e n t r e g a r á usted al señor Irmaos. E l l a se l a tendió. Rolando permaneció ¡impasible. -E s inútil. ¿I n ú t i l? ¿Y por qué? -Porque no partiré. ¿Dice usted? -D i g o que renuncio a ser chiclero. ¿D e veras? E l l a l o h a b í a previsto todo menos esta solución. Se quedó atónita, buscando en su desconcertado espíritu un medio de violencia. N o encontrándolo e x c l a m ó ¿Y su contrato? -L o rescindiré. E l l a sintió que le faltaba el terreno y a ñ a d i ó -Y o creía riue para un francés una firma era como una ley. ¿H a firmado usted o no el suyo? -A l firmarlo ignoraba las órdenes a que me exponía. E l l a perdió su sangre fría y cometió una falta: ¿Y k anticipos que ha percibido usted? Herido, Rolando profirió un simple ¡O h! buscando ya su cartera. Luego añadió duramente: -C r e í a innecesario decirle que lo devolveré todo: viaje y anticipos. ¿Q u i e r e- stcd una indemnización? M i l d r e d sintió que el corazón se le oprimía. H a b í a intentado provocar en Rolando un reríejo que le volviera m á s sumiso y sólo había conseguido ulcerarle. Comprendió que seguía un c a mino erróneo y s e quedó desconcertada, sin saber qué decir ni q u é hacer para ganarle, para volverle a ella. Y a Rolando avanzaba les billetes. -V e a usted si es esa la cuenta. E l l a los cogió sin verlos, sin saber lo que hacía. E l la saludó? s i n decir, una palabra. Desfalleciendo de indecisión, Mildred le y i ó llegar a la puerta. Su orgullo de yanqui luchó contra su co: AZl. L razón de mujer. Comprendió que una vez cerrada aquella puerta separaría para siempre sus dos vidas. Este pensamiento se le hizo intolerable. Caballero... Mildred se e x t r a ñ ó de haber hablado como si l a palabra procediera de otra. L a mano de Rolando se detuvo en el botón de la puerta, pero no avanzó. E l l a no ordenó ya, r o g ó -Unas palabras todavía, por favor. Rolando volvió a cerrar la puerta y se adosó a. ella en silencio, con hermético semblante. Como quien abdica, ella i m p l o r ó ¡Rolando... Mildred vio que su faz se endurecía, y se a t u r d i ó de no encontrar ya e l camino de aquel corazón que otra había agostado. L e afligió haberse mostrado dura, no haber sabido nada más. que mandar. Despojada de su armadura de orgullo, ya no fué nada más que una simple mujer. S u p l i c ó -N o diga nada; escúcheme. A u n cuando no fuera usted el que yo sé... -al ver que se irritaba, rectificó- el que yo he creído reconocer en usted, escúchente. Ante la humildad del tono, ante aquella súplica, Rolando se ablandó. -L a escucho, señorita. E l l a quiso que se sentara, que se acercara a ella. S i n abandonar su aire reacio, Rolando la obedeció. E l l a hizo el timorato ademán de cogerle una mano. Pero se contuvo, porque él recobraba su aire malhumorado. L e habló con dulzura, razonablemente, esforzándose por poner una mordaza a la ternura que a cada instante la impulsaba hacia Rolando. -Caballero- -le dijo- voy a serle franca: le necesito a usted. ¿S e negará usted a ayudarme, a protegerme si es preciso? Rolando comprendió que ella no le atacaba ya a la cabeza, sino al corazón, y se sublevó al sentirle todavía tan vulnerable. I n t e n t ó eludir la cuestión. ¿Quién le obliga a usted a este papel, que no es el de una mujer? E l l a manifestó una amarga alegría. ¿E l deseo de singularizarme, verdad? ¿N o es eso lo que usted se imagina? Rolando no contestó. E l l a prosiguió con humildad: -Sepa usted, caballero, que estas funciones tan poco adecuadas, lo reconozco, para una mujer, me han sido impuestas por la obligación de defender aquí mi fortuna, gravemente comprometida; que actualmente me encuentro sola en el mundo, y que mi aparente c i nismo no es: m á s que una fachada necesaria, al abrigo de la cual se ocultan mis temores. M á s conmovido de lo que él hubiera deseado, Rolando la escuchó sin interrumpirla. E l l a le expuso lealmente su situación difícil, el misterioso accidente de su padre, su aislamiento, sus temores en medio de aquella horda, la escasa confianza que podía sentir por Irmaos y la obligación de conservarle por el momento. Y no fué nada m á s que una débil muchacha, aunque valerosa; pero que mide c u su justo valor la enormidad de la tarea emprendido. ¿Retroceder? N o pensaba en ello. Pero le manifestó sus grandes deseos de tener a su lado una persona segura cu quien pudiera tener absoluta confianza. Rolando se rió sarcásticamente- ¿Y quién le dice a usted que yo soy esa persona? A t ó n i t a ella le contempló. R o l a n d o a g r e g ó -S í ¿Q u i é n le dice a usted que y ó soy un hombre honrado? ¿Q u i é n le permite creer que yo valga m á s que mis semejantes? Mildred sonrió tiernamente; pero se abstuvo de responder, sintiendo que si insistía sobre su identidad volvería a comprometerlo todo. Limitóse a decir: ¡Estoy sola... Luego, creyendo haberle conquistado, a g u a r d ó su decisión. De A r n i a i l luchó contra sí mismo. E n su ulcerado corazón subsistía el desprecio por la- doblez femenina. Pero. Mildred rolo había solicitado su protección, y nada m á s que su protección... ¿P o d r í a negársela? -E s t á bien- -le dijo- me quedaré. E l l a creyó que abdicaba, que todo el pasado iba a renacer entre ellos. Sintió hacia él un impulso instintivo; pero Rolando le opuso ra semblante, halado. ¿Cuáles son sus órdenes? Confusa y apenada, ella le indicó las funciones que debería dese m p e ñ a r las de jefe de escolta de la misión de exploración. Como Rolando le solicitara la utorización de llevar consiga a sus cuatro compañeros, ella le dijo sumisa: -M e remito a usted para todo. Se PROPIEDAD B E LA CASA SDITORIAI, M. AGUILAE) continuará, (T 3 AT- JCCJOK VE M. 42 ÍUEL eVMAP x 53
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