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E PASAJERO DE fOLKESTONE L POR J. S. FLETCHER Hotel; pero me dijo que tenía una, cita en la ciudad a las nueve y media. Yo esperé afuera mientras él pedía habitación en el hotel. Por fin se reunió conmigo y vinimos andando hasta mi puerta. Me dijo adiós y me pidió que fuese a almorzar con el al hotel al día siguiente. Y esp es todo lo que sé. ¿No le dijo a usted el nombre de la persona con quien estaba citado? -preguntó Perivale- ¿Ni le dijo dónde iba a celebrarse la entrevista? ¡Nada! No me dijo más que lo que le he dicho a usted, ¿Le parece a usted que llegó a tiempo a la cita? -Debió de llegar un poco tarde... unos minutos tal vez. Perivale quedó pensativo un rato. ¡Señora! -dijo de pronto- Voy a ser franco con, usted. Yo he estado hoy en el Hotel Cristal, He sabido que usted estuvo allí con el señor Auberge. ¿I- e mostró a usted en el salón, después dfel almuerzo, un diamante precioso? -Sí, un diamante extraordinario. ¿Le dijo algo acerca de él? -Dos cosas solamente: la primera, que había sido puesto en sus manos en depósito; la segunda, que había sido en otro tiempo propiedad de una mujer noble rusa, de alto rango. Sabía él que esto había de interesarme personalmente. Se quedó callada un momento y, mirando fijamente a Perivale, añadió: -Y o soy rusa. ¡Una refugiada! Perivale comprendió que su intelocutora, tal vez inconscientemente, esperaba un movimiento de simpatía, e inclinó la cabeza. -Y a comprendo, señora- -contestó- Pero... ¿el diamante? ¿Dónde lo colocó el señor Auberge después de habérselo enseñado a usted? -E n una cajita, envuelto en algodón, en un, bolsillo del chaleco- -manifestó. ¿Volvió a mencionarlo delante de usted? -N o teníamos cosas más interesantes de que hablar- -replicó místress Wolstroem- Como le digo, el señor Auberge había sido buen amigo mió en París... en otro tiempo. Nos prestó ayuda a mí y a los míos cuando escapamos de Rusia. E r a un hombre de buen corazón; yo le estaba muy agradecida. Perivale se levantó. -Puede usted quedar segura, señora, de que no dejaré piedra sin mover para descubrir al asesino- -dijo tranquilamente- ¿N o puede usted ayudarme? Místress Wolstroem sacudió la cabeza pausadamente. -L o siento- -dijo- No sé absolutamente nada. Perivale se marchó. Una vez fuera, se quedó mirando por un instante al farol más próximo. ¿Quién sería aquel con quien Auberge tenía cita en la ciudad? -se preguntó a sí mismo- E n sus papeles no se decía nada de eso. ¿Estaría el inspector en lo cierto? ¿Tendría que levantar, efectivamente, la pista en París? Pero su campo de actividad, por el momento, estaba en el Royal Paviíion Hotel, y allá marchó a toda prisa. Cuando llegó se dirigió inmediatamente al comptóvr. Miss Shepperson se levantó de la mesa y acudió a su encuentro. -Quiero hacerle una pregunta- -dijo. Perivale, cuchicheando con efia- Cuando el señor Auberge vino aquí el lunes, por la noche, ¿preguntó si había llegado míster Hartmore? -No- -replicó miss Shepperson- no preguntó nada. Parecía tener demasiada prisa para formular preguntas. No mencionó nunca a míster Hartmore. -Y míster Hartmore no vino... ¿hasta qué hora? -Hasta las once menos cuarto... o cosa asi. ¡Muy bien! Ahora han llegado unos señores de París, ¿no? -Por ahí dentro andan- -replicó miss Shepperson- ¿Se refiere usted a tres caballeros que han llegado juntos? Pues, s í después de haber firmado el registro pasaron la vista por las dos últimas páginas y me preguntaron si estaba todavía aquí míster Hartmore. Y o mandé a buscarle a uno de los mozos, y los tres caballeros y él se retiraron juntos... M e figuro que están en la sala de fumar. Perivale acercó hacia sí el registro y miss Shepperson dijo apuntando a una entrada: -Ahí están los nombres. Todos vienen de París: Perivale se inclinó sobre la página en el sitio indicado y trató de retener los nombres en la memoria: Milford Spring, P a r í s Angelo Budini, P a r í s León Delardier, París (Se continuará. (CONTINUACIÓN) íadie le interesó, hasta que sus ojos se posaron sobre tres llorares que estaban sentados a una mesa en un ángulo y que, inclilados sobre la sopa, parecían muy engolfados en una conversación eservada y seria. Uno de los tres, de cierta edad, con barba gris, ra evidentemente inglés: tranquilo, discreto, que hablaba poco, ero escuchaba atentamente la conversación de sus compañeros. tro, se veía con la misma claridad que era francés: versátil, inuieto. Y otro, por su tez aceitunada y lo negro de su pelo y de us ojos, fué calificado por Perivale de italiano. Había algo en quel grupo- que sugería la idea de dinero. Perivale, después de áber observado a los tres hombres atentamente, ios encasilló como mancieros que se dirigían a Londres. Los tres individuos pasaron por la barrera de Kolkestone algo leíante de Perivale, el cuál, en el último momento, se había detelido a cambiar unas palabras con Luck, y olwervó que los tres rsonajes, -en lugar de tomar el tren de Londres, caminaban en i dirección que llevaba él mismo... hacia la salida de la estación leí puerto. Acechó adonde se- dirigían y no le sorprendió ver que, tevando cada uno una pequeña maleta, se encaminaban hacia el toyal Paviíion Hotel, tras de cuya puerta principal desaparecieron h seguida. Perivale se detuvo. ¡El Sindicato! -dijo de pronto- ¡El mundo es un pañuelo! ¡Ese es el Sindicato! ¿Seguiré ahora a estos individuos... o iré casa de mí stress Wolstroent? Después de un momento de vacilación dejó atrás el hotel, do i úelta por la alameda hacia iHigh Street y emprendió el camino acia el taller de la modista. E l taller estaba cerrado, desde luego; ero n las ventanas de arriba habla luz, y, como encontrase una uerta lateral con una placa de bronce donde estaba escrito el nomre de la señora Wolstroem, Perivale llamó al timbre. Una muhacha de pulcro aspecto contestó sin dilación a la llamada, y a las reguntás de Perivale manifestó que la señora estaba en casa, íntonces Perivale presentó su tarjeta oficial metida en un sobre lauco. -Haga el favor de dar eso a la señora y decirle si puede conederme una entrevista: no la importunaré mucho tiempo- -dijo- ígale también que le pido mil perdones por venir a molestarla a na hora tan avanzada; pero se trata de un asunto importante. Dos minutos después Perivale se encontró en una salita. medio ecibidor, medio despacho, en cuyas paredes no había- más que un dorno, un icono montado en un marco dé plata maciza, que colaba sobre la repisa de la chimenea. Se quedó mirándolo y calcuindo su antigüedad, cuando unos pasos ligeros a su espalda le icieron volverse con rapidez. Estaba allí místress Wolstroem, con u tarjeta oficial en lá mano. -Caballero- -dijo serenamente- ¿deseaba usted hablar contigo? Perivale hizo la mejor de sus reverencias. Aquella mujer era xas guapa, más llamativa e interesante de lo que él esperaba, nclusó después de los elogios del camarero jefe en Boulogne, Pero 1 instante observó que el camarero jefe había estado en lo cierto: quella era una mujer que había sufrido mucho. Con su permiso, señora- -contestó- Perdone que venga a ¡sitarla a esta hora; pero ya ve usted cuál es mi profesión. Místress Wolstroem hizo una inclinación de cabeza mirando la tarjeta de nuevo, señaló a su visitante una silla y se colocó rente a él. ¡De la Policía -elijo con la misma voz serena- Mañana, or la mañana, iba yo precisamente a presentarme a la Policía, al vez debiera haberlo hecho antes. Se trata, desde luego, de! sesinato de mi amigo el señor Auberge. Y el caso es... que no uedo decir nada. -Permítame le diga, señora, que no puede usted estar coniletamente segura de eso- -replicó Perivale- E l menor detalle, más ligero incidente puede servir. ¿Pero quiere usted que le iga a qué he venido? Por mera casualidad he averiguado que el mes, por la tarde, hizo usted la travesía desde Boulogne en cómanla del señor Auberge. -Efectivamente, así es- -dijo místress Wolstroem- Me en ntré con el señor Auberge en París la semana pasada. Eramos ntiguos amigos... sEn cierta ocasión él me hizo un gran servicio, le dijo que el domingo por la tarde y el lunes los pasaría en e! otel Cristal, de Boullogne, y, como tenía asuntos en Abbeville el raes por la mañana, resolví ir en automóvil a Boulogne y almófar allí con él. Así lo hice, y pasamos juntos unas horas, y por la rde- hicimos juntos el viaje a Kolkestone. ¿Y luego, señora? Permítame que le pregunte... -E l señor Auberge había de quedarse en el Royal Paviíion