Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
CUENTOS DE HUMOR E pelaje negro, ojos grandes, trotón, con dientes enormes, entusiasta de los mendrugos de pan... Este era, no el borrtquillo. sino el niño mayor de la viuda de Azul, que estaba de veraneo en V i Hacampanita de las Vacas. Niño decimos... y ya no era tan niño. Estaba en la edad de la transición. Tanto, que la señora de don Pablo Amarillo esperaba que se acabase de hacer la metamorfosis y diera fin de los cachos de pan que llevaba en los bolsillos, por ver si era posible emparejarle con su Teresa, por esa razón, que es verdaderamente poderosa, del ocio Vecino estival. De pelaje rojinegro- -no negro, como antes- ojos grandes, trotón, con dientes enormes, entusiasta de los mendrugos de pan... Este, éste era el borfiquilló mejor del- pueblo: Tosudo por nombre, que corría tocando el tambor sobre las carreteras, con. sus patas peludas y sus cascos- pequeños. E n ía falda de la sierra, las casucas miseTas, con puertas de agacharse y sin ventanas, se aplastaban unas contra otras y contra el suelo, y en la madrugada lanzaban sus siete columnas de humo lento, impotente a la mitad de la ascensión. Y en una toma de al ¡lado, suave y apacible, se esparcían, salteadas, siete casitas veraniegas, como de construcción y mal pegadas, cada una con sus guardias alrededor: cuatro arbolitos con aspecto de hambrientos de. su propia fruta, que se encogía antes de madurar. Gomo las siete columnas de humo de los pueblerinos, las notas de los siete. gramófonos. Era una colonia mezquina llena de gramófonos y de pantalones amarillentos, encogidos al lavarlos. Se organiza, la primera excursión montada; mil recados alegres enlazan con toda cordialidad los siete hbtelitos. Sólo el ador nar los sombreros paveros; ha conseguido una jugosa Y divertida intimidad de todos: los señores de Morado, los de Verdes, Amalia Gris, que, es la soltera decidida y hombruna: los de don Antonio Blanco... ¡Todos! Ernesto Azul, el hijo de la viuda, como es el más brutote, i ¡a escogido Un- borrico D EL MEJOR BORRIQUITO fuerte: el Tonudo. Y de nada sirve que la señora de Amarillo trate de mimar a la pareja del chico y su hija con Una sola sonrisa que los sostenga juntos, Ernesto airea los tacones para pegar fuerte al jumento, y con la vara le hace un enrejado de señales de polvo en la nalga. Y allá va corriendo... Entre tatito, los demás comienzan la cuesta, completándose eri cada silueta la cabeza cansina del burro con la joroba pacienzuda del jinete o. amazona. Nada de emparejarse para charlar; los borricos se niegan, con el mismo instinto natural de las orugas procesionarias. ¡Ay, qué burro más pelma y más cabezota! -Este, éste sí que es antipático... -se dicen en voces de angustia. Pero Ernestito Azul, el chicarrón, un poco generalote medio en broma, medio en serio, corre, deshace lo andado porque le sobra, borda el camino, trota y vuelve sonriente, frena rápido, empolva el sendero de modo que lo hace. irrespirable, y grita hablando solo, como jugando con él mismo: ¡E l mío, el mió sí que. es el mejor... ¡Vaya caballo de guerra... Ahora voy a tomar aquel pico y añil les esperaré, o bajaré a decirles si hay nubes al otro lado. Y pasa a la verita de Teresa sin hacerla caso, y la madre de la niña tiene en silencio, ü n g e s t o de. asco, ira y lástima para el muchacho... audaz Todos se desesperan; pinchan a sus bu. rros con la punta de la vara; se consideran humillados y se aburren. Y a no se hablan apenas. Les va saliendo el divieso del mal humor en el semblante... Y los asnos siguen avanzando mal, temiendo, por el peso del aburrimiento tjue. llevan encima, quebrar las patitas flacas cada vez que las levantan. Sin embargo, ya hay otra persona feliz en la excursión... ¿Pues no, resulta ahora que á la madre- -la madre tenía que ser- -se la cae la baba viendo a su hijo el general? Anda, ganso! -le dice de pasada una de las veces que el chico adelanta; la. fila, pegándoles trompicones a todos por esa fuerza de cohesión que. tienen los burros. Y luego añade para los que la quieran oír, que no es ninguno: -Es valiente; pero a veces yo creo que demasiado... Hoy se ha empeñado en ir delante, y no hay quien le aventaje. ¡Qué muchacho! ¡Es Una centella... A pesar de lo cual, don Antonio Blanco, don Pablo Amarillo y los señorones de la excursión, con sombrillas claras y piernas colgadas, se sentían quisquillosos como niños, y también ellos exclamaban alguna vez con rabia, aunque con tono muy señor: -Bueno, Ernestos yo creo que ya es bastante correr. Me parece que debes esperar a ir con todos juntos, a que lleguemos, -al mismo tiempo todos, ea... Pero, ¡ca! el muchacho volvía a airear los tacones para atizar con ímpetu a Tozudo, qué volvía a tamborear sus cascos pequeñajos sobre los caminos. Y lo que debiera ser orgullo o vanidad del jumento, era vanidad, del niño y de la viuda. Y a se va marcando, cerca de la meta, el mal deseo de todos. Nadie le contesta, nadie le mira, nadie quiere admirar sus proezas; sólo la madre, y ya las hermanas, que han de compensar aquel desvío. Y hasta lanzan, con un tonillo de ironía, sin disimulo, este grito de guerra: ¡T ú el primero! ¡Muy bien... E l almuerzo en la pradera, con una pierna encogida y otra estirada, o encogiendo ésta y estirando la otra, o con las dos enco das y al ratito con las dos. estiradas, con servilleta Uefta de fierra y los pedazos de tortilla llenos de hormigas, fué, además, violento. Un movimiento recíproco y simultáneo apartó de los demás a la viuda y sus hijos, o de éstos a los Otros. No a mucha distancia, claro está. Cuanto sé. di- era, lo oirían todos. Por eso, fué el silencio el dominante. Y después de comer, el silencio de todos, de panza al cielo. A la vuelta, cuesta; abajo, otra vez amenazan quebrarse las patitas de los asnos cansinos. Y a pueden hablar bajo, porque se ha conseguido que los huiros formen dos. grupos. Nadie piensa en Tozuda, como culpable. f