Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
IO POR ANDRE ARMAN DY (CONTINUACIÓN) -Me no ciii yoii, vict ssa: he (No lie sido yo- ha sido éste) Ayer, noveno día desde nuestra partida, hemos llegado a la orilla oriental de un gran lago: el lago Altuua, según los mapas. Gavilán, nuestro guía, le llama N o h ú k é n lo que. significa bebe mucho porque en e l desembocan numerosos arroyos sin que se le conozca salida. El lago A l t u n a ¿Cómo he de poder olvidarle... A la orilla habíamos establecido el campamento. Como en los demás sitios, habíamos encontrado chozas abandonadas, pero su estado permitía juzgar más reciente su abandono. Ligeras lanchas cíe corteza de árbol- -Gavilán las llama cayucos- -yacían todavía varadas en la orilla. A l verlas, Lapostre, armado de su pergamino, se lanzó sobre nuestro guía. Este, abrumado a preguntas, hubo de reconocer que en el centro del lago se elevaba una isla, en la cual se alzaban algunas ruinas. E l sabio exclamó con exaltación: ¡L a isla Topoxtle! U n a de las mejor. conservadas de las ciudades muertas. S i siente usted alguna amistad por mí arrégleselas para que pueda abordarla. N o queriendo solicitar nada, le invité a que se franqueara con miss Rocklane. Esta trata a nuestro anciano amigo con gran mansedumbre y se apresuró a atender su demanda. -P o r orden suya los mestizos repararon un cayuco y se procuraron remos en los árboles vecinos. Esto llevó algún tiempo. Era, muy entrado el día cuando todo quedó preparado. Entonces Mildred se empeño en visitar las ruinas y me r o g ó q u e la acompañara. Y o no podía negarme. Cuando se enteró ele nuestro deseo, el guía manifestó u n a g r a n repugnancia, pero, no obstante, embarcó con nosotros, después de haber enumerado isus amuletos. P o r falta de sitio en la embarcación, Mala vial, Orfeal y Artícola se quedaron en el campo en compañía de Irmao s y el resto de. los mestizos. E l lago, en su anchura mayor, no pasa de cinco kilómetros. E n el centro se eleva la isla; la travesía fué corta. P a r a abordar l a orilla tuvimos que abrirnos paso, a machetazos a través de una vegetación de inaudita exuberancia. Mildred, Lapostre y yo desembarcamos solos con el guía, encargando a los mestizos de que nos. esperaran a. bordo. L a isla Topoxtle, según nuestro guía, debe su nombre a un árbol cuyo fruto, diminuto y hueco, estalla con una detonación seca cuando se le pisa. Los indígenas encierran sus granos redon- dos en una calabaza vacía, que, al ser sacudida, produce un sonido singular con el que acompañan sus danzas. Apenas habíamos penetrado en la espesa cortina de boscaje que rodea la isla sagrada, cuando se nos aparecieron las ruinas. Lapostre no había exagerado nada al describirme su esplendor, completamente inesperado en, aquel escenario salvaje. Imaginaos una serie de monumentos de proporciones distintas, aunque simétricamente erigidos. Su arquitectura y su estilo no se asemejaban a ningún otro, salvo, de modo lejano, a los de los monumentos hindúes. Cada una de sus piedras aparece labrada con un notable sentido de decoración. E l rostro humano, esterilizado en vastos planos geométricos, desempeña en esta ornamentación un papel de primer orden. N o hay una plancha, un frontispicio o una piedra que no haya sido trabajada por el b u r i l U n a elevada pirámide cuadrangular de abruptas pendientes se yergue en el centro y domina las ruinas desde treinta metros de altitud. Corónanla un pequeño templo, a l que se sube por una escalera- de elevados. escalones. Dos serpientes monstruosas forman su doble barandilla, y sus fauces de piedra, entreabiertas, parecen guardar- el primer escalón. Entusiasmado, el anciano sabio nos hizo los honores de esta ciudad muerta con toda la solemnidad del director de un Museo. Nos pareció que se- hallaba como en su casa entre aquellas ruinas que pai ecíán hablarle como nos hubiera hablado a nosotros un monumento moderno. S u mano apergaminada acariciaba las viejas piedras como lo hubiera hecho la de un amo o un amigo. Nos describió el uso de éstos antiguos monumentos como si, contemporáneo de una raza olvidada, hubiera vivido y morado en ellos. Pendientes de sus descripciones, le seguimos de ruina en ruina. A l llegar a la pirámide, Mildred le interrogó. Consignaré su respuesta, porque me sorprendió. -E s un íeocalli- -dijo- -un templo: Este, a juzgar por las inscripciones, fué consagrado a Tlazoléotl, diosa del amor, cuyo nombre procede de tlasotla (amar) y de feotl (divinidad) Cierto Brasseur de E o u r b o u r g- -a ñ a d i ó no sin ironía- -hace derivar las sílabas primeras de tlazoilli (inmundicia) E l señor Brasseur de Í B o u r b o u r g estaba en las órdenes y de ¿lio se resienten sus etimologías. -Entonces- -observó Mildred- ¿estas piedras carcomidas asistieron antiguamente, a las fiestas del a m o r XB UCOJOJÍ SH Í AKUEI, PUMAKBGA AZVt -Esta isla le estaba consagrada- -afirmó Lapostre- A laá orillas de este lago acudían todos los años el mes de octubre las vírgenes mayas a bailar la danza de las jarras. Desde- lo alto de este teocalli... Se detuvo y a g r e g ó -Estos monumentos antiguos fueron a veces testigos impasibles de prácticas religiosas que producen escalofríos. N o quiero estropearles- con ciertas evocaciones el placer de la excursión. Saboree usted, señorita, el encanto de su misterio, pero guárdese de despertar sus recuerdos. N o pudimos sacarle más. Entregado a su apasionada contemplación, el anciano sabio reanudó sus investigaciones sin cuidarse más de nuestra presencia. E l guía, tranquilizado por aquella soledad, se sentó en un mausoleo y: se pu o a sacar espaciadas bocanadas de humo de una corta pipa. Mildred me a r r a s t r ó tras ella. Aquel paraje era de una rara virginidad. U n humus archiniilcnario alfombraba el suelo. Una v e g e t a c i ó n- t e u t a e d a r sacaba de él su fecundidad. P o r todas partes la Naturaleza tendía a reconquistar su cetro. Dislocando las piedras con su empuje, brotaban árboles en los enlosados y las terrazas. Una m a r a ñ a inextricable de lianas tendía de cima en cima sus guirnaldas. Plantas desconocidas trepaban al asalto de las graderías y el musgo tapizaba éstas con una pelusa esmeralda. Mildred iba de maravilla en maravilla, como una niña encantada, y yo la seguía en silencio cou el corazón oprimido por su charla. N o teníamos noción de la hora. Y de pronto nos sorprendió la noche con esa brusquedad propia de la zona tropical. A l g o asustada, Mildred vino a cogerme del brazo. Y o llamé: nadie me contestó... Arrastrados por nuestro descubrimiento nos habíamos extraviado. Y o iba provisto de una linterna eléctrica. Intenté, aunque en vano, descubrir con sus rayos la huella de nuestros pasos. Las ramas dobladas por nuestros pies se habían enderezado tras nosotros, borrando nuestra pista. Sentí estremecerse en mi brazo l a mano de Mildred. -N o tema nada- -le dije- L a isla no es grande; cuando lleguemos a su orilla, el cayuco vendrá a recogernos. ¿T e m e r? -d i j o ella con su hermosa voz- N o temo nada, puesto que está usted a mi lado. Y o sentí nacer el otro peligro y me acoracé contra él. Llamé de nuevo. Como un eco lejano, una voz atenuada re spondió. Reconocí la del- guía y me orienté hacia ella: ¿Emoción o cansancio... Mildred se colgó más de mi brazo. Caminábamos uno junto a otro. Con mi mano procuraba aclarar el camino y apartar las raiíias de su frente. De pronto me detuve. U n a cabeza monstruosa, bloque de piedra desprendido de algún capitel, yacía ante nosotros en el musgo y fijaba en nosotros sus ojos vacíos. Injertada en la base de la frente, la raíz de una trompa quebrada transfiguraba aquella faz alucinante. A veces nos gobierna el ambiente. E l que reinaba en la isla era tal, que me aparté de aquella cara como de un sorti- legio. A l fin salió la luna e hizo brotar del boscaje, la silueta opaca y maciza de la pirámide de piedra. -Espéreme- -le dije a Mildred- Desde allá arriba podré ver el lago y h a r é señas al cayuco. E l l a se estremeció: -N o no. Y o también subo- -dijo- N o quiero quedarme sola. Juntos subimos los escalones abruptos y decrépitos, apenas lo bastante anchos para poder poner el pie. Jadeantes, llegamos a la cumbre. Mildred intentó bromear. -S i esta raza era tan civilizada como dice su amigo, h a b r í a debido inventar el ascensor. Pero el panorama que se extendió ante nuestros ojos fué de pronto tan conmovedor, que Mildred, atónita, ya no supo hacer otra cosa que admirarse. Como un ligero polen de plata, la luna espolvoreaba las cimas con su lácteo resplandor. Bajó su palidez, las ruinas silenciosas se recortaban en grandes manchas niveas rodeadas de sombra. Corno balas de fuego azulado y metálico, reflejo de las luciérnagas, entremezclaban sus caprichosas trayectorias entre los árboles y trazaban una red movible. E l cielo misterioso tenia sobre el bosque su constelado velo. Y ante aquella decoración taciturna, una indescriptible sensación de melancolía, producida por las cosas muertas, pesó sobre nosotros. Durante largo rato permanecimos callados. Mildred, que no había soltado mi brazo, se apoyó en él dulcemente. V i alzado hacia mí, su rostro diáfano, al que la luna bañaba con un resplandor irreal, A p a r t é el mío... E l l a m u r m u r ó en voz baja: (Se PROPIEDAD DE LA CASA EDITORIAL M, AGUILAK) continuará. 55
 // Cambio Nodo4-Sevilla