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L V u e l t a cic i s f a a Francia. El pelotón de corred or e s procesionalmpnte enjaulados en el puente de Saint Audré de Culzac. cuidado únicamente, la simple labor de ir. llenando con nombres de routiers frescos los espacios en blanco que a este efecto dejaría la multicopista. L o s franceses se sienten más originales escribiendo directamente a pluma o a máquina los mismos tópicos de sus predecesores. N o son otra cosa que gentes peor organizadas. E n E l H a v r e las gabarras con. tiestos que vienen por el Sena desde París. L a s gabarras con tiestos y los grandes buques que se disponen a. zarpar para Nueva Y o r k E n Brest, barcos grises de guerra, empavesados al sol de ropa blanca: y marineros de pompón, rojo y de cuello azu! E l beso de la belleza de Les- Sables d Olonne al vencedor de la etapa. L o s pastores en zancos de L a s Landas, y los pinos y las serrerías. Costa de Plata, apenas vislumbrada, apenas sentida- -con sus rizos de mar, y sus maillots, y sus sombri Iones, y sus rocas con barandillas de hierro- -desde, el café Farnié, de Bayona. L a Luchón cristalina y luminosa que sentía Rostand dentro (versos dé Rostand i m prescindibles) Moles graníticas de los Pirineos, con todo lo que se. quiera de bearneses y de carros de bueyes. E l sol y las cigarras del país de M i s t r a l y el molino de Daudet. N i z a y el Sospel, con sus grandes ¡hoteles, sus trajes blancos, sus italianos con rizos de azabache y su aire bananero. L o s A l p e s rebaños, apriscos, casas con losas en- los tejados y frío. ¡Hasta París! D e nuevo la Vuelta ciclista a Francia. Cinco m i l kilómetros en veintisiete días. Poco más o menos, veinticinco veces s ¿ha hecho lo mismo. Se ha salido de París hacia el Atlántico para perfilar la costa Oeste; luego, los pinares de Las Landas; el P i r i neo, con sus grandes picos y sus rutas sembradas de silex; los desiertos de la Camargue salvaje, el Mediterráneo (cactus y palmeras) los A l p e s y Paname París tic nuevo, con su pisapapeles de la torre Eiffel. Salen cien hombres y la mayor parte de ellos van abandonando la promoción por el pammo. Llegan los elegidos, los preparados para el dolor y para la fatiga, los que no piensan en uada. sino en seguir, los de mandíbula enérgica y piernas y corazón de acero. L a labor no es de almíbar. Hay que l u char vm día y otro en la carretera, que se retuerce, que se endereza, que muerde, que se tira a un barranco. H a y que luchar con el hambre y con la sed, con el. calor y con el frío. H a y que luchar con la comitiva de la carrera, llena de explosiones y de klaxon, amenazante con sus aletas y con sus ruedas, que trepida cerca siempre de las bicicletas frágiles entre nubes de polvo. U n breve descanso en cada etapa. Allí, el masaje, la cura de grandes heridas rojas, la caricia del baño, el fresco- -tejido en telares; -del pijama, las postales a la mujer y al hijo, lo que dice la Prensa, el vaso de cerveza en la terraza del caf é del C o mercio. N Q es un trabajo dulce, pero tampoco debe exagerarse demasiado. H e n r i Peiissier arrojó un día su máquina contra la cuneta y dije -j Oficio de perros! N o sigo. H e n r i Peiissier nunca ha tenido un carácter confortable. L o s detractores de la prueba han insistido, un año y otro, en dotarla de criminalidad. Se ha hablado de trabajos forzados y de explotación de un lote de pobres hombres simples, hambrientos de gloria. Se ha dicho que la Vuelta a Francia es salvaje- mente inhumana. Demasiada literatura en todo esto. E n la cuenta de cada corredor van acumulándose muchos kilómetros de batalla, la cabeza entre el manillar, la fiíástica de sus piernas en pleno esfuerzo, cuando el hombre huele la cinta blanca y los gendarmes y la m u chedumbre de la meta... Pero también se acumulan muchos cientos y cientos de k i lómetros llenos de paz de paseo, medio dormido sobre la máquina, porque e! canto de los grillos le rodea de siesta. N o llegan a París; los que llegan, absolutamente vacíos de ímpetu, como se dice. N o llegan exprimidos como un limón que ha dado ya toda su sangre vegetal en las terrazas de los bulevares. Ellos siguen v i viendo y siguen corriendo: -ya vestidos de seda- -en las palanganas de los velódromos. Alegremente. S i la V u e l t a a F r a n c i a fuera organizada por los americanos, los americanos ofrecerían todos los años, antes de la carrera, la serie completa de las crónicas que pueden escribirse. L o s seguidores así, seguirían la prueba desde sus butacas de siempre. A su
 // Cambio Nodo4-Sevilla