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3 ARCE LO NA. -Carrera autotnm tirita prueba de regularidad quc. se clasificó y fué premiada con medalla Coche de Mllc. de oro. (Fofo Chrvaücreau. Bmngulí. única señorita ABC EN VIENA U n señor desconocido V i n o h a c i a mí, saltando sobre la nieve, con pasitos menudos e indecisos. S u andar vacilante y lo anacrónico de su chaleco de terciopelo rameado bajo l a casaca amplísima color ala de mosca, me indicaron claramente de dónde salía. -S e ñ o r- -m e dijo, despojándose respetuosamente de su alto sombrero de feipa g r i s- estoy un poco desorientado. L a ciudad me es desconocida hoy... E n otro tiempo, cuando yo vivía en ella... Pero ya hace muchos años, y acaso no encuentre el camino de mi casa. E s t á en l a Nusdorfstrasse. L o m i r é con detenimiento, antes de contestarle. E r a un hombrecillo de rostro adiposo y pálido; los ojos le brillaban extrañamente tras el cristal de los quevedos, y su largo chaleco pretendía, con absoluta i n eficacia, disimular l a ampulosidad de su vientre. L o s rayos del reverbero p r ó x i m o jugueteaban con los menudos copos de nieve, transformándolos en esmeraldas y amatistas, y venían a enredarse en l a m a r a ñ a crespa y negra de sus cabellos. -H a estado usted en un baile de m á s caras, en una redante, y ha bebido m á s de lo que puede soportar un hombre honrado- -le dije, buscando en los registros hondos de mi garganta el tono severo de voz que correspondiera a mis palabras, y mientras trataba de limpiar, disimulada e inútilmente, una mancha sospechosa que maculaba la pechera de mi camisa. Pero, como viera el parpadeo acongojado de sus ojos tras las galas empañadas, descansé, con gesto amistoso, m i diestra en su hombro, y a ñ a d í -Después de todo, no soy yo quien... Perfectamente; le a c o m p a ñ a r é hasta la nusdorfstrasse! Cruzamos en silencio las calles blancas de nieve, y de luz lechosa de amanecer. Bajo Jos árboles del Voiksgarten sallaban ya los cuervos, entre revoloteo de alas negras, rasgando la paz vespertina con el filo melladode sus grazffidos. Pero de pronto recordé que caminaba junto a un caballero, a quien de m á s allá de los mares, quienes han i m puesto sus gustos... Pero, entonces... ¡D í no estaba presentado. -U n memento, s e ñ o r e e dije, detenién- game usted que me e n g a ñ o ¡Dígamelo, dome frente a él- Y o no desconozco las por caridad... Entonces es que para ella, reglas de la buena educación, y me- creo ía m á s hermosa, la m á s espléndida, la que obligado a preguntarle su nombre, después con mayor orgullo ostentaba su belleza y su poderío, llegaron tiempos difíciles y- se de decirle el mío. entrega a todos, empujada por la necesi- ¿M i nombre... ¡A h s í Y sus labios se estremecieron con el tem- dad... ¡D í g a m e que me e n g a ñ o! ¿N o ve blor precursor de la palabra, pero antes de que me ahoga l a pena? Y paseaba nerviosamente los dedos de su pronunciarla movió tristemente la cabeza. -N o M i nombre no Je dirá a usted diestra entre la garganta y la enorme cornada... E n otros tiempo, sí, acaso, Y o bata de piqué blanco que le atormentaba el mismo creí que... Pero son ilusiones de j u- cuello. -Hace unas h o r a s- -a ñ a d i ó después de un ventud. suspiro- en el baile, desdeñado de- todos, ¡De todos modos... 1- -insistí. -Bueno... Y o soy Bola de Sebo... M i s me senté en un rincón y cerré los ojos para amigos me dieron este nombre... N o acaso olvidar... Creo que he s o ñ a d o M e pareno sea. un nombre, pero para mí es grato cía que ella se había aventurado por una oírme llamar de este modo, porque parece senda extraviada y yo corría en su busca, para traerla al camino; pero esos hombres que me vuelve a los días lejanos... Y después, como si ya viera en mí uno- interponían entre nuestras voces la murade aquellos camaradas cuyo recuerdo le. em- lla de sus ruidos, y mis palabras no llegapañaba los ojos, añadió con verbosidad pre- ban a sus oídos... Alguno, entre todos, me escupió al rostro su d e s d é n ¡V a y a s e en miosa y desordenada: horamala! ¿Q u i é n es usted... ¡Y o no le- -Y o salí esta tarde con ánimo de reco- conozco! rrer mi ciudad- -y se apoyó cariñosamente H a b í a m o s desembocado en la Nusdorfsobre el posesivo, como si descansara la gruesa cabeza en el regazo (le una mujer strasse, y nos detuvimos ante una casita baja, amada- ¡Pero ojalá no hubiera salido... de dos pisos: -Muchas gracias, caballero... Ya hemos M i ciudad me es infiel, me engaña con otros hombres... S i sabe usted cómo duele el des- llegado. E n u n solar vecino se alzaba una grotesengaño de un amor único comprenderá mi amargura... ¿P o r qué le digo a usted esto, ca estatua de nieve, tocada con un viejo a usted, a quien no conozco... N o lo s é sombrero gris, como aquel con el- que se Necesito aliviarme de mi congoja a r r o j á n- adornaba m i acompañante, y- un tibio rayo dola en palabras sobre otros corazones... de sol naciente, escapado de su cárcel de ¡He recorrido mi ciudad... E n los teatros, nubes, ven a a herirla, arrancándole l á g r i m a s esos hombres odiosos atormentaron mis blancas, que se deslizaban a ¡o largo de su oídos con ruidos extraños, inarticulados, sin cuerpo deforme. Sobre el sombrero, como armonía y sin gracia, entre los aplausos un m o r r i ó n vivo, picoteaba un gorrioncillo frenéticos del auditorio... ¡Y o nunca, nun- vocinglero, alegre de encontrar su buen caca, me v i amado de esa manera... H e es- marada el sol. Cuando volví los ojos hacía tado en una redoule; sí, usted lo ha adi- mi desconocido amigo, ya había desaparevinado... L a s parejas, enlazadas en un abra- cido, tras l a puerta, otra vez cerrada, de l a zo obsceno, danzaban sin ritmo, al compás casita de dos pisos... E n el muro había una de una musiquilla sin melodía... ¿E n qué placa de cobre que brillaba con. tonos de oro aberraciones lia caído ésta que fué mi amor bajo la luz matutina, y en l a placa tres paprimero y ú l t i m o H e sabido que son labras ú n i c a s E r a n z Schubert H a ú s otros hombres, venidos de países lejanos, MARIANO T O M A S
 // Cambio Nodo4-Sevilla