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AYUNTAMIENTO Acaso el Rhin sea digno de envidia, y el Danubio, cuando en los balbuceos de sus fuentes adivinamos el bramar de su curso gigante; pero esos otros ríos, que ya se saben destinados a perder sus caudales en. las corrientes de ajenos cauces, nos mueven a conformarnos con nuestra duda de no saber hacia dónde caminamos, porque siempre nos es dado esperar, aun cuándo se nos estrecha y ensombrece el curso de las horas, v aun cuando se nos hunde en abismos entre montañas que nos velan el cielo, que uego liemos de vernos frente al mar infinito... El camino salta sobre el lago para llegar a Lindau, y en la ciudad donde termina, más que morir, parece que se durmió acariciado por el silencio de las calles y arrullado por el chapoteo leve del agua en el puerto. Sobre otras riberas del lago de Costanza, veladas por la distancia, acaso- naya un revuelo de pájaros gigantes y un mosconeo de motores; ñero hasta Lindau no llegan los rumores de Friedrichshafen. No es el mayor encanto de la ciudad so- bre el lago estas calles tortuosas que vienen a desembocar sobre un temblor de agua ni los viejos edificios, como la torre del Ladrón y el Ayuntamiento; aquélla, que alza sobre la sombría mole cilindrica las afiladas agujas de su quíntuple torre, corno si fuera, forzada por su nombre, mano que pretende hundir sus cinco dedos buscones en los blancos bolsillos de las nubes; éste, con su reloj encuadrado entre blasones, como si anunciara que a cada hora corresponde un cuartel y tiene un señor; pero son doce las horas y los blasones son diez, y hemos de nensar que hay horas también sin yugos de señoríos. No es tampoco el encanto mayor de Lindau estas pinturas que adornan los muros del Ayuntamiento, y si lo es, no será por ellas mismas, con ser grato el co or, a pesar de los años, y gracioso el conjunto y la línea, sino por lo que en ellas se representa, que es símbolo de la ciudad. Son estas pinturas una sinfonía silenciosa, porque ya la armonía del color v del dibujó le dan esta calidad; pero, a más dé ello, en cada una 1 hay un músico que tañe una vihuela o se inclina sobre el corazón me pdioso de un violoncelo. Así, Lindau es una sinfonía silenciosa como la que pintó en los muros consistoriales un artista desconocido. Melodía, de los viejos edificios sobre los huertos con flores nuevas; armonía del horizonte, dónde se confunde el azul de los montes lejanos con el azul ce este sobre sus cimas, y el azul del lago a sus pies, y esta sinfonía no rasgada por el sonar áspero dé bocinas y pregones. Mayores son el silencio y lá paz de esta isla cercana a tierra firme, rodeada de mar preso entre estrechas orillas, que en aquellas alejadas de todo continente, perdidas en la inmensidad del océano; porque a esas parece que llega el bramar de la vida agitada, caminando sobre las olas de voces roncas, y aquí, los rumores lejanos no tienen ondas sobre que navegar y naufragan en la paz de las aguas tranquilas. 1 1 MARIANO T O M A S