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COMO PEDESTAL, E L RIO, SALTANDO, RIENDO... (L A TRINIDAD) rada, diciéndose sus cuitas muy quedo, como en confesión. Nadie les vio ya más. Algunos días más tarde, como una aparición ancestral, como un barco maldito, el cadáver de la mujer se vio flotando en el lago del Espejo. Y las gentes sencillas de la campiña, propicias a la conseja, adivinaron al punto una tragedia: el hombre la mató; celos, desprecio, quién sabe si locura de amor o amor- incomprendido o imposible... Y sigue la conseja: ...Y cuando ella, ya exánime, fijos los ojos inmóviles sobre su verdugo, parecía perdonar, la conciencia, juez inexorable, dictaba en su veredicto aquella sentencia impresa al final del Talmud, y, en su delirio, el hombre, huyendo con su propia víctima en los brazos, proclamando a voces su delito, hubo de pasar bajo el río, en el lugar por donde se despeña en lá Cola de Caballo. Miró hasta el fondo, le atrajo el abismo de espumas que rugía bajo sus pies, y se arrojó a él, dando alaridos de dolor, con su amor en los brazos. E l hombre no apareció. Dicen las gentes que le tragó el remolino y hubo de llevar su cuerpo a los infiernos, y su alma sufre un castigo horrible. E ntre las fron- das, en las noches de luna, cuando todo es belleza y armonía, su sombra pasea gimiendo entre los árboles. Algunos pastores, al volver de llevar sus rebaños al aprisco, dicen haberle visto. Las viejas se santiguan muchas, veces mientras cuentan la historia... Y a l final del relato, más que por caridad, poseídas de miedo, suplican al oyente Para que Dios le dé su gloria, Pater noster... HIPÓLITO T Í O SÁNCHEZ (Fotos R a m í r e z Bordes.
 // Cambio Nodo4-Sevilla