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c I que los perros aullan a la muerte. ¿P e r o cómo se forma la sabiduría canina? ¿Por qué ley misteriosa de herencia el individuo aislado. apartado de sus progenitores en los primeros días de su infancia encuentra íntegro el tesoro de la experiencia ancestral y prosigue fiel a las tradiciones de su especie? He aihí uno de los secretos que si no estuviéramos sumergidos en los afanes prosaicos de la existencia diaria bastaría para hacernos comprender el sentido trascendente del mundo que nos rodea. Aquel humilde y alegre compañero halló que el universo estaba perfectamente organizado, puesto que en las cimas de la jerar, quía haoía un ser omnipotente que le proveía de lo necesario para la nutrición, que podía castigarle o acariciarle conforme a leyes inexcrutables y, sin duda, necesarias. Su adhesión al orden establecido fué espontánea y entusiasta. E l sentimiento de la propiedad territorial nació en él con el uso de su razón canina. Estábamos en una pequeña finca rústica, que, con menoscabo de mis derechos dominicales, solían atravesar los campesinos. Pues él, diminuto y débil todavía, salta esforzadamente a ladrarles, es decir, a recriminarles por aquella perturbación solapada de mi posesión pacífica. O sea que desde el primer momenío concibió la certeza de que había cosas lícitas y cosas que no debían tolerarse. Y como por la comparación de su propio volumen con el de los intrusos comprendía que era arriesgado agredirles, solía dirigirse a mí en tono de reproche, como si murmurase respetuosa, pero enérgicamente, contra la máscara de liberalismo con que yo disimulaba mi cobardía. En este mundo bien compuesto, sin em foargo, había un elemento de desorden que le desconcertaba profiuidamente: y era la presencia de un gato, al que mostró una hostilidad fulminante. ¿Que rencores de naturaleza histórica, qué guerras remotas perdidas por sus antepasados en los primeros días de Ja creación, le impulsaban a la persecución y a la venganza? E l gato lo consideraba con fría impasibilidad, sin perderlo de vista. Y este hermetismo, esta inmovilidad misteriosa, era lo que exasperaba al perro, que le injuriaba y amenazaba hasta hacerle huir y subirse á un árbol. L a presencia del gato en nuestra casa era para él causa de profundo enojo. ¿Por qué motivos un ser tan poderoso y sabio como yo- -parecía preguntarse- -consentía la existencia de un sujeto cauteloso, sinuoso e hipócrita como el gato? Cuando nos veía acariciarle su furor no tenía límites. Nos ladraba enardecido, exhortándonos a renunciar a. tan abominable práctica. Pero al fin acabó por aceptarla. Como si habiendo intentado purificar el mundo de una monstruosidad la hubiera visto impuesta por mi superior sabiduría. Su resignación fué idéntica a la de los espíritus religiosos, que, sin comprenderla nunca, aceptan como un mandato de la divinidad la existencia del mal sobre la tierra, E n su espíritu predominaba el amor a la tradición y. al orden establecido, pero su mente era capaz de adquirir nuevos conocimientos por su personal experiencia. Por ejemplo, en la casa había otro perro adulto, desengañado ya de toda apariencia, y que ja más había visto automóviles. L a primera vez que surgió ante él uno de estos artefactos de formidable aspecto, no obstante que le acariciábamos con la voz y tratábamos de tranquilizarle, se puso a temblar con el pavor de quien hubiera comenzado a r NA de las ramas del psicoanálisis que todavía está por estudiar es la referente a los perros. Es verdad que Mirbeau, Anato e F ranee, Maeterlink y algunos humoristas ingleses han dedicado a estas excelentes criaturas ensayos henchidos de simpatía. L a materia no está agotada, ni mucho menos, sin embargo. Los perros conviven con nosotros y nos dan el constante ejemplo de sus virtudes morales; pero precisamente la habitualidad y espontaneidad con que las practican hacen que las tengamos en poca estimación y no proyectemos nuestra atención- -absorbida por preocupaciones humanas- -hacia el alma infantil y, angélica de estos hermanos inferiores. Y o compartía esta indiferencia hasta que e destino me puso en posesión de un perro. Las circunstancias me permitieron observarlo atentamente durante algunos meses- -en el tránsito de su infancia y su adolescencia a la edad adulta, que en los de su especie llega pronto- Tenía presente aquella afirmación de Carlyle. según la que todos los objetos son ventanas, por donde el ojo filosófico puede asomarse al infinito E l desarrollo mental de aquel ser inocente, que desde los primeros momentos se puso bajo mi advocación, elevándome a la categoría de ídolo re H g i o s o no ha sido de las cosas que menos me sugieran la ansiedad por descubrir el enigma de? universo. (Hay religiones- -el mazdeísmo, por ejemplo- -en la que el perro figura en la categoría de los servidores dei bien. Para los parsis el perro es un servidor de Ormuz, adversario de Ariman o dios del mal, entre cuyos secuaces figuran una porción de seres humanos aviesos y de alimañas. E l perro tiene en esa antigua religión la virtud de ahuyentar al demonio funerario. Por cierto que esa creencia se ha transmitido a nuestro país, donde es tradicional 1 U
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