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A B C D O M I N G O 9 D E A G O S T O D E 1931, E D I C I Ó N D E A N D A L U C Í A P A G 33 A C T U A L. I D A D POLÍTICA E n a p o y o a la República L a primera actuación del grupo parlamentario, que antes de i r a las Cortes tomó ya por mote A l servicio de la Repúblic a ha sido evidentemente afortunado. E l éxito de Ortega y Gasset fué rotundo: éxito de atención, de simpatía, de aplauso fervoroso. E l Gobierno parece que se propone seguir el consejo del ilustre orador en el punto concreto de buscar asesoramientos técnicos en el extranjero para la solución de nuestros problemas económicos. L a posición de Ortega y Gasset recuerda la que adoptó Joaquín Costa cuando inventó aquel neologismo de la europeización de España. E l insigue polígrafo recomendaba que, imitando al Japón, se enviase a nuestros jóvenes al extranjero, con los cuales esbozaba un plan cultural, que cuajó luego en la Junta de Ampliación de Estudios. A nadie extrañará que se busque, donde las haya, las personas peritas que ahora llamamos expertos para no molestarnos en traducir el Éoletín de la Sociedad de las N a ciones. L o que es menester es que, si realmente se confía en la suficiencia de los asesores, se les haga más caso que a los españoles, y no se les escuche como quien oye llover. Porque a los técnicos españoles, según ha ocurrido con la famosa Comisión jurídica asesora, no creo que les haya quedado mucha gana de cumplir aquella obra de miser i c o r d i a dar consejo al que lo ha de menester. L o ocurrido con el Sr. Ossorio ha sido fen verdad edificante. Abandonando todos sus asuntos, se entregó en cuerpo y alma a la ímproba tarea de redactar un anteproyecto de Constitución, ayudado de personas competentes, de notoria integridad mor a l y de reconocida solvencia científica. U n o de los oradores que tomaron parte en el debate político atacó a la Comisión asesora en términos tan expresivos, que motivaron una interrupción del Sr. Ossorio. Y o creía que el Gobierno defendería a la Comisión asesora, puesto que l a responsabilidad política y parlamentaría de su actuación no podía corresponder a los miembros de la misma, sino al Gobierno que los nombró, pero no se pronunció sobre este tema una sola palabra desde el banco azul. P o r si esto fuera poco, al elegirse la Comisión parlamentaria que ha de dictaminar sobre el proyecto de Constitución nadie se acordó de D Ángel Ossorio, quien, aparte de su autoridad persona! era lógico que fuera llamado para que pudiese explicar in voce el fundamento de aquellos artículos del anteproyecto, cuya modificación se proponga en las Cortes Constituyentes. E n las Cortes de la Monarquía cuando un diputado presentaba una proposición de ley, al ser ésta tomada en consideración y al nombrarse la Comisión correspondiente, era uso constante que formase parte de la m i s ma el autor de la propuesta. S i el proyecto de Constitución que está pendiente de estudio en las Cortes hubiese sido redactado, por el Gobierno, se hubiera explicado que se prescindiese de la Comisión asesora, cuja labor preparatoria pasaba ya a segundo termino, pero lo que estudia actualmente la Comisión parlamentaria es el mismo dicta- men de la Comisión asesora, cuyo principal autor tiene asiento en las Cortes, i i Qué extraño es que haya dimitido irrevocablemente D. Ángel Ossorio? ¿Y qué extraño es que se haya negado a substituirle, por elemental solidaridad de compañerismo, D A d o l f o Posada? ¿I ¡Hesito que nadie se lia acordado tamr- poco del maestro Posada para llevarlo a unas Cortes donde va a tratarse nada menos que de la Constitución de la República española. L o s republicanos austríacos tuvieron especial empeño en llevar al Parlamento al profesor Kelssen, cuya influencia científica se advirtió con carácter predominante en la Constitución de Austria. Pero n i D Ángel Ossorio n i D A d o l f o Posada llevan las veinticuatro revistas de republicano que exigían los Comités provinciales como requisito indispensable para ser candidato ministerial. ANTONIO R O Y O VILLANOVA ¿Vías i. va BMmAS 0 RELIEVES D E ACCIÓN CATÓLICA Revolución y reacción Cada generación tiene rasgos y perfiles que caracterizan su paso por los caminos de la v i d a modos de interpretar la idea y el sentimiento, diversos, cuando no contrarios y hostiles, a aquellos que predominaron en ia generación precedente. D e aquí los desacuerdos entre juventud y madurez en la Humanidad de cada época y cada país. A l ímpetu ardoroso, responde una pasividad deliberada. Las deficiencias de mutua comprensión, suscitan la recíproca intolerancia, que a su vez forzosamente originan contiendas y rompimientos. A diario ofrécense a la vista de todos, por turbia que la mirada sea, aspectos y modalidades de esta lucha, que se desenvuelve con variada intensidad en las zonas religiosa, social y política. ¿No advertís frecuentemente que en el lecho de las doctrinas, como en el de las realidades, duermen todavía instituciones y hombres que se resisten obstinados a despertar, que se vuelven del otro lado, en cuanto oyen hablar de innovaciones y cambios que perturben el fondo rutinario de su existencia? Pero tampoco faltan, antes al contrario, se producen en demasiada exuberancia, espíritus temerarios y presuntuosos, audaces e inconscientes, que, sin noción cabal del alcanc de las reformas, malogran las caudalosas energías de los años mozos, en trastrueques y mudanzas, no siempre oportunas, sin detenerse ante aquellas cosas que por su naturaleza son inmutables. Nadie ha encontrado hasta ahora, ni espero que podrá hallarse en adelante, otra fórmula de avenencia entre los disidentes, y ahora lo somos casi todos, que la de ¡un leal respeto a las opiniones ajenas, sin la cobarde abdicación de las propias. De propósito déjase de aludir a la idea de error o de verdad, pues ni éste consiente un silencio que podría equivaler al triunfo de la mentira, ni aquél permite una transigencia que tuviera visos de complicidad. Tampoco aludo a la tolerancia, concepto harto manoseado, que implica la designación de un mal que a la fuerza, mas no gustosamente, se soporta. Pero esta fórmula mínima para el logro de una concordia en cierto linaje de cuestiones secundarias, afectas a los problemas religioso, social y político, no ha sido nunca, y menos que ayer puede serlo hoy entre nosotros, la resultante de una acción de muchedumbres. E x i g e como preliminar i n dispensable una finura de percepción, una firmeza de carácter, ún ideal tan alto, que se aviene de mala gana con las vehemencias multitudinarias. Las direcciones que han señalado un rumbo ascendente, tuvieron siempre su punto de partida en l a minorías, fueron la obra de los núcleos selectos. Limitado por ahora este razonamiento al tema religioso, dada por buena y verdadera la afirmación de un ilustre jesuíta catalán, de que la Iglesia de España ha retrocedido á? l estado de posesión a l de conquista, ten- go para mí que se impone un cambio, no superficial ni leve, mas no por eso menos urgente, en los métodos del pensamiento y de la actividad proselitista. L a Iglesia católica no es un museo, es una sociedad viva en i r cesante movimiento, cuyo carácter de estabilidad y fijeza en la parte dogmática no excluye; antes al contrario, permite, que sus procedimientos de actuación se adapten y acomoden a las condiciones de las sociedades y de los hombres, sobre quienes espirííuáímente opera en v i r tud del divino mandato. L a parábola evangélica de la oveja perdida, enséñanos bien á las claras que el apóstol corre en busca de las almas allí donde se encuentren, y sabido es, por lo que a este punto de la adaptación se refiere, aquella frase ejemplar y bellísima de San Pablo, que se hacia todo para todos, a fin de. salvar a. todos L a s nuevas situaciones plantean problemas nuevos y reclaman nuevas soluciones, de donde se infiere que la eficacia del apostolado será mayor, a proporción de que más y mejor se acomode a las condiciones materiales, psicológicas y sociales del tiempo en. que vivimos. ¿Renuncia o transigencia? Ninguna de las dos actitudes. Aceptación de todo pro greso legítimo- simplemente. N i nada más n i nada menos. Ante el derrumbamiento de las antiguas formas políticas e instauración de las nuevas, respetuosa siempre la Iglesia con la voluntad del pueblo, no otorga preferencia a ninguna y préstales a todas por igual acatamiento v ayuda, a condición de que promuevan y defiendan el bienestar común. N i tiene por qué temblar ante la caída de los Tronos, ni tiene por qué asustarse ante el avance social de las clases obreras, que ella impulsó constantemente, afirmando el imperio de la justicia contra todas las tiranías. Cuando por combatirla se le acusa de enemiga de los pobres y aliada de los ricos, con los hechos y con las palabras restablece la distinción formal entre doctrina e intereses, entre católicos y catolicismo, entre Iglesia y eclesiásticos, pues l a falta de ecuación entre lo que se afecta creer y aquello que se practica, acusa una contradicción no por frecuente menos condenable, que siempre ha repudiado la Iglesia. Obra de adaptación y depuración la que aquí se insinúa, requiere previas labores de descuaje, de siembra y de cultivo. N o se improvisa una mentalidad íntegramente católica en un pueblo de escasa cultura religiosa, n i surge de repente el sentido social en clases habituadas al individualismo. Y he aquí nuestro gran problema de la hora presente, quizá porque dejó de serlo en las pasadas; T a formación de selecciones, de falanges escogidas, que, bajo el suave y penetrante imperio de los tres principios directivos, piedad, cultura y disciplina, impuestos por norma pontificia en el anhelo restaurador social y religioso, i n fluyan y actúen sobre las muchedumbres en un sentido profundamente educador. ¿Cuántas veces no se ha dicho que era precisa la posesión de una élite, una selección de educadores, una minoría de elegidos, que, con la bandera de l a fe por lema, organizase a los Ejércitos en los tres frentes de batalla, en el religioso, social y político? 1 Cuántas veces, asimismo, que los católicos belgas reconquistaron su influencia sobre las masas, gracias a un esfuerzo formativo, que perfeccionó almas y cerebros en las aulas u n i versitarias de Lovaina? Antes de que sonara en Alemania la hora trágica del kulturkampf, organizábase la Wolsverein, aqueila unión popular que dio paso al Centro, s i multaneando la reclamación de libertades en el Parlamento y en la opinión pública con el fomento de instituciones docentes, de núcleos apologéticos y de grupos obreros. L a s minorías francesas, cultivadas en el ideario de L Action Populaire, contribuyeron eficazmente desde el día de Ja gSRaffjigón l
 // Cambio Nodo4-Sevilla