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balón con las piernas desnudas y los brazos al aire. Cuidan de la chiquillería la señora de compañía, que hace su labor con las gafas caladas, o las doncellas de blanca cofia, que leen, en voz confidencial una novela de amoríos. E n un cochecillo duerme un niño, que guiña de vez en cuando los ojos, como si la sombra de las hojas que mueve la b r i sa le hiciera cosquillas en su rostro redondo y sonrosado. Corre un lulú escandaloso tras una pelota escapada, y una miss, vestida de negro, lee reposadamente, sentada en un banco, una novela de P o r las avenidas más apartadas pasean las parejas de novios. Estudiantes y modistillas; señoritas burguesas, seguidas de la mirada indiferente de la carabina, que anda soñando con las dos horas obligadas de cine, en las que descabezará un sueño y recobrará con un par de bocadillos las perdidas fuerzas. Grupos de muchachitas alegres seguidas de pollos jaraneros, que andan sin sombrero y con la americana bajo el brazo... E n los aguaduchos se congrega la gente pacífica, que aguanta la dureza de las sillas de hierro ingiriendo paiatas a la inglesa y cerveza fresca con limón. Junto al estanque grande, niñeras y chiquillos, militares sin graduación e isidros contemplan admirados el paso de la nave airosa de! a 0,50 las dos vueltas, con sus gallardetes al viento, sus marineritos vestidos de blanco y el capitán, serio y erguido, que, desde el puente, vigila la buena marcha del crucero. U n a copia de la Santa María yace, olvidada e inútil, sobre la tranquilidad de l a playa Chocan los barquichuclos, salta el agua, gritan los navegantes y una de las barcas, que ocupa una parejitá que se arrulla, sueltos los remos y el timón, navega a la deriva, hasta topar en las escalinatas del monumento a Alfonso X I I donde la gente, sentada en semicírculo, aspira a todo pulmón la brisa marítima. El paseo de coches, casi desierto en las tardes de verano. E l amplio paseo de coches aparece casi desierto en las tardes veraniegas. Los que tienen buenos coches están ausentes o prefieren la frescura de la sierra. De los a n denes también huyó la gente b i e n que los invade en las tardes de invierno. No se ven políticos conocidos; si acaso algún diputado de la nueva hornada que ante la piedra en la que el talento de Victorio M a cho plasmó el rostro sereno y paternal de Galdós, se inspira para el discurso de esencias democráticas que ha de pronunciar al discutirse el proyecto de Constitución, mientras llegan hasta él los fieros rugidos de ¡os pobrecitos leones que, encerrados en sus jaulas, demandan el trozo de carne sanguinolenta que le tienen asignada los presupuestos municipales. Cuando las sombras se apoderan de la amplitud del Parque, todo él queda en silencio. Quizá entonces invaden las plazoletas y paseos las sombras de aquellos príncipes y cortesanos que. en los palacetes y en las umbrías del Buen Retiro escribieron capítulos cómicos y trágicos de la historia de España; tal vez las de estos españoles gloriosos que en mármoles y bronces festonean las largas avenidas, que dieron gloria y prestigio a nuestra raza; acaso el fantasma de aquella muchachita romántica con 1- que recitamos doloras al pie de la estatua de Campoámor en otros tiempos que por ser pasados no fueron mejores. Iguales aquéllos que éstos. N o somos iguales nosotros, porque entonces éramos dueño? de algo de un valor inestimable que se fué para no volver: el divino tesoro de la j u ventud. MANUEL REYERTE (Fotos Duque.
 // Cambio Nodo4-Sevilla