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Informaciones y reportajes. ¿Por qué oo Teranea playas Je u s t e d en Madrid? las eliciosas La playa del Manzanares, cerca del puente de losFranceses. Después de comer, a orillas del Jar ama. se es- cucha la música del gramófono. N o Iiaga usted demasiado caso de és- js anuncios a una plana en ios que, con el aliciente de unos sugestivos dibujos o unas bellas fotografías, se le invita a pasar sus vacaciones en playas lujosas, con golf y tennis, carreras de caballos, grandes Casinos y clima inmejorable. A lo mejor va usted allí y se encuentra con que ni hay golf, ni tennis, ni carreras de caballos; con que los grandes Casinos no son otra cosa que vulgares cafés, en los que tomar un cock- ta- il cuesta un ojo de la cara, y con que lo del clima inmejorable lo dicen porque, en efecto, no se puede mejorar, ya que hace allí un frío inalterable y respetable que obliga a salir por las noches con abrigo y todo. Podría decirle también que en esas playas tendrá usted que sufrir l a poco grata compañía de unos bichitos llamados pulgas y de otros bichitos llamados mosquitos. Pero no se lo digo, para que no se crea que aquí se va a iniciar una campaña en toda regla contra las playas de postín. Usted me lee a mí, y si después quiere irse a una de esas playas, ¡allá usted! Y o en fin de cuentas, me lavo las manos. Pero... no debía fiarse de esos anuncios. H á g a m e caso a mí. L e a estas líneas. Aquí se dice la verdad. ¡V e r a n e e usted en M a d r i d! N o se ría, no. L e estoy hablando completamente en serio. ¿S e le ha ocurrido alguna vez meditar sobre las excelencias y las ventajas que le ofrece un veraneo en M a d r i d Aquí tenemos playas. L e repito que no se r í a Son playas de río, pero para el caso es igual. E s decir, mejor. Porque si se baña usted en el Manzanares, no hay peligro de que se ahogue, ni de que lo arrastre la corriente, ni de que se lo coman los tiburones, como en las playas de verdad... ¡A h! ¡Veo que empieza usted a hacerme caso... E l Manzanares, querido señor, es lo más parecido que hay a una playa ideal. Baje usted un domingo, por la mañana o por la tarde. V e r á qué animación. Aunque todavía no ha llegado el fuerte de l a temporada, presenta ya un aspecto. magnífico. Los ba- ñistas han tomado posesión de sus aguas claras y limpias, tan claras y t a n limpias como no las encontrará en ninguna otra parte. L e e x t r a ñ a r á tal vez, encontrar allí tanta gente, porque usted no podía nunca figurarse que el. Manzanares fuera una playa de moda. Pero es así, señor. Y una playa que se sale de lo corriente. No hay toldos, ni casetas. Los que quieren librarse de los rayos del sol van provistos de sombrillas y paraguas, o. si son como si dijéramos veraneantes bien se llevan una sábana, y con ella y cuatro palos queda resuelto el problema. N o hay tampoco un criterio uniforme respecto al traje de b a ñ o que debe usar cada cual. A q u í las modas no tienen nada que hacer. E n c o n t r a r á usted trajes de todas clases, desde el maillot a la camisa de dormir, y desde el traje azul de mecánico hasta el del que se baña con las prendas m á s íntimas y se ahorra de este modo la lavandera, sin olvidar a los pequeños, que entran en el agua con el vestido de que les dotó m a m á Naturaleza. Incluso hay entre las mujeres muchas que se bañan con el mismo traje que llevan por la calle. Luego se secan tranquilamente al sol y quedan como nuevas.