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D EMO POR AÑORE ARMANDY (CONTINUACIÓN) -No, no es eso: hechos, argumentos. Tranquilíceme, usted que lia sido mi segundo padre. Reanime a su Itza, que tiembla de duda, i Tendré que caer desde tanta altura? I- a causa, Itza! ¡No piense más que en la causa! -En ella pienso. No pienso más que en ella. El cacique fijó en ella su mirada fría. -Piense también en su padre. Ella se estremeció y murmuró en voz más baja, recobrada ya: -Y a pienso. -En su madre, asesinada; en los nuestros, torturados; en las exacciones que desde hace cuatro siglos han pesado sobre un pueblo. Ella vibró: -Y a pienso. -En lo que podemos. En el porvenir que se abre. -Y a pienso. Ella 1 c miró, radiante, esperando otra cosa. ¡Siga hablando! ¿Qué más precisa usted? Ella se irritó, impaciente de espera, ebria de la- esperanza de j robar. -Por mi parte basta... Pero ¿y ellos... Hable para ellos, Ceboruco. Combátalos. Convénzalos. L a boca del cacique tuvo una mueca cruel. ¿Para qué conquitar a aquellos de quienes no se temé nada? Hallándose aquí, estos dos hombres ya no existen. Ella le miró con unos ojos en los que renacía la duda. ¿Es usted el que habla así, Ceboruco? ¿No me ha dicho usted que el derecho era el arma que conquistaría el mundo? -E l derecho del más fuerte, sí... Y nosotros somos hoy los más fuertes. -Pero ¿y las lecciones que usted me ha dado? -Había que saberlas para repetirlas mejor. -Pero eso es mentir a los nuestros. -Itza, es usted joven; hay que mentir a los hombres. Los de allá crucificaron a un hombre cuyo único crimen consistía en haber dicho siempre la verdad. Cuando se quiere reinar hay que disfrazar el pensamiento, no presentarlo a la muchedumbre sino bajó formas que lo exalten, saciar a los hombres de ideal si se les quiere conducir. Ella le escuchaba con la boca abierta de espanto. E l cacique prosiguió, insidioso: -Es preciso eso; pero solamente hasta el día en que pueda irse más allá. Hoy podemos hacerlo porque somos la fuerza, y cuando se es ésto los humanos no necesitan otro ideal, porque éste los realiza todos. Artícola avanzó hacia el sacerdote sin poder contenerse. -Mírele- úíjo dirigiéndose a Itza- Mírele y reconózcale. Ahí tiene usted ele lo que, está formada el alma de un conductor da hombres: de un orgullo insensato, de un desprecio por los hombres, de una doblez sin límites y de un solo culto: el de esa iniquidad que se llama la Fuerza. Itza se asió al cacique. Artícola prosiguió: ¿Esperaba usted argumentos? E l no ha dicho más que argucias. ¿Le hablaba usted de razón? E l le responde con sofismas. Ape aba usted a su corazón y es su cerebro lo que le responde. Usted veía en él un apóstol, y sólo es un megalómano. Usted soñaba con la felicidad de un pueblo. E l sólo entreveía su reinado. ¿Y lo ha sacrificado usted todo a las monstruosas aspiraciones de este hombre? ¡Pobre hermana mía en quimeras, a la que tanto me he parecido yo! ¡Qué bien, la comprendo... y, cómo la compadezco! Ceboruco tuvo una sonrisa llena de hiél. ¿Debo recordarle, itza, que si los nuestros se enteraran de la presencia de estos extranjeros quedaría destruida la influencia adquirida? Cuando usted reconoció el animal que perturbó el oficio sagrado yo tuve la debilidad de acceder, a petición suya, a su deseo de substraer a uno de esos intrusos al justo castigo a que se habían hecho acreedores. ¿Necesitaré decirle que esto no podía ser más que un aplazamiento? ¿Qué quiere usted decir? ¿Pensará usted... -Este retraso les extraña a los nuestros. ¡Padre... ¿Exigirá usted... -Nuestra causa depende dé ello. Ella retrocedió, considerando al sacerdote con una especie de odio. -Pues bien, no- -exclamó, vibrante de emoción- N o esa razón que, sin embargo, me parece sagrada, no podría justificar semejante crimen. Y a es bastante que por obedecerle haya accedido una vez a hacerle su víctima. Cuando una causa exige tales iniquidades, su destino no puede ser grande. -E l sacerdote avanzó hacia ella. ¡Itza... Me parece que deli i usted, o bien. 1 Ella se defendió de sus ojos como de un sortilegio. -No; no me ha convencido usted. Me he lanzado hacia usted como hacia un oráculo, y no me ha dicho usted naSa de lo que yo esperaba. Sus palabras no han respetado nada de lo que ha sugerido este hombre. Mírelo; él triunfa y usted no dice nada. Por favor, padre, devuélvame la confianza... E l sacerdote hizo un gesto de impaciencia. ¿Sabe usted que el hombre de que habla suprimió ayer a dos de los nuestros? ¿Por qué nos atacaron? -replicó Artícola. ¿Con qué derecho se han introducido ustedes aquí i ¿Con qué derecho ha secuestrado usted a nuestros compañeros? Ceboruco no se dignó contestar. ¡Itza -exclamó- la intimo a usted a obedecer! Y añadió en su dialecto una frase rápida. L a joven se sublevó. ¡Eso seria monstruoso! Nunca lo consentiré. ¡Itza... Olvida usted... Ella se ii- guió con extraña altivez. -Es usted el que olvida, Ceboruco. Yo soy la hija de Comitlan, el verdadero, el único jefe legítimo. Sólo yo tengo derecho a mandar aquí. ¿Es necesario que se lo recuerde? E l sacerdote se estremeció. Luego tuvo una Sonrisa perversa y se inclinó profundamente. -Es verdad. ¿Qué ordena usted, a su servidor? -En primer lugar, contésteme: ¿cuántos. prisioneros trajo usted a la isla? -Diecisiete. ¿Qué ha sido de ellos? -Cinco viven todavía. Rolando se lanzó hacia el sacerdote. Itza se interpuso. ¿Y los otros? -Ejecutados. ¿Por qué? Ceboruco se inclinó de nuevo. -Ignoraba que su interés pudiera extenderse a los que llevan sangre española. ¿Debo tenerlo en cuenta en lo sucesivo? Itza tuvo un violento sobresalto. Contra esos su odio no podía abdicar. ¡No! -exclamó sordamente. Artícola bajó la cabeza; E n cuanto a Rolando no pensó en defender a los mestizos de que había sido cómplice el renegado. -i En dónde están los supervivientes? -preguntó de nuevo Itza. -En la cripta del templo. -Tráigalos aquí. Ceboruco objetó dulzonamente: -Pudiera ser que se resistieran todavía de los medios de captura que tuvieron que emplear nuestros hombres. Sería preferible que se trasladaran ustedes adonde están. Esta respuesta, llena de reticencias, hizo renacer la angustia de Kolando. -Apresurémonos- -le dijo a Itza- si es quq todavía tiene usted alguna piedad. ¡Pronto! -dijo Artícola. iY, apoderándose de Ceboruco, sacó su browníng. -Supongo- -añadió) -rque conocerá usted los efectos de este otro instrumento de pacificación. Es menos potente que el suyo, pero su acción es inmediata e irremediable. A l menor sonido sospechoso, a la menor apariencia de sorpresa o de traición le envío a usted a unirse con sus amables precursores. ¿Ha comprendido? Ceboruco le lanzó por toda respuesta una mirada venenosa. Luego les precedió bajo la escolta inmediata del instrumento de pacificación Franqueada la puerta de bronce, sintió en los hombros una frescura de cueva. Artícola hizo circular por las paredes los rayos de su 3i nterna. E l corredor penetraba bajo tierra en suave pendiente. En sus paredes se veían figuras v ornamentos del mismo estilo que los. de las ruinas ya vistas, juntándose por arriba en arco quebrado. Los mayas parecen haber olvidado en su arquitectura la bóveda, la ojiva y el cimborrio. ¿Adonde nos conduce usted? -preguntó Artícola. -Debajo del Teocalli. Un dédalo de estrechos corredores se entrecruzaban bajo la maciza pirámide. Ceboruco se encaminó por ellos como hombre familiarizado con el lugar. De pronto Artícola detuvo al guía y a su- escolta. Escuchen! (Se continuará. ¿PROPIEDAD DE LA CASA EDITORIAL 1 C. ÁGUILAS; CTRADUCCION DE MANUEL PUMAREGA) 73