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daval que sopló sobre Europa durante ctiatio años hizo temblar todos los viejos palac os de Alemania. Las mansiones habitadas por los Habsbnrgos y HohenzOllern, por los Bavieras y Coburgos, amenazaron desplomarse sobre sus moradores, y ellos buscaron refugios lejanos. Sólo este modesto palacio de Vaduz resistió al huracán, porque sus techos no emergían sobre los tejados vecinos. No era más alta la mansión del principe que estas otras entre las que se confunde en la lejanía del paisaje verde, y burló al viento de tormenta. A Jo lejos, cabrillea la luz en las aguas de un río, que a veces se aproxima al camino para huir luego como animalillo joven, asustadizo y curioso. Cuando está distante, es apenas una cinta de iplata con que la Suiza vecina se recoge el cabello verde de sus montañas si sé aproxima, la cinta se ensancha y rasga en vados de arena reseca. Es un río pobre de caudales y rumores; nos parece que se ha de morir a pocos pasos, sorbido por la llanura, o en el seno de otro río más poderoso, que le come, con leyes de más fuerte, todas sus energías. No esperaríamos, de no saber su nombre, encontrarlo de nuevo llevando sobre sus hombros fuertes centenares de navios, acogiendo en el fondo de su reflej gigante las montañas y el cielo... Pero es el Rhin, y ya con sólo adornarse de este nombre, la cinta sinuosa y los islotes estériles que se abren entre sus aguas los adivinamos transformados, más lejos, en corriente impetuosa y en colinas de verdor luminoso, con su corona de prestigiosas ruinas. Y a nos basta conocer lo que es luego para no burlarnos de lo que es ahora, y no sabemos si envidiarlo o compadecerlo por ello. E L PUERTO VISTA GENERAL D E L I N D A U