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El DEMO NIO POR ANDRE A R M A IV D Y (CONTINUACIÓN) AZV 1 Caminaron a la brújula a t r a v é s d e una espesura húmeda y compacta, viéndose obligados con frecuencia a echar pie a tierra para abrirse camino a machetazos. E l anciano sabio prestaba atención a los menores ruidos del bosque v parecía sobreexcitado. Pero a las preguntas de Rolando sólo contestaba con frases evasivas. H a c i a mediodía se detuvieron para dejar respirar a los mulos y tomar un frugal refrigerio. Luego siguieron adelante, calculando que el regreso les llevaría menos tiempo gracias al camino que se habían abierto a l a ida. Poco a poco el bosque les pareció menos compacto. Los troncos se distanciaban. A través de la cúpula del boscaje aparecían fragmentos de cielo. -D i r í a s e que nos aproximamos a l a linde del bosque- -dijo Armail. Los ojos del sabio relucieron detrás de sus lentes; pero se limitó a espolear a su mulo sin responder. De vez en cuando consultaba el mapa antiguo. De pronto Rolando detuvo su cabalgadura y designó el suelo. ¡U n a senda! Numerosos pies habían aprisionado el suelo fangoso. L a senda cruzaba el camino que ellos seguían en dirección Norte- Sur. Como las pisadas se entremezclaban era difícil determinar el sentido de la marcha: pero algunos tallos de hierbas jugosas revelaban un paso reciente. Tom olfateó largo rato las pisadas y su espinazo se erizó. ¿D e qué lado la seguimos? -dijo De A r m a i l indeciso. -H a c i a el Norte, siempre hacia el Norte- -preconizó Lapostre. Conquistado por l a exaltación del sabio, D e A r m a i l cabalgó su mulo y activó la marcha. L a senda iba ensanchándose. Perdiendo toda noción del tiempo caminaron adelante, sin pensar en otra cosa que en averiguar adonde conducía aquella senda ignorada. E x t e n d í a s e en línea recta a través de un bosque menos denso, que pronto fué substituido por una selva de espinos y arbustos. Tom avanzaba continuamente al acecho. De pronto, Lapostre extendip el brazo: ¡E l agua! Espoleados, los mulos rindieron un esfuerzo suplementario. L a senda desembocaba en una orilla llana, a lo largo de la cual venía a morir una inmensa sábana de agua, cuyas suaves ondulaciones se extinguían, formando pequeños pliegues contra una linde de cañas. -Esto no puede ser el mar- -exclamó De A r m a i l -N o pero debe ser un lago- -replicó Lapostre radiante. -E l mapa no menciona ninguno. -E l de usted no; el mío sí. E l sabio desplegó el mapa antiguo. E n él figuraba un vasto lago hacia el Norte de T i k a l U n a frase manuscrita lo subrayaba: L a g o innombrado -S u cartógrafo- -dijo Rolando- -parece haberlo conocido de forma muy vaga. -E s posible- -replicó Lapostre- pero tiene la ventaja sobre el de usted de haberlo visto. -C o n eso no adelantamos nada, pues l a senda termina aquí y no podemos saber nada de los que lo han trazado. L a senda terminaba, en efecto, en la misma orilla del lago. -H a n venido por el agua- -dijo Lapostre. -O quizás se hayan marchado por ella- -hizo nota- r Rolando- pues yo no veo ninguna canoa que les aguarde. Mirando con los gemelos trataron de descubrir la otra o r i l l a pero invisible. L a sábana de agua, dorada por el sol, se diluía en una lejanía brumosa. E l horizonte era invisible. De A r m a i l señaló el ocaso. -i Diablo! -dijo- Nos heñios olvidado de los relojes. Tendremos que darnos prisa a regresar. E l anciano sabio no sabía decidirse a ello. N o pudieron seguir adelante, habló de quedarse solo mientras se llevaba a ta escolta. Rolando tuvo que ponerse serio y prometerle que volverían. De mala gana emprendieron el camino de regreso, espoleando a los extenuados animales. Pero, sin que lo hubieran advertido en el calor de su descubrimiento, la senda les había llevado muy lejos. Poco a poco el disco rojo del sol desapareció entre la azulada espesura y el brusco crepúsculo de los trópicos les sorprendió a la mitad del camino. ¡Paime de luz! -bromeó E ando- Nos hemos lucido! Confiando al olfato de Tom siguieron a ciegas la senda recorrida. De vez en cuando, De A r m a i l hacia funcionar su linterna eléctrica para cerciorarse de que seguían bien el camino. L a luna menguante perfiló a t r a v é s de la cúpula de follaje sus rayos a n é micos. v Las verdaderas dificultades no empezaron hasta el momento en que llegaron al cruce de las dos rutas: la suya y la de la senda desconocida. Lapostre pretendió seguir é s t a pero De A r m a i l cuya frente era obscurecida por una preocupación al acordarse de Mildred, decidió no arriesgarse a la aventura. Tuvieron que indagar en la sombra el paso precario que se había abierto a la ida. Su visibilidad era escasa; sus tropezones, frecuentes. Numerosas veces tuvieron que echar pie a tierra para guiar sus monturas. Las horas se añadieron a las horas y la noche avanzó. De- súbito, D e A r m a i l se detuvo con el oído atento y el corazón palpitante. ¡Chits... Diríase. -Disparos? Asordado por la distancia, se oyó crepitar el ruido de una descarga. -E s en la dirección del campamento. ¿S e r á n los vampiros? Bajo el taponazo furioso que hirió sus costados, el mulo de Rolando tropezó, y luego echó a correr; el otro le siguió. U n a gran angustia le invadió a De A r m a i l Tirando por lo más corto y orientándose por el ruido se introdujo en pleno jaral. Las ramas le cruzaban la cara como látigos; los cascos del mulo se enredaban en la m a r a ñ a de las lianas. Pero nada logró obstruir su feroz cabalgada. Rolando se abría camino a machetazos y aguijoneaba al animal. Mejor o peor, Lapostre consiguió seguirles. A sus oídos llegaba m á s claro el ruido de los disparos, cuando de súbito un sonido extraño, retumbante, aterrador, formidable, vino a helarles los tuétanos. H u b i é r a s e dicho el prodigioso l a mento de un violoncelo gigante. A u n cuando su fuente de emisión se hallaba todavía muy alejada, el sonido aumentó, se hinchó, rodó y se desmenuzó a través del bosque, pareciendo brotar de todas partes, licuando sus oídos de un estremecimiento insoportable. Su diapasón, partido de una base imponente, escaló los sonidos más agudos, y sus variaciones engendraron en ellos una punzante turbación, un verdadero sufrimiento físico. Y de pronto una nota de una estridencia superaguda perforó la noche y murió en un paroxismo de inaudita acuidad. Luego volvió a hacerse el silencio, un silencio cargado de. espanto. Los mulos se habían desplomado. Instintivamente, los dos hombres se. habían tapado los oídos para librarse de aquella vibración frenética; pero ésta subsistía en sus tímpanos y hacía castañetear sus mandíbulas. ¿Q u é podrá ser eso? -dijo Rolando. Lapostre no r e s p o n d i ó pero al fulgor de su linterna eléctrica, De A r m a i l se quedó estupefacto al leer en el rostro del anciano una especie de exaltación. Esto no fué m á s que un relámpago. A lo lejos reinaba un silencio absoluto. E l rostro de Lapostre se coloreó de angustia. L e tendió a su compañero dos bolas de chicle y le dijo: -M é t a s e esto profundamente en los oídos y reventemos a los mulos. Tom, erizado, temblaba con todos sus miembros. U n temblor sacudía a los desplomados animales. Fuera de sí, los hombres les pusieron en pie a patadas, a latigazos, y, cabalgándolos, prosiguieron la marcha. L a loca cabalgada se prosiguió todavía durante tanto tiempo, que D e A r m a i l temió haberse extraviado; pero Tom seguía l a pista y no la soltaba. ¿C u á n t o s minutos, cuántas horas duró aquella busca? N i uno ni otro lo supieron. A l fin vieron brillar a través de la espesura los destellos de una hoguera en ascuas. Tom echó a correr, y de súbito se detuvo y lanzó en la noche un aullido lastimero. Uno de los mulos se desplomó extenuado. Rolando se precipitó hacia el campo, llamó, imploró... Nada le contestó. E l campamento se hallaba desierto: ¡hombres y animales habían desaparecido... Creyó haberse engañado. Registró los alrededores. Pero n o aquel era, sin duda, el campamento que habían abandonado poi la m a ñ a n a todavía se alzaba en él el faro apagado. Esparcido por el suelo se hallaba el material del equipo. L a cabana estaba todavía en pie, pero la hamaca de M i l d r e d se hallaba v a c í a Apretándose con los puños las sienes para alejar la locura, R o lando ensanchó el campo de sus indagaciones. Todo se hallaba solitario. N o obstante, algo m á s lejos encontró el automóvil; en él se hallaban amontonados los víveres como para una etapa. E l carruaje se encontraba orientado hacia el Sur, como para un regreso. Y sin embargo, todavía estaba allí; t 1 (Se (WWFIfiüAB DE LA CASA EMTOKIAL M. AQUILAK) continuará. (TRADUCCIÓN DE MANUEL FUMABEGA) 53