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1 D E M O NI O POR A 1 ÜDRE ARMANDt (CONTINUACIÓN) AZ UX v 2 se luchaba en l a noche. a tientas. Y de pronto ¿cosa cayó sobre Lapostre abrió unas latas de conservas, y como D e Armail, nosotros como un rayo. E r a de una. potencia inaudita; helaba el entregado por entero a su obsesión, no quería tocarlas, el anciano espíritu, paralizaba los brazos. L a s armas cayeron de las manos le obligó a reparar sus fuerzas. de los que las tenían. -Pueda ser que las necesitemos dentro de poco- -le. dijo enigLapostre repitió lentamente, pesando las sílabas. mático. -Las armas cayeron de las manos de los que las tenían... Luego se dispuso a dar de comer a: Artícola. Cuando le inició- -S í Y luego el sonido alcanzó tal estridencia, que sentí m i los gestos, el demente los continuó, de modo maquinal al princicráneo a punto de estallar... pio. Y a medida que tragaba pareció recobrar poco a poco la con- ¿H a dicho usted cstáUarf -preguntó Lapostre con una atenciencia de las co. sas que le rodeaban. D e pronto Lapostre le dio ción e x t r a ñ a cuando menos. a Rolando en el codo: -Y eso era exactamente- -confirmó el fajista- una infernal- -M i r e lo que haco- -i- murmuró en voz baja. vibración que le sacudía a uno los. huesos como clavos en una caja. Con la punta del cuchillo, Artícola acababa de coger un poco- ¿Y después... de sal y espolvoreaba la cecina. Este simple gesto dejaba de ser- -D e s p u é s ya no sé. M e envolví la cabeza con una manta! y reflejo y denotaba la reflexión. así y todo el sonido me penetraba en el cráneo. M e puse a chillar- -Y a se lo decía y o- -m u r m u r ó Lapostre- las ruedas se encomo él y perdí el conocimiento. granan. Poco a poco vuelve a pensar. Se cogió la cabeza entre las dos manos, con el rostro crispado. E l demente fijó en ellos una mirada incierta todavía, pero en- ¡M e encuentro n i a l! la que ya no se advertía su lúgubre atontamiento. ¡Chits! -dijo Lapostre- Esto le ha agotado, Dejémosle des- ¡Artícola! -le dijo en voz baja Lapostre. cansar. Ahora ya sé bastante. E l otro no respondió, pero dejó de mascar. Lapostre repitió el nombre un poco m á s fuerte. P o r las extraviadas pupilas pasó un fulgor de lucidez. S u frente se a r r u g ó bajo el esfuerzo. Con voz titubeante balbuceó: XI- -Naturalmente, yo, soy Artícola. ¿N o s conoce usted? -continuó Lapostre. Una punta del velo. E l hombre fijó én sus compañeros una mirada atenta. Ellos, le sintieron luchar contra las brumas que obstruían todavía su- ceConteniendo a duras penas su impaciencia, Rolando esperó a rebro. Y de pronto abrió la boca para nombrarlos; pero no salió que Artícola hubiera recobrado su profundo sueño para interrogar de su garganta nada m á s que una ronca exclamación. Con un gesa Lapostre. to bru sco se levantó. Los dos hombres se precipitaron sobre él y le calmaron con dulzura. -Y ahora- -le dijo- ¿h a b l a r á usted al fin? -S í- -d i j o entonces el anciano sabio- porque ahora ¡estoy- -S í somos nosotros- -dijo Lapostre- A h o r a nos reconoce seguro! usted, ¿v e r d a d? U n resplandor de entusiasmo iluminaba sus caducas pupilas. -S í- -d i j o Artícola con un gesto, tratando de substraerse. E x t e n d i ó el mosquitero sobre el herido mental y luego se llevó a- -N o tema usted nada- -le dijo Rolando- est usted en seRolando afuera. guridad. ¿Se acuerda usted de algo más? E l bosque reposaba. Pálidas florescencias emanaban del humus L a mirada con que les examinó manifestaba una desconfianza saturado de putrefacciones milenarias. A lo lejos, en las orillas inexplicable. L a atención de sus compañeros parecía asombrarle, del lago, emitían los sapos sus notas monótonas y. los astros semolestarle. N o respondió. mejaban a través del follaje la caída de un prodigioso surtidor- -N o se fatigue el espíritu- -le recomendó Lapostre. de oro. Artícola meneó la cabeza. ¿E n dónde están... los otros? -preguntó con vacilación. Se sentaron a alguna distancia y hablaron en voz baja, como- ¡A y! L o ignoramos- -gimió D e Armail- Contábamos cou en una catedral; de tal modo, les impregnaba el espíritu la solemque usted nos lo diría. nidad de las cosas y del lugar. ¿Y o ¿M e tiene usted por sano de espíritu? -preguntó el sabio. Sacudió de nuevo la cabeza y r e p i t i ó -S i n duda, amigo mío- -afirmó Rolando- Y a ñ a d i r é que si- ¿Yo... alguien puede guiarnos en este dédalo es usted solo. Luego un rictus amargo recorrió su faz hermética. -S u confianza me conmueve; pero, por desgracia, no soy tan- -Y o no sé nada- -dijo, apartando, los ojos. digno de ella como lo desearía. M i s miradas son todavía limitaD e A r m a i l le i m p l o r ó das. T o d a v í a subsisten muchas obscuridades a través de las cua- -Intente acordarse. Usted es nuestra única esperanza. jes no puedo hacer m á s que presumir. H e de decirle lo que a m í- -A r t í c o l a le sondeó con l a mirada. me parece que ocurre. Juntos buscaremos el modo de remediarlo. -Cuando han- dlegado ustedes al campamento, ¿qué han visto? N o he de ocultarle que la tarea se anuncia terriblemente ardua. -L a s huellas de un combate; tres cadáveres en tierra: dos- -L e escucho- -dijo Rolando. mestizos de la escolta y Gavilán, el guía. Todos los demás ha- -Pues bien, ¿s e acuerda usted de lo que le dije de los mayas bían desaparecido. cuando consultamos juntos sus copias del Codex Peresianus. ¡A h! -d i j o Artícola, azorado. -Como si datara de ayer. ¿P o r qué se combatió? -R e s u m i r é pues: raza milenaria cuyos orígenes se remonArtícola vacilaba todavía. Sus fugitivas pupilas recorrieron las, tan, según las fechas encontradas en las estelas cronológicas, a de los dos hombres. E n ellas no leyó nada m á s que ansiedad. E n doscientos ochenta m i l a ñ o s raza aislada, sin contacto con otras tonces se puso a hablar, pero sin mirarles. razas, que siempre ha vivido en l a misma región, sin historia co- -Irniaos había entrado de guardia. Aprovechando el sueño... nocida raza desaparecida ya cuando los toltecas invadieron M é de los otros quiso abandonar el campamento y llevarse a los mesjico en el siglo v i l de nuestra E r a raza llegada, en fin, antes de tizos. E l ruido del motor despertó... a los que quedaban... desaparecer el apogeo de una civilización que significa una inmen- ¡Q u é miserable! Y entonces, ¿qué hicieron ustedes? sa superioridad sobre las que. se desarrollaron después que ella. Esto- E l l o s se lanzaron a sus armas y dispararon. no soy yo solo quien lo dice, sino también l a ciencia oficial. -Y yo lo reconozco. ¿Ellos... ¿Quiénes? -Perfectamente. A h í tiene usted, pu- wS, tina raza a l a que todo- -M a l a v i a l Orfeal, el g u í a nos permite considerar como la m á s antigua del mundo. L a s eta- ¿Y usted? pas de su civilización, aunque m á s lentas por el- liecho de que no Artícola tuvo una sonrisa forzada. recibió ninguna aportación de ninguna civilización extranjera, se- -Y o también, ni que decir tiene. -desarrollan sin solución de continuidad cñ el curso de dos m i l ochoComo la afirmación- carecía de firmeza, Rolando le examinó ciento siglos. ¿E s temerario en tales circunstancias admitir que con m á s atención. esta civ- ilización haya podido alcanzar en determinados puntos un- ¿P o r qué me mira usted así? -preguntó el fajista. grado infinitamente superior a la de las razas que poblaron un Lapostre puso una mano en el brazo d e R o l a n d o continente al que una suposición errónea ha hecho. llamar el V i e -Continúe- -le elijo al otro- Oyeron ustedes un sonido. jo M u n d o E l semblante de Artícola se crispó de angustia. ¡A h! Sí... ¡cl sonido! ¡Q u é horrible! ¿E s que sabe usted- -P o r el, contrario, es completamente admisible. íde dónde procedía? -N o refiera. Se continuará. ¿Referir el qué? Y o no s é nada: habían apagado e l- f a r o ÍSRADUCCIOJÍ DB M A N U E L ÍMJMABEGA 61 (P R O P I E D A D gS L A CASA B D I T O R U i B. AQUILARj