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A B C. D O M I N G O a D E A G O S T O D E ig; 31. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 47. EL P. -ROBLEMA D E L AGRO ANDALUZ El origen de la lucha que presenciamos en estoí momentos en Andalucía, entre pro, pietarios y colonos, es secular; las quejas por ambas partes tienen indiscutible fundamento, el malestar es grande. A r r a n c a aquí, y en gran parte de España, desde los tiempos primitivos, cuando deja, ron de ser mayores los productos espontáneos de l a tierra a las necesidades humanas. Hasta entonces no hubo que ocuparse de las labores de los campos; bastaba recoger cuanto producían, bien directamente, o trans- formado por los animales. E n éste primor dial sistema no hacían falta ni clases directoras, n i capital de explotación. S i n embar go, los más fuertes obligaban a contribuir a los demás para atender a su sostenimiento, y empezó la explotación del hombre por el hombre. Así transcurrían los primitivos sistemas de aprovechamiento del suelo, llamados físicos, pero la humanidad aumentó en número y empezó- a progresar. Y a no fueron bastantes las producciones naturales; el sis. tema forestal y. pastoral resultaron insuficientes. Se necesitó aumentar la producción y se apeló a l a destrucción arbórea, en un principio con el fuego, por la carencia de instrumentos adecuados. Perfeccionado después el sistema con toscos arados de madera, se generalizaron las labores en pequeñas porciones, aprovechando los sitios más fértiles, rozando ya el monte, o más bien descuajándolo, sistema que aún perdura en Ja sierra de Cazalla y en la de Algámitas, y que destruye una gran riqueza, que pudiera crearse con las especies cupulíferas o coniferas. Se empiezan a cultivar los terrenos mejores, siempre ligándolos con el sistema pastoral, que forma l a transición o grupo de los llamados androfísicos, en los cuales se une ya definitivamente a las fuerzas naturales el trabajo del hombre, con l a denominación, de obrero del campo. Más tarde se perfecciona el sistema, y se establecen épocas altérnales, en el que las labores preparan los elementos inactivos de los suelos, limpian de malas hierbas los campos y reciben las tierras los agentes atmosféricos, especialmente el nitrógeno, que se fija en gran cantidad con las labores de barbecho. Nace con éste el cultivo al tercio, que aún se practica en bastantes cortijos andaluces. Llegamos a nuestra generación en que todavía dominan los cultivos extensivos, si bien en algunas localidades sé llega a los intensivos, obteniéndose, de algunas plantas rendimientos sorprendentes. Crece l a población, duplicando el número de habitantes en menos de una centuria. Con las modernas invenciones y las numerosas vías de comunicación, el comercio se encarga de repartir los productos sobrantes, restableciendo el equilibrio en las producciones agrícolas, conteniendo l a mortalidad por el hambre, cuando faltan las cosechas. Aquellos países que producen caro sufren grandes crisis, y a pesar de las trabas que las Aduanas ponen a las transacciones con los demás países. L a manera de estar constituidas las propiedades, unas veces por lo extensas, y otras por lo muy divididas, no son obstáculo para l a producción; ésta, más depende de la i n teligencia de los cultivadores y del capital de explotación, que del tamaño del predio. E l adelanto agrícola en fmcas muy extensas exige capitales y maquinarias que difícilmente pueden tener las pequeñas parcelas. H o y la explotación de los campos es idénSe vende en toda EspaBa a l precio d e tica a cualquier industria: la tierra es un taller en que se transforman los abonos y el trabajo en productos diversos. Está sujeta I a las mismas leyes económicas; l a creación de. las riquezas se hace siempre por el rfombre: cuando más población más productos. E l dicho. de que sobramos habitantes en esta región no deja de ser una frase huera. L a población relativa de Andalucía es muy pequeña, comparada con l a de otros países extranjeros, y es menos de l a mitad que l a de algunas provincias españolas de terrenos menos fértiles, como acontece a Pontevedra. Pero lucha el labrador en esta zona meridional con la inconstancia de los elementos faltan las lluvias cuando son más necesarias; se emplean poco los abonos en las maquinarias; se carece, por lo general, de fondos de reserva. Los ganados unas veces tienen comida sobrante, en tanto que en algunos meses del año les falta hasta lo necesario, para conservar la vida. E l trabajo. es también discontinuo. H a y épocas en que faltan brazos; éstas suelen ser durante las siembras y recolecciones; otras, está regularizado y no faltan meses en que casi no hay nada que hacer. Cuando el propietario demanda brazos y el obrero sabe que la faena ño puede aplazarse, los jornales suben; pero cuando materialmente no hay donde ocuparlos, el colocarlos es una expoliación, a la que cederá el patrono por caridad o miedo. Aunque la alternativa dé cultivos no varíe, la producción se encarece: por partida doble; l a una, por l a subida de los jornales; la otra, por la especie de limosna que se da al obrero, por un trabajo de. ninguna o de relativa utilidad. E n otros- tiempos la vida era. más barata; ahora ya no se vive como antes, n i el obrero se conforma con tanta estrechez. E l conflicto se agrava con las predicaciones anarquistas o comunistas. L a situación del propietario tampoco es nada halagüeña. Tiene que soportar esas alternativas del trabajo; y un sobresalto continuo; el primero se, traduce en metálico, aumentando el precio de la producción, y el segundo va. en detrimento de su salud. Se produce caro, y si el Gobierno tasa sin la ganancia que corresponde al productor, en poco tiempo el propietario se arruina. E n estas condiciones, el problema del campo es tan malo para el propietario como para el obrero. P a r a halagar a éste, los propagandistas revolucionarios predican el reparto, como si ésto fuera l a resolución de este enigma. Irían las tierras fraccionadas a parar, en parte, a manos de jornaleros, que desconocen la técnica del mercado y aún del cultivo, en el que ellos son un engranaje; no saben administrar, carecen de todos los útiles necesarios; sólo pueden aportar más trabajo, pero seguramente no llegarán a igualar en las producciones a los actuales poseedores. E l problema existe, precisamente, por- l a incultura de los grandes. terratenientes, que no están capacitados científicamente para llevar sus fundos intensivamente; no saben establecer un plan agro- pecuario, en que se aprovechen todos los elementos, buscando un conjunto armónico y el medio de emplear todo el año el mismo número de obreros, los cuales, además de su jornal, -debieran llevar una participación en las ganancias. Creemos que las 296 fincas que hay en esta provincia, con cabida desde 1.000 a 1.550 hectáreas, distanciadas de los centros urbanos, debieran explotarse científicamente, con obligación, por parte de los propietarios, de tener un técnico de cultura media, como son los peritos agrícolas; en las 126 propiedades, desde. 2.500 hectáreas hasta 5.000, habría en cada una un ingeniero agrónomo; y en las 119, mayores de 5.000, un ingeniero córi un auxiliar. E n los nuevos regadíos, en las propiedades de 200 a 500. hectáreas, el d i rector sería perito, e ingeniero cuando fueran de 1.000 en. adelante, con facultad en el propietario de emplear técnicos nacionales o extranjeros, que trabajarían con u n p l a n de cultivos y de distribución de superficies, aprobados por los Servicios Agronómicos, o por los jefes de los establecimientos agrícolas oficiales. A nuestro entender, los. latifundios cercanos a las poblaciones o lindantes con sus posibles ensanches, pueden repartirse, no como parcela de labor, sino para que sirva, de huerto y dentro de su cabida puedan criarse en construcciones, algo cubiertas, anima- les domésticos, que son muy remuneradores. Los lotes pudieran, ser de un cuarto de hec. tarea. E n ellos tendrían entretenimiento los braceros y sus familiares en las horas sobrantes del día, y emplearían sus actividades- como lo hacen en el extranjero, y aún aquí en España los peones camineros y los guardabarreras que cuidan de esos pequeños oasis al lado de sus- casillas, situadas aisladamente en las soledades de los campos. Con ello se quitarían de l a taberna mu- chos de los que ahora dejan allí su dinero y su reputación. Justo es reconocer que no todos los propietarios de grandes fincas han hecho lo mismo; hay algunas excepciones, que de- muestran que, con buena voluntad, se hacen milagros. Todos recordamos l a maravillosa explota- ción, llamada Alcornocalejo, que poseyó en; Villanueva del Río D Anselmo Rodríguez: Rivas. E r a un modelo, donde estaban her- manados los riegos, los cultivos de secano y las especies forestales con la ganadería. L a finca, que en general tenía mala tierra, volvió otra vez a ser mala a los pocos años que l a vendió aquel inteligente agricultor. Allí los obreros tenían participación en las ganancias; aquel espíritu perspicaz vio c o n veinte años. de anticipación el problema que se avecinaba y dio voluntariamente lo que en conciencia debieron dar todos los de s u clase. Actualmente, en Pilas, tiene D Valentín Medina Labrador, en el cortijo Robaina, una explotación tan perfecta, que es digna de ser, visitada; hasta se han creado en ese pueblo industrias de conservas vegetales, con la base de la- producción de esa finca. Como curiosidad, diremos que ambos beneméritos de la agricultura estudiaron la. carrera de Derecho, y obligados por prescripción facultativa a vivir en el campo, para, restablecer su salud, se aficionaron al culti- vo de ¡a tierra. Para terminar diremos que, a nuestro en- tender, no hubiera existido el problema, s i los grandes propietarios; tuvieran la cultura necesaria para llevar sus latifundios, organizando las explotaciones por ellos mismos, o llevadas por técnicos, nunca por adminis- tradores, aperadores y caseros, que, en nu- merosos casos, no dejan de tener bastante, culpa del divorcio que existe entre ei p r o- pietario y el- trabajador. Nosotros tenemos fe en que, en plazo breve, sin llegar aP despojo de la propiedad, se puede solucionar el actual; conflicto. ¿Medios? Acelerar la implantación de los riegos en el valle, del- Guadalquivir, sustituir; los arrendamientos, en metálico por las aparcerías, fomento de l a producción forrajera, para que- la alimentación de l a- ganadería sea, en parte, estabulada; establecer pequeñas industrias. rurales; suprimir los cotos, guardando l a veda, para que se propague l a caza al destruir las alimañas que la diezman dar al obrero participación en los beneficios y trapajo todo el año, l o q u e se puede hacer si se regulariza el trabajo del campo, mejorar su vivienda v darles la instrucción 3 scesaria. Alfredo Remandes, (1 e i A U C O y- -NEG! IO 1114 PESETA