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E MO NIO POR ANDRE ARMANDY (CONTINUACIÓN) -A l g u i e n tenía que Velar. A h o r a usted se halla repuesto y yo me desquitaré por la tarde. Con grandes precauciones despertaron a Artícola. Su alocado terror de la víspera había sido reemplazado por una protesta absoluta. Pasó en torno suyo unos ojos átonos, cuya esclerótica aparecía inyectada de sangre. Nada en su cara revelaba que los hubiera reconocido. Absorbió maquinalmente el café que le presentaron y se dejó subir a uno de ios mulos sin hacer un movimiento de consentimiento o de resistencia. -N o se encuentra bien- -hizo notar Rolando. -A l contrario, yo 1 c encuentro muy bien- -afirmó el sabio- Después de la sacudida súbita, este atontamiento pasivo es lo mejor que podríamos desearle. ¿Cree usted que se recobrará? -Y mucho antes de lo que usted se figura. Pero es necesario que la evolución se verifique por sí sola. ¿A qué atribuye usted su estado? -A una violenta conmoción cerebral. L a hemorragia de la nariz y de los oídos lo prueba. Y por lo demás ha sido un bien que haya sido externa; de ser interna lo hubiese matado. ¿H a b r á recibido un choque? -U n a conmoción no es producida forzosamente por un cho que. Basta una vibración para producirla. L a palabra le hizo recordar a Rolando el extraño sonido de la víspera e insistió: ¿Q u é quiere usted decir? -N a d a- -c o r t ó Lapostre evasivo- Únicamente he de recomendarle por su vida que al menor sonido sospechoso se tape los oídos con estas bolas de chicle y que para tal fin las tenga constantemente al alcance de la mano. Y como precaución preventiva el anciano hizo sufrir esta operación al enfermo, que se dejó hacer inconsciente y dócil. Armados y con los mulos enjaezados se pusieron en camino, llevándolos de las riendas. Los misteriosos agresores parecían haberse preocupado poco de borrar sus huellas. Sus pisadas, muy visibles en aquel dédalo de verdura, se dirigían hacia el Norte. Cuando el suelo esponjoso lo permitía, podían descubrirse las huellas de los mulos y las de los pies humanos calzados con botas y alpargatas. Esta última observación pareció contrariar las conjeturas de Lapostre. Fueron aquellas unas horas interminables de una marcha fatigosa a través de una maleza inextricable y en una atmósfera de estufa. Rolando caminaba insensible al calor y a l a fatiga. Su pensamiento le conducía. S i Lapostre le hubiera escuchado no hubieran hecho ninguna parada; pero el anciano supo exigir que se economizaran sus fuerzas y las de los animales. H a c i a media tarde, Rolando, que marchaba delante, se detuvo bruscamente. ¡Mire! U n a senda se bifurcaba en la suya en sentido inverso y más estrecha. Reconocieron la que se habían abierto la víspera hasta donde habían encontrado la segunda, la que habían seguido hasta el lago desconocido que se prolongaba hacia el Sur m á s allá de este cruce. Rolando experimentó un dolor inmenso. Los raptores se d i rigían hacia, el campamento la víspera, cuando ellos se encaminaban hacia el lago. S i siguiendo el impulso de Lapostre, hubieran regresado por la segunda senda, en vez de seguir la suya, los hubieran encontrado infaliblemente. ¡Y p e n s a r que soy yo- -gimió- -el responsable de esta elección! -N o lamente nada- -dijo Lapostre- a esa elección debemos el hallarnos libres todavía. A ello debemos quizá el poder salvarlos. -A l menos hubiéramos podido combatir. -L o que no han podido hacer veinte hombres armados, ¿p r e tendería usted haberlo hecho? -P o r sorpresa, tal vez. Tirando sobre seguro. -Y a le he dicho a usted, y vuelvo a repetirle, que probablemente nuestras armas no nos servirán de nada. Pero: en vano D e A n n a i l impaciente, apremió al sabio a preguntas éste se encerró en las mismas reticencias. -M á s tarde, cuando esté seguro. E l sol. no era ya nada más que un disco p ú r p u r a cuando llegaron a las orillas del lago. Lapostre exigió que dejaran los animales bajo l a espesura y luego ellos avanzaron, arrastrándose. Las orillas se hallaban desiertas. U n a bruma violeta diluía ya el lejano horizonte. Sonrosados flamencos vinieron a posarse en las cañas en busca de su refugio nocturno. E l cielo, de una pureza uniforme, se íiñó. sucesivamente de jade y de amatista, y Sirio puso en él su esmeralda. Y cuando el sol poniente barrió con sus rayos oblicuos la superficie del lago, hizo surgir poco a poco una aparición sorprendente... A l principio fué sólo un punto en la línea del horizonte. L u e go, como si se corriera un velo, fueron recortándose unos contornos, precisóse una forma suspendida en el espacio y que parecía flotar sobre una sábana ondulante y sutil. Después se dibujó bajo ella una pirámide cuya base se diluía en una bruma translúcida. Luego emergieron otras alturas extendiendo poco a poco sus líneas verticales. Y de instante en instante surgió del fondo de las aguas una ciudad dominada por un templo. P o r lo que se podía, juzgar, era semejante en un todo a la de Topoxtle, por lo menos en cuanto a la arquitectura, pues sus monumentos parecían más numerosos, m á s importantes y menos uniformes. Sus movibles cimientos oscilaban suavemente sobre el lago. Luego, cuando el. astro llegó al horizonte, las líneas se superpusieron, se entremezclaron, se confundieron, y la fantástica aparición se disipó gradualmente. ¡A y! Sólo era un espejismo- -dijo Rolando, decepcionado. -E n efecto, un espejismo- -admitió Lapostre con una e x t r a ñ a satisfacción- pero también el reflejo de una realidad. E l espejismo nunca es otra cosa que l a refracción de una imagen existente. S i esa ciudad aparece sobre el lago es porque se alza en algún sitio. -Sin embargo, en el desierto. -E n el desierto el espejismo hace aparecer oasis, pozos, caravanas. Desplaza, refleja, aproxima o aleja; pero tenga usted por seguro que nunca invenía. Eso es tan imposible físicamente como reflejar en un espejo una cosa inexistente. ¿Y cree usted que esa imagen... ¿E x i s t e? Estoy seguro. Pero la ciudad que acabamos de ver puede encontrarse a varias leguas de ahí. Se conocen otros ejemplos de esto, entre ellos uno de M é j i c o en el lago de Tezcoco aparece, cuando las circunstancias atmosféricas lo permiten, una ciudad entera, cuya imagen unas veces se ve invertida y otras natural. A h o r a bien, esta imagen es la de una ciudad que se alza quince kilómetros m á s atrás. E l espejismo, vuelvo a repetirlo, nunca inventa nada. Convencido, Rolando se estremeció de esperanza, -S i la ciudad existe, ¿s e r á a ella donde les h a b r á n conducido? -M e parece muy probable. -Entonces no hay que perder un instante: en marcha. Lapostre meneó la cabeza. -O l v i d a usted, mi pobre amigo, mi fatiga y l a de usted. Además las huellas se acaban a la orilla del lago. P o r lo tanto, han sido embarcados. Nosotros no disponemos de ninguna embarcación que nos permita seguirlos. Tendremos que esperar a m a ñ a n a para ver lo que se hace. -bigamos por la orilla del lago, -Aparte de las dificultades y tal vez de los peligros del recorrido, todo induce a creer que sería inútil. S i los agresores han seguido por el agua es que éste es el único camino practicable, o bien... ¿O bien? -O bien que l a ciudad se alza en una isla. Sin resignarse. Rolando hubo de rendirse a l a razón. Ambos volvieron hacia los mulos. Artícola no se había movido. Continuaba sentado en el suelo, con la mirada vaga, inerte. Los dos hombres se pusieron a buscar un refugio que les pusiera al abrigo de las sorpresas posibles, y le hallaron en el tronco hueco de un árbol gigantesco que los brazos de quince hombres no hubieran podido abarcar. Lapostre contempló al coloso. -S i éste pudiera hablar- -dijo- -sabríamos por él no pocas cosas. ¿Q u é experiencia le atribuye usted? -L a que confiere una existencia de quince o veinte m i l años. Tal vez haya asistido al diluvio. ¿Es posible que subsistan árboles de esa edad? -M u c h o s m á s de los que se cree. Este es el ahuehuete. Se conservan dos en Méjico, en el recinto de la iglesia de Santa M a ría del Tule, en A t l i x c o el mayor tiene treinta y dos metros y medio de perímetro. E n las- cumbres heladas del Popocatepetl se ha encontrado un sequoia de ciento treinta y dos metros de altura; un castaño del E t n a mide diecisiete metros de d i á m e t r o en Sierra Madre, de California, un ciprés mide cien metros de altura; recientemente se ha cortado en Cabo Verde un baobab que contaba seis mil años. L a Naturaleza ha superado siempre las m á s amplias previsiones de la ciencia. E n el tronco de aquel gigante hubieran cabido muy a gusto quince hombres. Limpiaron el suelo de las fangosidades que Se cubrían y, después de tapar las grietas con las lonas de la tienda, encendieron un fósforo e instalaron a Artícola y a los mulos eu. aquel refugio improvisado. 1 (Se (rROriEDALl US L A CASA EDITOEIAk M, continuará.
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