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EL DEMONIO POR ANDRE ARMAftDY (CONTINUACIÓN) AZUL -De acuerdo. Chamfort lia dicho: Los saltamontes no saben Historia Natural. ¿Por qué los hombres han de conocer su propia historia? Esto es algo más valioso que una simple ingeniosidad. Por lo que a la prehistoria se refiere, lo ignorarnos casi todo. Nuestra corteza histórica apenas pasa de los seis mil años, es decir, un instante en comparación con la inmensa duración de los períodos preliminares. Aquí penetramos en el dominio de las conjeturas; pero hay ciertas leyes naturales que rigen todas las épocas y que entre ellas ocupa el primer término el instinto de conservación. ¿Lo admite usted? -Sin duda alguna. -Bien. Si se examinan las especies del reino animal se observa que el hombre es el que está menos armado físicamente. E n cambio su cerebro revela una constante superioridad sobre el de los demás seres organizados. Por lo tanto, es natural que haya aplicado sus recursos a inventar medios de defensa contra sus agresores eventuales. E n realidad, desde la edad de las cavernas se encuentra al hombre a la defensiva: mazas, hachas, cuchillos y flechas de silex. Cuanto más avanzamos en los tiempos, más advertimos que esta preocupación predominó sobre todas las demás. -Usted lo ha dicho: es una ley natural. -Los mayas no se han librado de ella, y si se tiene en cuenta la excepcional duración de su evolución puede presumirse que debieron alcanzar en el arte de protegerse un raro grado de perfección. No obstante, en semejante materia las investigaciones de un pueblo sólo pueden extenderse a procedimientos dependientes de los elementos facilitados por el país. Si los chinos inventaron la pólvora es porque encontraron en su patria azufre y salitre; si los europeos crearon los fusiles y los cañones es porque teñían hierro y carbón. Ahora bien, aquí no existe ninguna de esas materias. Por lo tanto, cabe admitir que las investigaciones de los mayas se hayan extendido a otros elementos. Sin pretender remontarme a los orígenes de esta ciencia especial, tan poco conocida todavía de nosotros, todc lo que sé de los mayas me permite afirmar que en cuestiones de ondas sus conocimientos han superado infinitamente a los nuestros. -Ahora bien, el sonido es una serie de ondas... De Armail se estremeció. Presintió una revelación, pero se le apareció todavía bajo un aspecto tan impreciso que no se atrevió a formular su pensamiento. ¿H a dicho usted que el sonido? -preguntó. -Sí, señor, el sonido. Veo que empieza usted a entrever adonde quiero ir a parar. ¿Qué es el sonido? Una especie de ondas que, al herir nuestro tímpano, le hacen vibrar con arreglo a una armonía establecida y transmiten al cerebro una impresión sonora. Pero si bien el diapasón de estas ondas accesible a nuestro cerebro es limitado, ¿sigúese de aquí que lo sea también su fuente de emisión? De Armail no se atrevía a comprender. Lapostre continuó: -Según que sean más cortas o más largas las ondas sonoras ños dan la impresión de un sonido más agudo o más grave. Pero la capacidad de vibración de nuestro tímpano se halla contenida en límites estrechos. L a extensión de una voz humana rara vez alcanza tres octavos E l registro de los sonidos perceptibles a nuestro oído no pasa de ocho. Sería una herejía creer que la extensión de emisión de las ondas sonoras tiene pr r límite aquella que puede percibir nuestro imperfecto organismo. Eso equivaldría a pretender que el espacio sideral se reduce a lo que puede abarcar nuestra vista. -Así, pues, según usted- -dijo Rolando- ¿hay ondas sonoras que nosotros no podemos percibir? -Indudablemente, y la mejor prueba es que hay algunas que nos las revela un micrófono, sin el cual no las percibiríamos. -Sea; pero un micrófono no hace más que amplificar; no transpone. -Exacto; pero lo mismo amplifica las ondas que nos son perceptibles que las que no lo son. ¿Adonde quiere usted ir a parar? -Paciencia. E n cuestión de ondas no basta que algunas demasiado largas o demasiado cortas sean inferiores o superiores a nuestra capacidad de audición para que no ejerzan ningún efecto sobre nuestro organismo. ¿Cómo así, puesto que nos son imperceptibles? -Eso no es una razón. Tenemos el ejemplo de las ondas luminosas. Su gama, perceptible a nuestros ojos, se extiende del rojo al violeta, pasando por el anaranjado, el amarillo, el verde y el azul. He dicho gama y esta es la palabra adecuada, puesto que cada color corresponde a un número determinado de vibraciones, siendo las más largas las del rojo, las más breves las del violeta, exactamente igual que las del diapasón. Pero más acá del rojo y más allá del violeta se extiende su registro, puesto que otros órganos, más sutiles que los nuestros, las han registrado. TRADUCCIÓN DE MANUEL FUMAREGA) 62 Becquerel ha hecho visible el infrarrojo utilizando un espectroscopio de pantalla fluorescente. Basta superponer una lámina de uranio al tubo colimador de un prisma de Bunsen para revelar el espectro del ultravioleta. Por lo tanto, los colores se continúan más allá de nuestros sentidos, y los que nos son invisibles distan mucho de ejercer sobre ellos un efecto menor, sino todo lo contrario. No le digo nada nuevo recordándole las dermitis incurables que engendran los rayos ultravioletas. Si así ocurre con los colores, ¿por qué no ha de suceder lo mismo con los sonidos? ¿Atribuirá usted entonces al sonido de esta noche... ¿El desorden mental de Artícola y el brusco silencio de los fusiles? Sin duda alguna, recuerde usted, a pesar de la distancia, el efecto que nos produjo a nosotros. Aquella invencible perturbación, aquella vibración insoportable que nos hizo castañetear los dientes. ¿Qué no podrán provocar esas ondas en un radio corto de emisión? Artícola es un ejemplo de ello. Y así y todo tuvo la presencia de espíritu suficiente para protegerse la cabeza con el triple espesor de una manta. Su breve aplicación bastó para provocar en él una conmoción cerebral muy parecida y mucho más durable al punch de boxeo que toca la punta de la barbilla. Advierta usted que no me refiero aquí nada más que a las ondas audibles y no al paroxismo de las que el oído deja de percibir. ¿Qué poder atribuye usted entonces a éstas? -i Incalculable! Una aplicación prolongada debe poder engendrar la demencia incurable e incluso la muerte pof hemorragia cerebral. Rolando se estremeció: ¿La demencia... Entonces, Heriberto Rocklane... Entonces esos locos que vio Artícola bajo el toldo de aquellas carretas que se dirigían hacia el Benque Viejo... Esta vez fué Lapostre el que saltó. -Es verdad; me hace usted pensar en ello... Espere; ¿no me había usted dicho que el día en que desapareció el señor Rocklane los chicleros de la escolta habían oído... U n mugido lejano. Me lo dijo miss Rocklane. ¡El sonido! ¡El sonido le ha vuelto loco! ¡Diablo! Ahora se encadena todo y resulta que nos hemos equivocado al sospechar de ese bribón de Irmaos. ¿Pretenderá usted absolverlo? -No lo quiera Dios. Su traición de ayer basta. Pero esté usted seguro de que tanto su desaparición como la de nuestros amigos no es obra suya, o, por lo menos, no lo es como él la había concebido. Se ¡ha producido una intervención, de la que tanto él como ellos fueron víctimas. Ahora comparte su suerte. L a voz de Rolando se alteró: -L a demencia, ¿verdad? -Forzosamente, no. Si pudiendo hacerlo los que les han atacado no les han matado, es porque tenían ciertas razones para cogerles vivos. ¿Para qué les hubieran vuelto locos sino para abandonarlos, como hicieron con Rocklane y los demás? -Tendré valor; dígame todo lo que usted piensa, señor L a postre. -L o mismo que usted, yo me veo reducido a las conjeturas. Unos seres que disponen del noder temible de ese instrumento desconocido han debido ser atraídos hacia el campamento. Recuerde usted que la víspera usted mismo disparó contra un, felino y que los mestizos ametrallaron también a los vampiros. Las detonaciones debieron llamar la atención de esos adversarios misteriosos. Recorrerían el bosque y las descargas del día siguiente orientarían sus pesquisas. Entonces habrán intervenido, limitándose a paralizar a los combatientes con el efecto de ese sonido criminal. Después los capturarían y se los llevarían. ¿Adonde y por qué? Eso es lo que ignoro. ¡Pero que lo hemos de saber! -exclamó Rolando con furiosa decisión. Ambos se sumieron en sus reflexiones. ¿Y qué sabe usted del órgano emisor? -añadió De Armail. ¿Se acuerda usted- -dijo Lapostre- -de aquel bajorrelieve de Tikal. en el que. un maya tocaba un extraño instrumento. ¿Una especie de enorme contrabajo, cuya caja sonora hubiera sido reemplazada por una serie de calabazas? -E l mismo. ¿Observó usted la actitud de los dos personajes que sufren el sonido? -Entonces ¿será eso? -murmuró Rolando, atónito. -Recuerde usted su expresión de sufrimiento, sus miembros convulsos, sus armas en tierra... ¡Espere! -dijo Rolando jadeante- Y o he visto eso. en otro sitio... -Acuérdese. 2 (Se (PROPIEDAD D E TJA C A S A E D I T O R I A L M AGUILAR) continuará.