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ASAIERO DE FOLKESTOIE POR J. S. FLETCHER -E s que el caballero se había dejado la llave en la puerta. ¿O b s e r v ó usted algo al entrar? -L o que observé por lo pronto fué que la cama no estaba usada. Perivale sé volvió y, apuntando hacia el lavabo, preguntó: ¿S e lavó las manos aquí? ¡D í g a l o con seguridad! -N o señor. Todas las cosas de la habitación estaban exactamente como antes de que miss Shepperson le acompáñase... excepto esa maleta, el abrigo y l a manta de viaje. -i A s i será! -dijo Perivale, y volvió a cerrar de nuevo la puerta cuando la camarera salió. -Y ahora- -prosiguió volviéndose hacía H a r t m o r e- -m e pregunto una vez m á s Qué. h i z o Auberge durante los pocos minutos que estuvo en este aposento? N o estuvo desempaquetando, no se. lavó las manos. P e r o es inconcebible que no hiciese nada. ¿Q u é fué entonces; lo que hizo? ¿Qué supone usted que estuvo haciendo? -preguntó Hartmore. -M e figuro que estuvo haciendo, algo con el diamante- -replicó Perivale resueltamente M e figuro que o lo estuvo trasladando de un bolsillo a otro, o lo estuvo escondiendo en algún sitio de esta habitación. De todas maneras, aunque no ahora, he de rebuscar este aposento desde el techo al entarimado. Y entretanto vamos a examinar l a maleta. Mientras hablaba levantó l a maleta de encima del velador, l a colocó sobre la cama y apretó los pestillos- por ambos lados deü asa. -Como yo esperaba... abierta- -murmuró- N o se molestó en cerrarla, si es que la traía cerrada después que pasó por las A d u a nas al desembarcar. N o encontraremos, aquí hada, míster H a r t m o r e salvo l o que yo espero encontrar. Y a lo ve usted: un par de periódicos de París, una revista francesa, un pijama de seda, unos trajes, camisas, cuellos, calcetines, corbatas, guantes, zapatillas, objetos de aseo. pero n i un papel, nada de importancia. Y tam poco habrá nada en el abrigo; aquí no hay más que unos guantes, una bufanda y u n pañuelo. Precisamente lo que yo me había imaginado. C o n esto no vamos a ninguna parte. V o y a cerrar este aposento; daré órdenes severas para que nadie entre en él hasta que yo vuelva con algún acompañamiento y pediré en el comptoir que me dejen ver el paquete que Auberge depositó allí antes de marcharse. Hartmore le siguió fuera de l a habitación y estuvo observando cómo cerraba la puerta, -A mí me ha extrañado que usted no haya pedido antes ese paquete sellado- -dijo- Pudiera estar el diamante dentro. -C o n mucho gusto apostaría mil libras contra un penique a que no está- -replicó Perivale mientran avaneaba por el corredor. -D e todos modos, echaremos una ojeada al paquete. ¿Y entrará dentro de las atribuciones de usted, se me ocur r e a mí, abrir ese paquete? -preguntó H a r t m o r e- Porque si se tiene en cuenta lo que se aventura... Perivale le dirigió una rápida mirada por el rabillo del ojo. -Y o no soy hombre que se pare en bagatelas, míster H a r t m o r e -d i j o- Y a que el paquete está en mis manos... ¿Y si el diamante está dentro? -sugirió Hartmore. (Bueno, que esté! M e j o r hubiera estado fuera, depositado en algún Banco, hasta que ese Sindicato interviniese. P e r o lo vamos a ver. Después de todo, no sabemos qué clase de paquete es ese del que estamos discutiendo. Dos minutos más tarde ya lo sabían. M i s s Shepperson, después de haber pedido instrucciones a l a Dirección, abrió la caja decaudales y presentó al detective un abultado sobre de hilo que al parecer no contenía más que unas cuantas hoj- as de papel. E l sobre estaba en blanco, no tenía selladuras... y Perivale se quedó mirándolo con asombro. ¿D i j o algo acerca de esto? -preguntó de pronto- Dígame qué fué. ¡N o dijo nada! -replicó miss Shepperson- M e pidió simplemente que lo guardase e m l a caja y le diese un recibo. ¿Qué supuso usted que era? -preguntó Perivale. -P u e s mire usted... y o pensé que podía contener billetes de Banco... tal vez, en grandes cantidades. P o r el tacto me pareció que podía ser algo así. Perivale tenia metidos dos dedos en el bolsillo de su chaleco: D e repente, antes de que pudiesen advertir sus interlocutores lo que estaba haciendo, sacó una pequeña plegadera de marfil y con u n movimiento rápido rasgó l a solapa del sobre. E n menos de un m i- (ñuto había sacado varias hojas delgadas, pero fuertes, de papel de cartas, las había extendido y estaba inclinado sobre ellas con avidez. ¡C i f r a d o! -e x c l a m ó- ¡T o d o está c i f r a d o! (Se á cpntinuará. (CONTINUACIÓN) -A l g u n o s detalles más- -dijo P e r i v a l e- ¿L e- h i z o a usted Auberge alguna indicación sobre 1 valor de ese diamante? ¡Y a l o creo! -replicó H a r t m o r e- M e dijo que el Sindicato pedía por él 25.000 libras. T o d o lo que él y yo pudiésemos obtener por cima de. esa c i f r a se había de repartir entre los dos. E l me insinuó que podíamos aspirar a 3 5 x 0 0 libras. ¿Y usted cree que él pensaba que el diamante valía 35.000 libras? -S í y o suponía que su apreciación era esa. ¿Y ese Sindicato, míster H a r t m o r e? ¿Quiénes son sus miembros? -i O h y o no sé nada de eso! N u n c a me mencionó nombre a l guno. Auberge decía simplemente... un Sindicato. -r- D e todos modos tendremos que entrar en comunicación con los individuos que forman ese Sindicato. P e r o eso es fácil. T a n pronto como yo vuelva a l a Jefatura telegrafiaré a la Policía de París y pediré que se comunique a la Prensa de F r a n c i a el asesinato de Auberge. E s t o nos pondrá en contacto con el Sindicato, l i s t a d tiene la dirección de Auberge en París, desde Juego, ¿no? ¡Naturalmente! Tenía allí una pequeña oficina, no más de un par de habitaciones, en l a calle ne Caumartin. U n a oficina modesta. Y o la visité una o dos veces. Pero creo que él bacía la mayor parte de sus negocios en otros sitios. -D e todos modos, me figuro que tendría un empleado o varios empleados, a los que se podrá encontrar en esa dirección. -Y o nunca v i allí ningún empleado. ¿Sabe usted si era casado? No lo s é y o no sé nada de su v i d a particular. Bueno, la Policía de París se enterará de todo eso. L o que nos importa saber ante todo, míster Hartmore, es otra cosa. ¿Cree usted realmente que al llegar aquí l a noche pasada Auberge traía el diamante sobre su persona o en su equipaje, aun siendo tan enor, me su valor? ¡Indudablemente! ¡P a r a eso venía! Perivale sacó la llave que miss- Shepperson ie había entregado. -E n t o n c e s suba usted conmigo a la habitación- -dijo- Vamos a ver si podemos descubrir alguna cosa. H a r t m o r e sacudió l a cabeza mientras ambos se levantaban de su asiento. -N o me parece probable- -advirtió- N o iba él a dejar el diamante en su aposento. Mientras estábamos hablando se me ha ocurrido una idea (podrá ser que tenga algún fundamento o que no tenga ninguno) y es que muy bien puede haber depositado el diamante en manos de alguna persona de esta ciudad. -T a m b i é n a mí se me h a ocurrido l a misma idea- -dijo P e r i v a l e- S i n embargo, y o estoy empeñado en ver su habitación y l o que ha dejado en ella. L a habitación 91 A resultó ser una sencilla alcoba del primer piso, un aposento cuya ventana dominaba el puerto. A primera vista no había nada insólito en. su apariencia. Todas las cosas estaban limpias y ordenadas. Detrás de la puerta estaba colgado un abrigo obscuro, sobre el respaldo de una silla descansaba una manta de viaje, encima de un velador, al pie de la cama, se veía una elegante maleta de tafilete negro con herrajes de plata. F u e r a de la mesilla de noche no había quedado nada, n i tampoco sobre el lavabo. Todo parecía corroborar la afirmación de miss Siiepperson. de que el señor Auberge, después que. se le había enseñado la habitación, había pasado en ella muy poco tiempo antes de presentarse otra vez en el comptoir. -E s t á c l a r o- -d i j o Perivale después de haber pasado una m i rada en torno del aposente) está completamente claro que A u b e r ge, después que miss Shepperson le dejó en esta habitación, no gastó tiempo alguno en abrir su maleta. S i n embargo, estuvo aquí varios minutos ¿Qué h i z o durante ese tiempo? N o pudo estar en pie o sentado sin hacer nada, porque es evidente que tenia más o menos impaciencia por salir. Qué estuvo haciendo? A ver si podemos orientarnos. Llamó al timbre y abrió u n poco la puerta. Acudió una camarera llena de curiosidad. Perivale le h i z o señas de que pasase. ¿E s t a b a usted de servicio cuando miss Shepperson subió. jfqhial caballero francés la noche pasada para enseñarle aest habitación? -preguntó. -S í señor. ¿Le trajo usted agua caliente? -N o señor. M i s s Shepperson le preguntó si deseaba agua Caliente o si. había algo que necesitase, y él d i j o que nada... y me hizo salir, señor. ¿Volvió usted a entrar en este aposento? -H a s t a esta. mañana, no, señor. ¿C ó m o pudo entrar usted? 1
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