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P- O R J S C A P I T U L O PRIMERO, Daniel, el Gomoso A lo largo de las rocas de Folkestone, por detrás del famoso paseo conocido con el nombre de Los Prados, corre una fila de hoteles y posadas cuyos moradores, en los días despejados, pueden asomarse literalmente a Francia desde Inglaterra. L a costa francesa no se halla sino a unas veinte millas de distancia. Durante el día sus promontorios se divisan claramente y por la noche las linternas de sus faros rafaguean saludando a través del Canal. E s un lugar muy agradable para pasar un día de asueto, pues en tiempo bonancible está inundado de sol y su clima es dulce y confortante. Su proximidad al continente tiene un secreto atractivo que arrastra siempre abundancia de visitantes a los hoteles situados por cima de su playa. E n uno de estos hoteles, la última semana de octubre de 1922, paraba, entre otros huéspedes, un joven de Londres por nombre Rolando Lawson, que había estado enfermo poco antes, pero se había repuesto de su enfermedad lo bastante para poder bajar a la playa todas las mañanas antes del almuerzo y tomar un baño en el mar. L a mañana del martes 24 de octubre salió de su hotel como de costumbre, a las siete y media, cruzó hacia el paseo que se extiende entre las casas y el borde de Los Prados y, metiéndose por uno de los tortuosos senderos que bajan hacia las rocas cubiertas de arbustos, echó a correr hacia la playa alborozadamente, con toda la alegría de un hombre que ha recobrado 1. a salud y la fuerza. Corría cantando; pero en una, vuelta del camino su canto cesó de pronto. También cesó su carrera, porque allí, frente por frente, a pocas yardas de distancia, estaba tendido un hombre de bruces, inmóvil. Y Lawson advirtió que aquel hombre estaba muerto. U n- descubrimiento de esta índole produce un efecto sobre una persona y otro efecto sobre otra. E n este caso, Lawson se quedó como una estatua, mirando de hito en hito, durante unos treinta segundos. S i alguna impresión inmediata pasó por su mente fué la de que algo se había apagado de pronto y había casi entenebrecido la esplendidez de aquella mañana tersa y soleada de otoño; Pero fué sólo una impresión vaga. L o primero que advirtió realmente fué el martilleo de su propio corazón. Y cómo si este martilleo hubiera sido un toque de tambor que le invitase a moverse, reaccionó y avanzó con cautela. Sabía que estaba ante la muerte y, sin embargo, se acercó de puntillas al cadáver, como. si lo que advertía que era la muerte fuese- tan sólo un sueño que nadie debiera perturbar. Sintió la necesidad de mirar más de cerca, de ver no sabía qué a punto fijo. E n aquel instante se acordó de que- en los veinticinco años de su vida no había visto nunca un hombre muerto. Y ya estaba casi tocando con el cadáver cuando se acercaron pasos y se oyó una v o z ¡Caramba! ¿Qué diablos es esto? Lawson se volvió rápidamente y vio a un hombre joven, des- pierio, henchido de salud, con una bata de franela vestida al desgaire, que sostenía en la mano objetos de baño y toallas y estaba ya junto a él. E n presencia de un ser tan vigorosamente vivo, L a w son volvió en sí. ¡Y o no sé! -contestó débilmente- Y o acababa de verlo. Me parece que está muerto. E l otro le echó a un lado sin ceremonias para pasar, y se inclinó sobre el cuerpo atravesado en el camino. ¿Muerto. -exclamó- Sí, yo diría que está muerto. Y está muerto hace más de una hora, me parece a mí. ¡Fíjese. Lawson miró h a c i a e l sitio adonde el otro apuntaba y vio que salía por. debajo del cuerpo y cruzaba el sendero arenisco un reguero viscoso y obscuro, de una pulgada de ancho, que iba a parar a un extenso charco- todavía más obscuro. A l ver aquello, Lawson abrió la boca con espanto y su compañero afirmó con la cabeza. -i E s evidente! -dijo con acento realista- ¡Sangre! ¡Sangre coagulada! Este hombre ha debido de pasar aquí muerto toda la noche. ¿No será un caso de suicidio? -Se inclinó todavía más sobre el cadáver y de pronto se irguió y extendió un dedo hacia un punto situado entre los omoplatos. ¡N o! j E s un asesinato! -exclamó- ¡M i r e usted aquí! L e han traspasado el corazón por detrás, y no ha sido una mano i n experta, ni mucho menos. E l crimen se ha cometido con un estoque o un estilete. Pero vamos a examinarle más detenidamente. ¡A y ú deme! Lawson se echó hacia atrás, sacudiendo la cabeza. Se le había pasado la primera impresión y su cerebro empezaba a funcionar nuevamente con su acostumbrada frialdad. -M e j o r será, no tocarle- -dijo tranquilamente- E s a es misión de la Policía, no de nosotros. Debemos dar parte en seguida. Déjele usted como está hasta que... -Bueno, por mirarle no pasa nada- -interrumpió el otro, inclinándose más todavía sobre el muerto- Desde luego, francés. D e iraniana edad. Bien vestido. ¡Y ¡fíjese en esto, mire a esa mano F L E T- C H E R extendida con un magnífico anillo de brillantes en un dedo. ¡Caracoles! Esto complica el asunto. ¿N o habrá sido u n intento de robo... ¿N o le parece a usted que en lugar de charlar tanto seria mejor que uno de nosotros fuese a buscar á la Policía? -sugirió L a w s o n- ¿V o y yo o va usted? M e atrevo a decir que usted lo haría más aprisa, porque yo acabo de salir de una enfermedad y ¡Bueno, yo iré! -exclamó e l o t r o- Seguramente habrá por aquí algún policía... Y si no, telefonearé a la jefatura. T a l vez esto sería lo mejor, y no andar a caza de un agente. ¡Voy a subir, corriendo a mi hotel. Dejó a un lado los objetos de baño y las toallas y echó a correr, sendero arriba, mientras Lawson se dispuso a esperar. Allí cerca había un asiento. Se dejó caer encima y se quedó mirando a la figura inmóvil del muerto. Pasaron cinco, diez, quince, veinte m i nutos. Por fin se oyó ruido de pasos acelerados y murmullo de voces por el camino de arriba. Lawson volvió la cabeza y vio a i compañero que volvía al frente de lo que en otra ocasión hubiera considerado como una turba curiosamente heterogénea. ¡Venían u n inspector, un sargento y dos p tres agentes, todos de uniforme; dos o tres hombres de paisano que llevaban una camilla, otros dos que instintivamente supuso eran médicos y algunos obreros que evidentemente habían seguido al pelotón de Policía por curiosidad y estaban mirando ahora a cierta distancia. Pero l a mirada de L a w son pasó de ligero sobre toda aquella gente para fijarse en otro individuo que, a juzgar por su apariencia exterior, le parecía a él que estaba muy fuera de. lugar en aquellas circunstancias. E r a un joven aparentemente de treinta años de edad, el cual, a pesar de la hora (poco niás de las ocho de la mañana) estaba cuidadosamente vestido y escrupulosamente acicalado. Evidentemente se trataba de uno de esos hombres que tienen, un cuidado exquisito en el vestir y estudian con primor todos los detalles. De primera impresión lo que v i o L a w s o n fué un traje obscuro de mezclílla, primorosamente hecho, perfectamente ajustado; un sombrero gris plata adornado con. una cinta negra, un milagro de perfección en cuello y calzado. Comprendió que estaba, ante un hombre que sabía con exactitud cómo debe vestir un caballero, y hacía gala de su ciencia. Pero la cara que se cobijaba bajo el elegante sombrero no era la de ¡un simple gomoso. Lawson se quedó mirando atentamente a ella: cuando el individuo se acercó al frente de los demás hombres, y poniéndose al lado del inspector, reparó en todos los detalles: una mandíbula, firme cortada a escuadra, -unos ojos grandes extraña- mente luminosos, emboscados bajo una frente ancha, alta. Por lo demás, la cara de aquel hombre tenía un claro tinte aceitunado que raras veces se vé en Inglaterra, y estaba tan escrupulosamente, afeitada como escrupuloso era el aderezo de toda la persona. A l minuto de haber, llegado la Policía estaba cierto Lawson de ¡que aquel era un personaje de- importancia. Verdad es que el i n s- pector fué el primero que le interrogó a él como descubridor del! hombre muerto; pero el otro individuo estaba al lado, observándole i fijamente y escuchándole con atención. Y tan pronto como los dos j médicos examinaron el cuerpo superficialmente y éste fué levantado j y colocado sobre una camilla, aquel caballero fué quien empezó a examinar la ropa. Lawson estaba a su lado y se asombraba d e l modo con que los delgados dedos de aquel extraño personaje se deslizaban de bolsillo en bolsillo por el traje del muerto, así como de los comentarios que salían entre dientes de sus labios firmes. I- -N o falta nacía de los bolsillos exteriores de la chaqueta n i de los interiores... ¡Perfectamente... Tampoco de los bolsillos del pantalón ni del bolsillo de atrás... ¡Muy bien... N o se intentó; sacar nada de ningún bolsillo... Está todo lo -que era. de esperar! que estuviese. E l reloj y la cadena (de valor) intactos en el- cha- leco... Anillos en los dedos... U n brillante en la mano izquierda; jun brillante y un zafiro. Vamos a ver este bolsillo del chaleco... M u y bien... U n pequeño tarjetero... Aquí está una tarjeta... MT Louis Auberge... Con una dirección en París. Y en este bol- sillo del chaleco un resguardo de la habitación de su hotel, intro- ¡ducido a la carrera. N. 91 A -Roya! Pavilion Hotel, Folkestone. ¡Juntamente el recibo de un paquete depositado en el comptoir. M u y bien... E l resto es... De pronto llevó aparte al inspector, cuchicheó con él unas palabras y, sin más dilación que otra mirada al muerto, bajó con pres- tez- a por el sendero hacia el camino de abajo. Y Lawson, volvién- ¡dose a un policía que estaba a su lado, le preguntó anuntando a l personaje que se alejaba: ¿Q u i é n es ése? E l p olicía sonrió, mirándole con cierta ironía: ¡E l sargento detective Daniel Perivale kLos agentes le llama- mos Daniel, el Gomoso. P, ero la ocupación del gomoso... Y se calló de pronto, pues tuvo que acudir a una señal del inspector, que estaba dirigiendo el levantamiento del cadáver. s! ¿Se. continuará,
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