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POR J, S. FLETCH ER (CONTINUACIÓN) ¡Prueba esto! Auberge, según usted (ignoro cómo ha obtenido usted informes sobre ese punto, pero me figuro que son exactos) tenía una cita con otra persona en esta ciudad, que había de celebrarse después de su llegada de Boulogne. E s a cita no estaba señalada en este hotel. Auberge llega, pide habitación, sube a ella, vuelve a bajar, sale... N i una palabra a nadie respecto a si ha llegado míster Hartmore. ¿Cjuién es esa persona con quien va a reunirse... aquí en Folkestone? Señor, la respuesta es obvia... V a a reunirse con Hartmore. ¿Y por qué había de i r a reunirse con Hartmore en la ciudad cuando por carta h a b í a n acordado y a reunirse en este hotel. -pdeguntó Perivale. Nuevamente Delardier extendió las manos y exclamó casi con enojo: ¿Y yo qué s é? E s e es el enigma. E l único que puede decirlo es Hartmore. Probablemente... por indicación suya. Desde mi llegada anoche yo estoy haciendo varias pesquisas. Hartmore no vino al hotel hasta cerca de las once... entre las once y las once menos cuarto. ¿D ó n d e estuvo hasta esa hora? Y a sabe usted que yo estoy familiarizado con esta travesía, pues viajo muchas veces entre P a rís y Londres, generalmente por Folkestone y Boulogne. Pues bien, no hay n i n g ú n tren que pudiera traer a Hartmore desde V i c toria a esta ciudad minutos antes de las once. E s evidente que había estado aquí algún tiempo... ¿C o n qué otro fin como no fuese el de reunirse con Auberge en l a ciudad? S i n duda Auberge tenía una cita con otra persona cuando salió apresuradamente de este hotel peco después de las nueve e l lunes, por la noche... Sí, y esa persona era Hartmore. Perivale estaba pensando en lo que le había dicho mistress Woistroem. N o cabía duda que Auberge tenía una cita con alguien en la población. E r a pasible que hubiera sido con Hartmore. Y empezó a preguntarse si l a idea inicial de Hartmore habría sido venir al Royal P a v i l i o n o si habia venido a las once solamente después de... Pero, de momento, a duras penas se atrevía a formular otra hipótesis; S i n embargo, Delardier no era tan apocado. De repente i n t e r r u m p i ó el silencio del detective y dijo inclinándose sobre l a mesa y hablando en voz susurrante y concentrada: -M i r e usted, voy a decirle sencillamente lo que yo pienso. A mí me parece que Auberge se encontró con iHartmore en la ciudad. Hartmore llevó a Auberg- e al sitio donde se le encontró asesinado esta mañana, y allí, le atravesó el corazón. Entonces cogió el diamante y se vino a este hotel y p r e g u n t ó por Auberge... Todo eso ha sido lo que ustedes, los ingleses, llaman un bluff, un caso de perfecto bluff. H i z o todo eso para alejar de sí mismo las sospechas. ¡E s a es una imputación muy seria! -dijo Perivale. ¡T a m b i é n es un crimen muy serio! -exclamó Delardier- Pero, desgraciadamente, todavía no llega a imputación, se queda en sospecha. S i n embargo... yo l o creo así, y le aconsejo que averigüe algo m á s acerca de ese hombre. H a g a indagaciones sobre él. Con este último consejo se levantó Delardier y, dando al detective bruscamente las buenas noches, se retiró. Perivale quedó sentado un rato, cavilando sobre lo que había oído. Reconocía claramente que podía tener a l g ú n fundamento l a hipótesis de Delardier. Había razones para sospechar de Hartmore, que no podían despreciarse. E r a un hecho significativo que, cuando Auberge llegó al Royal P a v i l i o n Hotel, no p r e g u n t ó si Hartmore había llegada ¿N o parecía demostrar esto que tenía que reunirse con Hartmore en algún otro sitio de Folkestone? Hartmore había declarado que habían de reunirse en él R o y a l Pavilion, pero eso podía no ser cierto... Podía ser que (Hartmore, como Delardier había sugerido, hubiese acudido al Royal Pavilion solamente obedeciendo a una ocurrencia suya posterior. Desde luego tenía que hacer m á s averiguaciones acerca de Hartmore. Pero quedaba E c k s ¿P o r qué este individuo, que desde luego había hecho l a travesía desde Boulogne en el mismo vapor que había traído a Auberge y mistress Woistroem, no se presentó en el hotel hasta m á s de dos horas después de l a llegada del vapor? ¿D ó n d e estuvo entre las nueve y las once? ¿P o r q u é tomó Ecks, quienquiera que fuese, el rumbo de Dover tan temprano en l a mañana del martes? H a b í a datos sumamente sospechosos en relación con Ecks. Porque E c k s había visto a Auberge enseñar el diamante a mistress Woltroem en el Hotel Cristal, de Boulogne; E c k s habia obtenido una habitación en el Royal Pavilion muy cerca de l a señalada para Auberge, y como Auberge había dejado la llave en la puerta, E c k s pudo fácilmente pasar a su aposento. E l caso era que E c k s se había preparado bien la retirada. A juicio de Perivale, E c k s se hallaba ya de regreso en Francia, por Dover y Calais, desde las primeras horas de l a tarde del martes. S i realmente era el culpable, había buscado una bonita salida. Y para entonces estaría ya sabe Dios d ó n d e en Amsterdam, en Berlín, en Viena o, m á s 1 probablemente, escondido a salvo en algún rincón obscuro de P a r í s Pero allí estaba Hartmore, y Perivale comprendió que debía indagar algo m á s acerca de él. Después de seguir pensando otro poco, pidió una habitación en el hotel y se fué a dormir. P o r l a m a ñ a n a se levantó muy temprano y bajó a las ocho. C o n ser tan pronto, vio a miss Shepperson en el comptoir y se dirigió a ella. -H e pasado aquí la noche- -dijo, observando su mirada de sorpresa- Usted se había retirado ya cuando yo tomé l a habitación. Me he quedado por dos o tres razones... una de ellas, que necesitaba dirigirle a usted una o dos preguntas hoy por l a mañana, temprano. Conque procure usted trasladarse con l a memoria aí lunes por la noche. M i s s Shepperson le dirigió una mirada luminosa y replicó secamente: -M i memoria no ha podido apartarse de aquellas horas desde el martes por la mañana, míster Perivale. ¿H a podido apartarse la memoria de usted? -Bueno, entonces- contésteme- -dijo Perivale- pero con toda certeza. ¿E s t á usted completamente segura de que cuando Auberge llegó aquí el lunes, por la noche, no p r e g u n t ó por Hartmore? -N o mentó para nada a Hartmore. N i preguntó si Hartmore estaba aquí, ni si le esperábamos, ni nada. -E n cambio cuando llegó IHartmore, ¿p r e g u n t ó por Auberge? -Inmediatamente. Y demostró gran sorpresa al oír que Auber- ge había salido. -O t r a cosa. ¿Q u é equipaje traía Hartmore cuando llegó a q u í? -Ninguno, salvo una maleta muy pequeña que apenas puede llamarse a s í E r a m á s bien una cartera. -L a cual, desde luego, se halla ahora en su habitación. Pues, mire... Y o quisiera que me proporcionase usted ocasión para echar una ojeada a ese aposento. ¡Y a me comprende usted! ¿P o d r é hacerlo? -Nada más fácil, si él sale- -dijo miss Shepperson. -Y a estaré al cuidado- -replicó Perivale- Bueno, pero todo esto queda entre nosotros, ¿m e comprende? ¡O h comprendido! -contestó miss Shepperson. N o crea usted que he nacido ayer, míster Perivale. -Pues no ha debido usted de nacer mucho antes, me figuro- -respondió Perivale con galantería; E s t á usted muy juvenil esta mañana. ¿D e veras? -dijo miss Shepperson. -Y m á s encantadora que nunca... que ya es decir bastante- -a ñ a d i ó Perivale. -Muchas gracias- -replicó miss Shepperson- -No sería mejor que se fuese usted a desayunar? Perivale se echó a reír y se m a r c h ó N o había mucha gente en el comedor; pero entre las pocas personas que allí había estaba Hartmore. Perivale se acercó a él y le dio una breve explicación de su presencia. ¿H a visto usted a nuestros amigos franceses, o mejor diría a nuestros amigos de P a r í s esta m a ñ a n a? -p r e g u n t ó -N o los he visto- -replicó Hartmore- Y no sé que me haga falta. Y a les he dicho todo lo que sé, y no veo que pueda hacer más. M e marcho a l a ciudad a las once. Hablaba con el aire de un hombre que está harto de un asunto, y por el momento Perivale no dijo nada. Pero, después de haber dado disposiciones sobre su desayuno, volvió hacia su compañero. -Siento mucho que no pueda usted hacer eso, míster Hartmore- -dijo- Y a le advertí, lo recordará usted, que tendría que quedarse aquí un poco. Flartmore levantó l a vista del plato con un semblante en que se reflejaba manifiesto disgusto por la última advertencia del detective. ¿Y por q u é he de quedarme a q u í? -p r e g u n t ó- Y a me he quedado m á s tiempo del que me proponía. -Usted lo ha olvidado, míster Hartmore- -replicó Perivale- Queda pendiente el asuntito ese del proceso de Auberge. L a apertura está señalada para hoy, por la mañana, a las once. S u presencia será necesaria, porque usted puede identificar a Auberge. Hartmore dio muestras de impaciencia y m u r m u r ó ¡Q u é lata! Estoy necesitando volver a ocuparme de miá asuntos. P a r a identifica r a Auberge ya están ahí esos señores de P a r í s que pueden hacerlo. Ellos ie conocían mucho m á s íntimamente que vo. -T a l vez- -asintió Perivale- De todos modos, usted sería necesario aquí. E l juez ha de necesitar oír cómo refiere usted los hechos. Y o no sé si liegará usted a declarar hoy; pero, desde luego, el juez ha! de querer escuchar todo lo que usted pueda decirle. i Se centinwiráS