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EL PASAJERO DE FOLKESTOIME PORJ. S. -S í entonces rne dispuse a marañar. Yo sabía que Auberge habría llegado al hotel para aquella hora, Hacia una noche deliciosa, y místress Blank me dijo que iría andando conmigo parte del camino. Salimos juntos y marchamos por Los Prados. A ella se le ocurrió que diésemos la vuelta bajando por tino de los senderos que hay junto a las rocas, hacia el camino de abajo. Bajamos por allí y no haibíamos avanzado mucho, en realidad sólo hasta donde comienzan las rocas y las cuevas, cuando vimos a un hombre tendido de través en el sendero. L o primero que se me ocurrió fué que estaba borracho; pero rne acerqué más y, encendiendo una cerilla, mira a lo que podía ver de su cara. Con gran horror v asombro mío reconocí que aquel hombre era Auberge. Hartmore se detuvo respondiendo a una señal del inspector. Durante uno o dos minutos hubo un silencio sólo interrumpido por el rasgueo de la pluma del inspector. Por fin habló el inspector con voz iría e impasible: ¿De modo que usted reconoció que aquel hombre era Auberge? -Sí, señor; Auberge, Inmediatamente observé que estaba muerto. Palpé su mano, su cara... todavía estaban calientes. Entonces v i sangre sobre el sendero, e instintivamente comprendí que había sido asesinado. tHartmore se calló un instante, mirando de unip a otro de sus oyentes. Pero lo mismo podía ¡haber mirado a una de las cuatro paredes blancas de la habitación, porque no descubrió el menor gesto mi en el inspector ni en el detective, Sus caras estaban impasibles. -I Asesinado t- -masculló el inspector, escribiendo la última palabra- ¿Qué más? -Volví corriendo hacia místress Blank, que se había quedado en él sitio desde donde, habíamos visto el cuerpo, y le dije lo que había observado. Ños quedamos escuchando un instante. No sé oía nada; ni voces, ni sonidos de nadie que anduviese por allí. Deliberamos en voz baja, pero sólo durante unos segundos, Entonces me acordé del diamante. Era evidente que Auberge había sido asesinado por causa de él. Gomo ya tiene urto experiencia de esas cosas, me figuré con toda precisión el sitio donde podía tener guardado el diamante. A s i pues, volví adonde estaba el cadáver y palpé buscando un bolsillo de su tiraje. ¿Qué bolsillo? -preguntó Perivale. -E l bolsillo alto del lado izquierdo de su chaleco- replicó Hartmore- Con gran asombro mío palpé allí algo... una caja o pa qt- ete. E l bolsillo tenía una solapa sujeta con un botón. Desabroché el botón y saqué lo que había dentro: una eajita de cartón, como una caja de pildoras. La metí dentro de mi bolsillo y volví corriendo hacia místress Blank. Subimos por el sendero hada el camino de arriba; le expliqué a ella apresuradamente la situación y le dije que, puesto que no había nadie por allí, era mejor dejar que otra persona descubriese el crimen, Ninguno de los dos teníamos gana de vemos mezclados en semejante asunto. A ella le pareció bien, y por deseo mío marchó a toda prisa ai su casa. L a consigna era que ella no sabía nada de lo que ¡había ocurrido, a no ser que llegase un caso de absoluta necesidad. De nuevo una señal del inspector y de nuevto una pausa mientras la pluma corría sobre el ¡papel. -Y después que místress Bíank se marchó a casa- -preguntó el inspector- ¿qué hizo usted? Me quedé un minuto pensando. De pronto me acordé de mi bastón. Se me ocurrió que si recaían sospechas sobre mí (y ya preveía yo que podían recaer teniendo en cuenta todas las circunstancias) mi bastón resultaría un objeto muy sbspeohoso en mi poder, porque yo me había cerciorado de que Auberge había recibido una estocada por la espalda. Por ese motivo volví a bajar por el sendero y, metiendo el bastón en una grieta de las rocas, tapé con estiércol la abertura, Luego, me fui en seguida al hotel. Llegué poco antes de las once y pregunté por Auiberge. Pero el señor Perivale conoce ya el resto. -No todo- -replicó Perivale- ¿Qué hizo usted con el dia: mante? -L o escondí, en mi alcoba, ¿Después de examinarlo, desde luego? -No, examinarlo no lo examiné. Eché simplemente una mirada al interior de la cajita, vi que el diamante estaba dentro, replegué el algodón en rama, pero no saqué el diamante, Como le digo, lo oculté... en un lugar seguro. -i Y permaneció en aquel lugar seguro? -preguntó Perivale. Hasta hoy, sí. Naturalmente, no iba a llevarlo encima. -Pero los propietarios aparecieron; se presentó ese Sindicato, los señores Spring, Budini, Delardier. ¿Por qué no se lo entregó a ellos? FLETCHER ¡Hágase usted cargo de mi situación! ¿Cómo podía yo explicar que el diamante estuviese en mi poder? Me hubieran acusado en seguida de haber asesinado a Auiberge. Además, había otra razón. ¿Qué razón? -preguntó Perivale. Hartmore vaciló antes de contestar. -Bueno- -dijo p r fin- es. que yo. empezaba a sospechar un o poco de si el Sindicato reclamaba bona fide la propiedad de la joya. Concebí sospechas de ellas. Y o no sé nada contra Spring; pero no me gustan sus tniradss. Tampoco sé nada contra Delardier; pero creo que ni el diablo podría engañarle. Sin embargo, estoy seguro de haber reconocido en Budini a un hombre que estuvo complicado en ciertas transacciones de diamantes, sumamente sucias, en el Cabo, cuando estuve allí hace doce años. L e reconocí en seguida, aunque; entonces no: se llamaba ¡Budini. ¿Y dónde- ha estado, el diamante? -preguntó Perivale- ¿L o ¡llevaba usted encima? Hartmore vaciló. -N O J encima no- -dijo al hn- Mire usted, yo empecé a darme cuenta de que usted sospechaba de mi. Esa idea, se robusteció esta mañana, desde que usted me estuvo sondeando en el desayuno. Por eso resolví volverme a la ciudad esta tarde, y como yo me figuraba que sería detenido en la estación del ferrocarril o podría ser detenido, decidí desembarazarme del diamante. ¿De qué modo? -preguntó Perivale. -i Y a lo sabe usted 1- -contestó Hartmore después de otra pausa- L o expedí por correo Certificado desde la central de aquí poco antes de i r a la estación. ¿Dirigido a, quién? -t A mí mismo, a mi oficina de- Hatton Carden! En esa forma iba completamente seguro. Por fuera del paquete puse la palabra particular M i empleado lo miraría, por encima cuando llegase mañana, por la mañana... pero no lo abriría. ¿Y qué pensaba Usted hacer con él? -preguntó Perivale. -Depositarlo en mi Banco hasta que se esclareciese el asesinato de Auberge- -replicó tHartmore con. presteza. ¿Quiere usted decir... hasta que sé encontrase el verdadero asesino de Auberge? -sugirió Perivale. ¡Exactamente! Hasta ahora no, puede haber duda ni hay razón para sospechar de mí o complicarme en el asunto. ¿Y cree usted que podremos encontrar al asesino? -Creo que serán ustedes muy torpes si n ¡o ¡o hacen. ¡Alguien ha. de ser el culpable! Perivale permaneció silencioso hasta que la pluma del inspector cesó de correr sobre el papel. Entonces dirigió al inspector una mirada significativa. -Quisiera hablar aparte una palabra con usted, inspector- -dijo- Luego seguiremos con míster Hartmore. Mire usted- -continuó cuando habían llegado ai corredor- antes de seguir adelante permítame que vaya a, casa de esa místress Blank y compruebe la verdad de lo que Hartmore dice acerca de ella. Después podemos seguir hablando con él, ¿N o le parece? E l inspector no puso a esto objeción alguna, y Perivale, después de haber vuelto a Hartmore y haber tomado el nombre y la dirección de- aquella, señora, cogió un ta. vts y se marchó. Á la inedia hora estaba devuelta en la oficina- del inspector. -N o creo que -pueda existir duda de ninguna ¡clase- -dijo- Es una señora de. mediana edad, sumamente respetable y, al parecer, bien acomodada. Me ha confirmado todo lo que Hartmore nos dijo. También interrogué a las dos criadas. De modo que (Hartmore no ha matado, desde luego, a Auberge. Pero... ¿y el diamante? Usted lo tiene guardado, inspector. Déjemelo unos minutos y vamos a ver otra ver. a Hartmore. E l inspector abrió una caja de caudales y entregó a Perivale ¡a cajita de cartón. ¿Cuál es su plan? -preguntó pacientemente. ¡Ah, sólo deseo echar una mirada a esto en su presencia; tengo mis razones para desearlo -replicó Perivale. Volvió a verse con Hartmore. y cuando el inspector y él habíanvuelto a ocupar sus asientos se dirigió a Hartmore con, una sonrisa, diciendo: -Bueno, místef ¡Hartmore; como ya le hemos dicho, hemos recuperado el diamante. Lo recogí yo. de la oficina de Correos a la hora de haber certificado usted su paquete. Usted dice que no lo miró sino muy superficialmente después de haberlo sacado del bolsillo de Auberge. Y o quiero que ahora lo mire usted atentamente como profesional. ¡Ahí lo tiene usted! (Se continuará. (CONTINUACIÓN)
 // Cambio Nodo4-Sevilla