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PO ANDRE A R M A I O Y ferible que pasemos desapercibidos. A h o r a bien; en este lago un cayuco se verá desde dos leguas. S i n contar con que, si partimos, ignoramos cuándo volveremos, y necesitaremos llevar v i veres. Rolando se retorció de impotencia. ¿E s p e r a r? ¿O t r o retraso? Lapostre le cogió una mano. -Pobre amigo mío- -le dijo- le comprendo y sufro con usted. Pero nuestra vida, sólo a nosotros nos pertenece. Para vencer hemos de saber esperar y preparar. Recuerde usted las lecciones de la guerra. A h! ¡S i sólo se tratara de batirnos! -dijo Rolando. -Se trata de engañar. N o tenemos que luchar con adversarios ordinarios, puede usted creerme. S i n resignarse, D e A r m a i l hubo de rendirse, sin embargo, a las razones del anciano. Pero para substraer el precioso cayuco a todo riesgo, convinieron en llevárselo lo m á s cerca posible de su refugio de l a noche precedente. Se embarcaron los tres y, bordeando despacio la orilla, lo llevaron a proximidad de la senda. Una vez llegados allí le vararon entre las cañas, trasladaron a él la carga de los mulos y esperaron febrilmente el retorno de la noche. 1 (CONTINUACIÓN) Durante un breve Instante, bajo el sol oblicuo, se esbozó el espejismo. Pero sólo fué una fugaz aparición, que se diluyó en seguida en el horizonte líquido. L a superficie, del lago, nacarada por la mañana, se extendía sin un pliegue. L a s cañas se agitaron, oyóse un murmullo de alas y los flamencos se- elevaron como llamas sonrosadas. Cuando el cielo hubo borrado ¿su vuelo, todo se t o r n ó silencioso, inerte. -H a b r á que bordear el lago- -dijo Rolando. Lapostre meneó la cabeza. -L o que necesitaríamos es una lancha- -dijo. ¿I n s i s t e usted en creer que se trata de una isla? -M á s que nunca. Siempre que han podido, los ma 3 as han construido sus ciudades en islas. ¿L o s mayas... De A r m a i l se encogió levemente de hombros; pero no se puso a discutir las hipótesis del sabio. Ahora tenía otras sospechas. -Lancha no tenemos ninguna- -dijo- y no hay que pensai en construir una balsa. Tendríamos que sacrificar mucho tiempo, y eso no puedo admitirlo. Y a hace treinta horas que han desaparecido nuestros compañeros. Artícola, que desde hacia un instante sondeaba las orillas con la vista, le pidió sus gemelos a Rolando. Los apuntó hacia la orilla del Oeste y dijo: -S i lo que hace falta es una lancha, me parece que ya está solucionado. Y le tendió los gemelos a Rolando. -A unos tres kilómetros, en la cueva de aquella laguna. ¡Bondad divina! -exclamó Rolando- S i fuera... N o terminó. ¡E s t á vacía! -añadió. -Tal vez no sea ücsoe hace mucho- -elijo Lapostre, sacando SU -bolas de chicle- S i n duda nos buscan- -añadió. ¿Q u i é n e s? -p r e g u n t ó Rolando. -Ño nuestros compañeros, a buen seguro. Los otros... Cómo pueden, saber nuestra presencia en el bosque? -Los mestizos pueden habérsela revelado... si es que pueden hablar. -H a b r í a n abordado aquí. -A no ser que se dispongan a envolvernos. Los tres vacilaban, no sobre el peligro a correr, sino sobre la decisión a adoptar. -N o importa- -zanjó Rolando- Y o quiero saber, cueste lo que cueste. Me llegaré hasta esa lancha. -No- -cVjo Artícola con firmeza- I r é yo. Y busco la mirada de Rolando. L l sabio intervino: -Amigos míos- -les dijo- sí el peligro que les amenaza es el que yo me temo, es mejor que le afrontemos los tres. S i como pudiera, ser, los que ocupaban ese cayuco no han vuelto al bosque sino para, cazar, también es mejor que sigamos juntos para afrontar su encuentro. De todos modos, adonde ustedes vayan iré yo. E l anciano había dicho esto con la serena firmeza de las decisiones inflexibles. De A r m a i l emocionado, no se e n g a ñ ó -Gracias, amigo mío- -dijo- E n marcha. Pero Lapostre exigió se pusieran primero de acuerdo sobre las medidas a adoptar para no avanzar sino con los oídos herméticamente tapados. A s í lo hicieron. Y se deslizaron por entre las cañas con el arma dispuesta, y deteniéndose de vez. en cuando para escuchar o mirar. Pero estas diversas precauciones resultaron superfluas. Nacía se movió, ni en el bosque ni en las orillas. A l cabo de una hora llega. ron a la laguna: E n ella se hallaba varada la lancha. E r a un cayuco de corteza de árbol, semejante a los de la isla Topoxtle, pero de confección recentísima. H a b í a sido sacado a la orilla, y a su lado se encontraban los remos. Dentro de la embarcación había dos mantas de lana de colores, liadas en una bola. Lapostre las desplegó. -Son zarapes- -dijo. -Entonces serán indios los que ocupan la lancha- -elijo ÍRolando. E l anciano sabio meneó la cabeza con una viva contrariedad. Parecía decepcionado. Pero De A r m a i l no se detuvo a- preguntarle la causa. -Indios o no- -dijo- necesitábamos una lancha: aquí la tenemos. Y se inclinó para empujar la embarcación hacia el agua. Lapostre quiere usted suicidarse, joven, vo conozco otros medios- S i le detuvo: m á s expeditivos. Sí, por el contrario, lo que quiere hacer es salvar a nuestros compañeros, debería usted pensar que es prer i t Pasaron un día triste, invirtiéndolo en pasear sus gemelo; en todas direcciones. Nada se movió, ni en el lago ni por cnCre. el bosque. Hasta l a laguna de donde habían sacado al cayuco permaneció desierta. Tom, a pesar de hallarse muy atento, no motivó ninguna alarma. Cuando los sonrosados flamencos volvieron a su refugio nocturno, el espejismo emergió de nuevo del seno de las aguas para desaparecer con el último destello del sol. A l fin, la noche invadió el cénit, lo cual fué para. Rolando un gran alivio. Sacaron la lancha al agua y enarbolaron los remos. -A l Norte, siempre al. Norte- -recomendó Laposbre- yo l e s- g u i a r é con la brújula. H a c i a la izquierda encendióse una hoguera, que reflejó su claridad en el agua tranquila. -E s en la orilla de la laguna. Y a han vuelto- -dijo Lapostre. -i Será una seña! -preguntó Artícola. -M á s bien será una. hoguera de campamento- -opinó De A r mail- A l rio encontrar su canoa h a b r á n acampado allí. -Y por otra parte- -dijo Lapostre- si la otra orilla es i n visible la señal no podría ser vista. De A r m a i l y Artícola se pusieron a hendir el agua con toda su energía. E l ligero cayuco se deslizó. Sin ningún nuevo incidente prosiguieron su monótona tarea. L a obscuridad había borrado los contornos del lago. Navegaban a la ventura, sin atreverse a proyectar la luz de las linternas eléctricas por temor a revelar su presencia. L a luna elevó en el horizonte su estrecho segmento, que se reflejó en la superficie tranquila, a la que la proa del- cayuco hinchaba con suaves ondulaciones. Nada se interponía entre ella y el agua. -Esto es m á s que un lago- -dijo Rolando a media voz, enjugándose la sudorosa frente- A la marcha que llevamos debemos recorrer nuestras siete millas por hora, y ya hace dos horas que estamos remando. ¿Q u é dimensiones le da su mapa? -N o puede uno fiarse- -dijo Lapostre- Solamente menciona un lago. U n a bruma ligera, producida por la condensación nocturna, tendió su capa algodonosa a ras del lago. ¡Bueno! -gruñó Rolando- A h o r a se mezcla la niebla. Y se puso a remar con tenacidad. Artícola le imitó, sin decir palabra. L a proa del cayuco reanudó su límpida melopea. De pronto Lapostre s u s u r r ó ¡Alto! Los otros dos se inmovilizaron el palpitante corazón. Tutu, con las patas en el borde de la lancha, olfateó el aire y gruñó. ¡Chits! -dijo Rolando- Cállate, viejo carilavada. Dócilmente, el perro metió la cabeza bajo la mano de su amo; pero enderezó las orejas. ¿Q u é ha oído u s t e d? -m u r m u r ó Rolando. -N a d a- -s u s u r r ó Lapostre- pero he visto. Los dos hombres siguieron l a dirección de su brazo, tendido hacia el horizonte. E n el cielo de terciopelo, añil, al que los astros acribillaban como una salva de plomo, recortábase la silueta de un vasto t r i á n g u l o opaco sobre la capa de bruma (Se 65 0 ilOPIEDAD DS 1 1 CASA ED 3 TOKJAL M. AGT ¡ILA. r continuará. ITwVUtJCClOS DE MAXUKL PUMAKiMA)