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A B C. S A B A D Q 8 D E AGOSTO D E 1931 E D I C I Ó N D E ANDALUCÍA. P A G 16 P E N DE 1 T E N C I A E l público debe leer diariamente nuestra sección de anuncios p o r palabras clasificados en secciones. E n ellos encontrará constantemente asuntos que pueden interesarle. AMOR -C o n este, título, que corresponde a la versión española de una bella novela de Marcelo Prevost (La retraite ardente) pudiera designarse l a actitud exigible a todos los- ciudadanos españoles en estos difíciles momentos. Penitencia de amor, esto es, sacrificio, y sacrificio expiatorio y fervoroso; renunciamientos y dolores aceptados con humildad, como un castigo. Porque ¿no es verdad que hemos pecado? Eterna, como lo son las humanas flaquezas, perdura l a realidad del viejo apólog o la mirada de lince para descubrir en el ojo ajeno la brizna del defecto más leve padece incurable ceguera para ver en el propio la viga del crimen monstruoso. ¿Por qué no volver hacia el propio corazón, empleándolas en un sincero análisis, las excelentes dotes críticas que todoj los españoles aguzamos implacables para juzgar, a- los demás? Penitentes contritos hemos de ser, y no fiscales rígidos. Y que las palabras que diga nuestra boca sean, no las de la orgullosa acusación, sino las del Confíteor humilde. (Hemos pecado todos. Y a todos, en nuestra penitencia de amor a l a Patria, ha de alcanzar la triple obligación del arrepentimiento, l a enmienda y la satisfacción de obra. Pecaron los gobernantes; los que debiendo, desde la altura del Poder, conducir al país por rutas de prosperidad y utilizar sa- oiamente las coyunturas favorables, dejaron que pasaran los años propicios y que, captadas las circunstancias por los que con más previsión regían otros pueblos, se trocase para nosotros en motivo de daño lo que debió serlo de provecho. Pecaron, sí, mucho, los políticos, y sus mayores pecados 110 fueron los que en ellos torpemente señaló la malicia y la difamación. N i l a concusión n i el peculado son vicios de nuestra política, n i tienen traducción exacta al español affaires como el de Panamá y el Oustric. Pero a cambio de esta honradez estricta, condensable en l a sencilla norma del sujeto de laxa conciencia somnolienta: n o robar, no matar ¡cuántos y cuántos pecados contra los derechos de l a Patria y de los individuos! Los más graves de todos, el subordinar sistemáticamente lo que era de España, y, por serlo, debía culminar y prevalecer, a lo que era del grupo, del bando, de la tertulia o del distrito; y el no haber formado ciudadanos cuando el cultivo de l a ciudadanía debiera haber sido, hasta por egoísmo, su principal preocupación. Bien caro lo pagaron. Porque, descuidados y contentos con ios artilugios y ficciones con que para los menesteres electorales substituían civismo y opinión, cuando necesitaron ciudadanos de veras, con i n teligencia y con coraje, que se alzaran contra la arbitrariedad, naciéndola imposible, no les encontraron: vieron sólo, extendida por todo el mapa nacional como una fea mancha rebaniega, una masa inerte y poco digna, habituada al acoquinamiento, incapaz para l a serena y tenaz resistencia, hecha al desmayo y al letargo, bajo los narcóticos y las drogas con que la adormecían los que querían suplantarla. Mas si los gobernantes pecaron, pecaron también los gobernados. Entre los tópicos que hay que destruir para que se restablezca l a justicia, uno de los menos consistentes es el que acumula sobre los políticos toda la culpabilidad, haciéndoles únicos responsables dé las desdichas de la Patria. H a s t a que se desaloje de los cerebros españoles esa vulgar preocupación, y se i n cruste en ellos la verdad, hay que repetir que los políticos no han sido mejores n i psores que todos ios demás, n i ios yerros en gue hayan incurrido en su oficio exceden, de los cometidos por los restantes gremios, aunque la índole de la función hiciera aquéllos más visibles, y en casos- -sólo en casos- más trascendentales. N i siquiera les toca a los políticos la sugestión y la iniciativa: eran inducidos, no inductores. L a injusticia en España ha sido siempre rogada y a instancia de parte. C o n raras excepciones, cuando un político pecaba, sacrificando el interés general al particular, haciendo un deservicio a l a nación para servir al amigo, creando un cargo inútil, concediendo una subvención injustificada, prefiriendo al apto el inepto... era porque Se lo pedían. N o les sirva esto de disculpa. S u virtud y su victoria estaban, como las de la doncella, en no ceder. Y l a autoridad debe servir, entre otras cosas, para resistir la tentación y dar desde la a l tura ejemplo de fortaleza a las conductas. S i en la política concreta pecaron todos, mandantes y mandados, en lo demás, que también es política, aunque difusa, i córm se comportaron? E l militar, atento a l a escalilla y al ascenso; el empleado, nja l a vista en el reloj de l a oficina, empujando con el deseo las agujas para que marquen pronto la hora de salir; el patrono, teniendo por supremo triunfo, norte de su voluntad y de su vida, aminorar el precio del trabajo para abaratar l a producción; el obrero, acudiendo a la violencia y a la huelga para lograr reivindicaciones y mejoras, que siendo casi siempre justas, pierden su justicia cuando se las quiere imponer por la coacción. Catedráticos que hacían de la cátedra plataforma para acreditar bufetes y consultas y atraer clientela; estudiantes que reducían toda su aspiración al logro del aprobado, prefiriendo al libro de texto y l a obra de consulta l a ciencia en extracto del vademécum y los apuntes; intelectuales que tenían la pedantería por rasgo definidor de su personalidad y por norma el desdén compasivo a todo lo coetáneo y coterráneo y la admiración palurda a lo extranjero; i n dustriales y agricultores que tomaban el Arancel por almohada de su pereza para perpetuar una tutela que, como toda tutela (excepto la de los incapaces) ha de ser, por esencia transitoria; periodistas- ¡no los o l v i d o! -para los que el periódico era sólo altavoz de su fama y amplificador de su nombre y que escribían al dictado de su conveniencia o de su pasión, vituperando hov. lo q u e a y e r defendían, siguiendo, cautos, la evolución del girasol. Pecamos todos. ¿P o r qué no confesarlo? Y seguimos pecando. Pues ahora advierto que, sin quererlo, me refiero al pasado al escribir, asintiendo a esa ficción ministerial que amojona la Historia, plantando un hito en una fecha y dando por supuesto que de esa fecha acá todo son purezas y venturas y hacia atrás i u é todo lástima y corrupción. N o A l hablar de pecado hablemos en presente. N a d a ha cambiado. Todo sigue lo mismo. Como sucede en las recopilaciones, el novísimo régimen recoge y aumenta todos los vicios, del que se llamó nuevo, como éste recogió y aumentó los del que llamaron v i e j o los i n novadores. E l proceso de descomposición nacional sigue, tristemente, su curso, y cada etapa se señala por una visible agravación. ¿Cómo atajar el mal? Imposible lograr- lo sin una radical mutación de nuestro estado de conciencia. Que l a mirada, fija en los demás con intención malévola, se vuelva hacia nosotros mismos; que cada uno, escudriñando el fondo de su alma, se pregunte ¿Soy como debo ser? ¿M e conduzco como debo conducirme? S i fuera otro y no yo el que esto hace y, esto deja de hacer, ¿cómo le j u z g a r í a? S i así lo hacemos todo, si lo haces tú, lector, y yo lo hago, se acallará el alboroto recriminador, se plegarán, avergonzados, los índices que ahora se yerguen señalando al vecino, y el contradictorio vocerío se concertará en un salmo penitencial, con palabras de acto de contrición: Y o me confieso a t i P a t r i a y señora mía, porque te amo sobre todas las cosas de este mundo. ¡Me pesa, señora; pésame, m i Patria, por haberte ofendido! Propongo firmemente no pecar nunca más contra tu interés, tu nombre y tus designios; apartarme de todas las ocasiones de ofenderte con m i rencor, mi envidia, m i apetito, m i vanidad y mi egoísmo. Y propongo l a enmienda para dedicarme sólo a t i porque tuyos son m i alma y mi esfuerzo. Que todo, m i vida, mis obras, mis trabajos, en penitencia de amor te lo ofrezco para satisfacer, calmar y consolar tus amarguras, tus heridas, tu pobreza y tu dolor. Pues todo l o has sufrido y lo sufres j p p r m i culpa, por m i culpa... por m i máxima, c u l p a! FEDERICO S A N T A N D E R E n mi artículo Lo que quiere España, por un error de copia, se atribuye a l duque de Frías l a represión de 1854. Ñ o fué el duque de Frías sino el de R i v a s el presidente de aquel Gobierno efímero al que se le llamó de las cuarenta horas M e apresuro a hacer l a aclaración, aunque quizá no fuera necesaria por ser sobradamente conocido aquel período, uno de los más agitados de nuestro agitado siglo x i x cuyas turbulencias, algún tanto calmadas, parecen revivir ahora, por desgracia. 1854. 28 de junio- 28 de j u l i o L a revista del campo de Guardias, la. vicalvarad a Cánovas y su manifiesto de Manzanares, el motín de M a d r i d a la salida de los toros, Gándara defendiendo la casa de Salamanca, el. torero Pucheta, l a Junta salvadora del banquero sevillano y el general San Miguel, la confesión de las deplorables equivocaciones en el manifiesto redactado por Pareja y corregido por Baralt, los coches enganchados para l a partida de la reina, el abrazo de Espartero y O D o n nell... Allí estuvo a punto de extinguirse el reinado de Isabel I I N o se extinguió, como no se habría extinguido en 186 S si la reina Isabel hubiera tenido en Lequeitio o en San Sebastián un Castroterreño que se pusiera de rodillas ante ella y un claro consejo como el que en 1854 l a diera el embajador francés. E n aquellos críticos momentos, en los que la Monarquía logró prolongar su vida sin salvarse del todo, el duque de Rivas, liberal sincero y fervoroso que por su l i beralismo había sufrido persecuciones y destierros, se v i o en la precisión de emplear la fuerza contra el pueblo: penoso trance por el que han de pasar los gobernantes, por muy demócratas que sean, cuando tienen que mantener la autoridad contra l a rebeldía. Fué aquella l a única tragedia del autor del Don Alvaro que no mereció el aplauso del público. Seguramente el recuerdo de la triste, aunque inevitable, jornada ensombrecería el ánimo del insigne don Ángel en los descansos que pasó aquí, en el vecino palacio de Valmar, cuyos sauces, magnolios y eucaliptos, veo por la ventana al escribir. -F. S. Deva, agosto, J 931.
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