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DE LA GRECIA INMORTAL L viaje a Grecia es útil porque consolida los recuerdos literarios. A l contacto del medio espiritual que las engendró, las imágenes de las cosas, en vez de flotar dispersas en nuestra memoria, recobran su posición y su parentesco con todo lo que les es afín. Una estampa de Olimpia dice poco a nuestra inteligencia; que la considera fragmentariamente; pero, si nuestros ojos pueden pasar del grabado al paisaje que lo inspiró y le ha servido de fondo, una corriente de vida restablece la unidad de lo que aparecía truncado y lo reanima. L a simple descripción del templo de Zeus, con el diseño del lugar a la vista, no sería tampoco suficiente para darnos la plenitud de emoción que ambiciona el espíritu en aquella tierra sagrada. Hay que visitar aquellas ciudades en escombros, no con la despreocupación del turista que no quiere salir del día sin haber contemplado algo que le asombre y le dé ocasión de referirlo más tarde en la tertulia de amigos, sirio con el recogimiento del creyente dispuesto a aceptar como infalible todo lo que, saliéndole al encuentro, puede robustecer su fe. Olimpia es, como toda. Grecia, un cementerio administrado por una población que parece ex- OLIMPIA Y ESPARTA viesa el i en. que parte de Patrás antes de llegar a Olimpia, son tierras pobres, con más barbecheras que sembrados. Su verdor no deslumhra. L a atmósfera es clara y ardiente, como si el étjsr se hubiera apropiado la propiedad del fuego. E l paisaje se parece un poco a Castilla, y la semejanza sería cabal si el llano griego no estuviese interrumpido por el Kronión. y un pequeño río, el Kladeos, hermano del Manzanares en caudal, no io bañase en invierno con sus crecidas. Pero esas particularidades no empatian el prestigio de Olimpia, como sede religiosa de un culto que apenas vive ya más que en la poesía y en el arte. Cuenta Pausanias- -a él hay que referirse, inevitablemente- -que llegada cierta época del año, que era el verano, la Elida destacaba sus heraldos- por toda la Grecia, anunciando las fiestas olímpicas, cuyo sentido entre divino y deportivo; respondía admirablemente a la diversidad de aficiones de aquel pueblo temeroso de los dioses y partidario de los deportes. Aquellas fiestas equivalían a una tregua de paz para, los griegos. Los pueblos en lucha deponían las armas temporalmente para no acordarse más que del culto religioso y de la emulación en la destreza. Como en todo tiempo, los E traña a su propio pasado. E l que va a- Delfos, prolonga casi siempre la excursión a Olimpia. Es indispensable, sin embargo, proponérselo en firme, porque las comunicaciones por el interior del país son lentas y detestables. Se baja de Delfos a Itea y se continúa por el golfo de Corinto hasta Pairas, que es un puerto de los más sucios que he visto. L a exportación de pasas, que lia enriquecido a mucha gente, no ha contribuido a la decencia ni al. ornato de la ciudad. Y o pasé allí unas horas, vacilando entre permanecer o marcharme a Mi zzolongíii, que está enfrente, vagamente atraído por el recuerdo de lord Byron; pero los obstáculos para ir de una parte a otra son en Grecia casi insuperables por la desidia de la gente y lá imprevisión del Poder- público, que ni cuida lo antiguo ni piensa en lo actual. La dominación turca ha dejado en aquel pueblo lo peor c. ue puede transmitir el fuerte al débil: sus vicios. E l griego es, como el musulmán, premioso, desconfiado y trapacero. E l extranjero- que viaja por aquel país tiene que arreglárselas para no necesitar del concurso indígena, siempre regateado y nunca gratuito. L a Acaya y la Elida, regiones qué atra-