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v i v i r demasiado de prisa, que agota prontamente las ilusiones, aquellos suicidios, al menos como razón única, sino a esta falta de comprensión y de ayuda entre las dos generaciones. Las dos causas las encontrarnos! ¡ov agravadas en estos pueblos rotos por la guerra, cerno Austria. Y sin embargo, y muy afortunadamente, la epidemia decrece Pero es que aquella generación de los principios inquebrantables se va haciendo vieja, y con la vejez viene la debilidad; pero llega también el mirar las cosas desde la cúspide de los años y el ser m á s comprensivo e indulgente. V a siendo compatible el vivir libre- -entiéndase bien: libre, que no libertino- -de is muchachas de hoy con las ideas de los que aun ayer consideraban las suyas i n- imitables, y con la aproximación d. e los irnos a los otros la existencia se hace m á s llevadera. N o entiendo si esto és más mora! que aquella disciplina; sólo sé que, a pesar de los tiempos, cada día más difíciles, se rompen menos vidas por voluntaria violencia. MARIANO TOMAS Y a no aparecen, como en otros tiempos a ú n recientes, las columnas de los periódicos con relaciones interminables de suicidios, entre los que eran los m á s numerosos los de mujeres jóvenes. Afortunadamente, la epidemia- -mejor endemia, pues era el foco mayor e inmutable de Europa- -va desapareciendo, aunque sus causas aparentes, aquellas a las que se atribuía en sus tiempos de mayor estrago, subsisten agravadas. Creo que el origen de aquellos sucesos y la causa de su extensión era la dispar manera de entender la vida dos generaciones: los de antes de la guerra, aunque sacudidos bruscamente por la catástrofe, cuando pasaron los días de incertídumbres y espantos, cuando sus nervios volvieron a serenarse con el lenitivo de las horas iguales, tornaron a buscar sus alegrías y su reposo en el mismo lugar adonde los habían dejado al cruzar el río de sangre: en la paz familiar. Los de l a generación nueva abrieron los ojos por vez primera con susto en las pupilas, donde sólo se reflejaban lástimas; no conocían el descanso de. los días serenos, y cuando éstos llegaron quisieron gozarlos ávidamente, haciendo del remanso torrentera. Pero contra esta intención se alzaba l a disciplina familiar de los otros. E r a n muchas ias jóvenes que abandonaban el hogar, sin otro propósito qye el de vivir libremente, no porque las atrajera un deseo determinado de amor. N o eran pocas también a las que se les cerraban las puertas de su casa, por su rebeldía a someterse al yugo patern o se rompían los lazos, pero al rasgarlos muchas manos quedaban inertes. Aquellas que encontraban en su trabajo o en la ayuda ajena un apoyo con que caminar por la senda que habían elegido no se les quebraba ésta en las aguas del r í o o en un sueño interminable de veronal; pero no eran todas tan afortunadas, y muchas, las que en un principio lo fueron y después les faltó el trabajo y la ayuda, porque las fábricas y despachos se cierran PARÍS, EL VIAJE DEL y el deseo se agota. Entonces estos ojos, por orgullo o por temores, en vez de torArriba: El Sultán, acompañado del narse hacia los que acaso los volvieran a estación de Lyon a su alojamiento. mirar con amor, se cerraban para siempre Ytissef, Sultán de Marruecos, y su l o se deben atribuir a la miseria y al lemia en descenso SULTÁN DE MARRUECOS presidente Dqunier, al dirigirse desde la (Foto Henri Manuel. Abajo: Muley ben hijo, Muley Hassan, a su llegada al hotel Crillon. (Foto Vidal.
 // Cambio Nodo4-Sevilla