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E LA GREC 1 s DELFOS (GRECIA) VISTA GENERAL DE LAS EXCAVACIONES EINTE años atrás, el que se proponía l ir de Atenas a Delíos, excursión y de rigor para el turista sensible a la poesía de la H i s t o r i a no podía ptar, como ahora, entre dos medios de comunicación. Entonces se hacía el viaje por par, franqueando el canal de Corinto, hasV Jtea. E l buque partía del Píreo poco des ¡ués del mediodía y nos dejaba en el junto de destino al aparecer el crepúsculo, ja permanencia a bordo no era muy cóiioda por la pobreza de la instalación, pero I viajero sentíase largamente compensado jilo con abrir los ojos desde la cubierta él barco. L o que le rodeaba hacíale olvidar. dos los inconvenientes y mo estias de un ¡aje que tendría poco de agradable si no DS acompañase el entusiasmo. Aunque el buque no saie del golfo de leusis, el panorama se apodera dé la imanación del turista, que no puede ver un neón de aquella costa n i un jirón de cíegriego, sin sentir, al mismo tiempo, la úsica de los recuerdos. L a certidumbre de le, vaya donde vaya, no le esperan más le rumas, no entibia su emoción, pues su nfasía, enardecida por las lecturas, reedia en aquellos lugares todo lo que desjyeron los siglos. H o m e r o y Pausanias s ponen previamente el espíritu en tenm, y todo lo que nos salga al encuentro, tiene cierto aire de vejez, nos parece i n stido del prestigio que conferían los dio; a las cosas materiales. L a admiración de grandes acontecimientos es un goce p r i 1 1 vativo de los que no los han presenciado. E n cuanto somos testigos de un hecho nos i m presiona menos que referido, al cabo de los siglos, por la leyenda o por el historiador. E s evidente que el milagro helénico se produjo en la época de Pericles, esto es, en el período en que las facultades del hombre alcanzaron su armoniosa plenitud. Atenas dio entonces de sí todo lo que podía contener potencialmente en heroísmo, en razón filosófica, eii arte y en habilidades manuales. A h o r a mismo nos costaría trabajo el imaginar un tipo de hombre más perfecto que el ateniense. Pero ¿se daban cuenta aquellos hombres de que habían bordeado las alturas del poder humano? ¿S e n tían la embriaguez íntima del Demiurgo contento de su obra? ¿N o percibían un más a l l á inaccesible, tortura de todos los espíritus ilimitadamente ambiciosos? E n resumen, si resucitase un ateniense de los tiempos heroicos, ¿encontraría justos los elogios que han hecho de él un W i n k e l m a n un Müllfer, un Renán y un D A n n u n z i o? L a indiferencia del griego moderno por todo lo que hicieron sus antepasados, ¿no será un eco del sentir de aquellas generaciones que saludamos en l a literatura, como si representasen lo sublime? S i la realidad es de dos maneras, como es en sí y como se refleja, la opción para conocerla tampoco existe. N a d a se puede conocer en sí, en la intimidad profunda que es su esencia. T e nemos, pues, que atenernos a- la revelación de nuestra inteligencia, mal servida por datos insuficientes. Pues b i e n yo me pregunto el ateniense que hemos reconstruído con las sugestiones de los poetas, de los historiadores y de los artistas, ¿era el auténtico qué conversaba con Sócrates a la intemperie, el que venció a los persas en Salamina y el que adoraba a M i n e r v a en el santuario de Acrópolis? E s e tipo masculino, inteligente y atlético que lo sometía todo a l a medida, y que para comprender mejor a los dioses los había humanizado, asociándolos a todos sus instintos, ¿no será u n artificio creado por nosotros? D e Itea a D e l f o s se subía, cuando yo estuve allí, en un coche tirado por dos pares de muías. E l camino que bordea la montaña es áspero, y a la luz del crepúsculo, imponente, por la vecindad de los precipicios. M e figuro, sin embargo, que no era ésta la vía que hollaban con sus pies los peregrinos de la antigüedad, ansiosos de consultar el oráculo. E l acceso a la montaña sagrada debía ser por sendas y veredas que el desuso ha borrado. Téngase presente que Delfos era la sede religiosa de más alto prestigio para los creyentes y que el dios A p o l o no sólo asumía la misión de descorrer el velo del porvenir, sino que garantizaba la conservación de los caudales puestos bajo su custodia. E r a pues, en cierto sentido, un precursor de nuestros financieros, que, si no pagaba como éstos un interés al imponente que llevaba su d i nero a aquel Banco, tampoco lo exponía a los perjuicios de una quiebra. TsTTF nraiTiFwiHF rntr 1II IT T i n i -I II n I I n i E T l l- r l t r i n t r m im
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