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POR J S, FLETCHER tenga usted presente que me v e r é en la obligación de seguirle l a pista. P o r supuesto que también le he tenido vigilado antes v le seguiremos teniendo en observación hasta que se esclarezca este asunto. -P o r mi parte haré lo posible para que se esclarezca- -dijo Hartmore- Pero desde que iie visto la imitación me estoy preguntando si Auberge llevaría realmente consigo él diamante auténtico. Y si lo llevaba, ¿cómo lo van a encontrar ustedes? N i Perivale ni el inspector se dignaron contestar a esta pregunta. IHartmore quedó libre, y Perivale, con la imitación en el bolsillo, se dirigió al domicilio particular de míster Samuel Relverson, el joyero. Después de haberse disculpado por lo avanzado de l a hora colocó el supuesto diamante ante los ojos del viejo y dijo sin rodeos: -Conozco su gran experiencia en estas cuestiones, míster Relverson, y deseo tenga la bondad de decirme lo que es esto. Estoy seguro de que usted lo sabrá. Míster Relverson no demostró sorpresa ni profirió ningún comentario. Cogió el objeto que se le presentaba, lo sopesó entre sus dedos, aplicó una lente a un ojo, lo examinó, lo soltó y dijo sentencicsamente resoplando: ¡Pasta! ¡Nada m á s que pasta! Probablemente será una imitación exacta de una piedra que ha de ser extraordinariamente fina. ¿E n t o n c e s se fabrican, per lo visto, imitaciones? -inquirió Perivale. ¡E n grandes cantidades i Muchas señoras que poseen diamantes preciosos tienen imitaciones de los mismqs en pasta. Los diamantes verdaderos- -observó el viejo joyero con una sonrisa- -los guardan, probablemente, en la c á m a r a blindada de su Banco. ¿Y dóníle hacen esas m a n u f a c t u r a s? -p r e g u n t ó Perivale. Míster Relverson se encogió de hombros. -E n P a r í s las hacen muy bien- -contestó- Y o diría que ésta es labor parisiense. ¿E s esto lo que se Dama un diamante artificial? -i O h no, querido! Esto es pasta, que es una cosa muy diferente. E l diamante artificial, por su brillo, su densidad, su dureza y su forma cristalina es prácticamente idéntico al diamante natural. Pero no se ha fabricado nunca un diamante artificial, ni probablemente se fabricará, de este tamaño ni de tamaño parecido. Todos los diamantes artificiales que yo he visto son microscópicamente pequeños. N o esto es lo que acabo de decirle: nada m á s que pasta. Perivale dio las gracias al viejo joyero y, guardando en el bolsillo la imitación, se marchó con propósito de averiguar lo que significaba todo aquello. Si Auberge había sido asesinado por alguien que deseaba apoderarse del diamante real y si la imitación l a llevaba Auberge como diamante verdadero, ¿por qué el asesino y supuesto ladrón la dejó en su bolsillo? ¿S e r i a posible (puesto que Hartmore había dicho que el cuerpo estaba todavía caliente cuando él lo descubrió) que el asesino hubiese sido interrumpido eri la operación de robar al muerto por la llegada- de Hartmore y místress Blank a la escena? ¿Sería posible que estuviese oculto allí cerca mientras Hartmore sacaba la cauta de cartón del bolsillo de Auberge? A lo mejor, sí. Pero, suponiendo que así fuese, ¿por qué Auberge llevaba aquel objeto de pasta en lugar del diamante verdadero que había ido a enseñar a Hartmore? Cuando se alejaba de la casa de míster Relverson meditando sobre estos puntos, se le ocurrió una idea a Perivale, y apresuró el paso y m a r c h ó en dirección de la tienda de místress YVolstroem. E n las ventanas de arriba se advertía luz, y a sus llamadas fué introducido rápidamente a presencia de la señora. Como en el caso del viejo joyero, Perivale entró directamente en materia. -Místress YVolstroem- -dijo- cuando yo estuve aquí hablamos de su encuentro con el señor Auberge en el Hotel Cristal, de Boulogne, y usted me dijo que él le había enseñado un diamante después del almuerzo. Pues haga él favor de ver esto. Colocó l a imitación sobre la mesa que había, entre ambos, y místress YVolstroem lanzó una exclamación de sorpresa. ¿E s eso lo que Auberge le mostró a usted? -preguntó P e r i vale- Mírelo bien! Místress YVolstroem se inclinó más. -Yo diría que sí- -contestó- P o r lo que yo recuerdo... sí. Desde luego es exactamente igual. -P u e s voy a decirle a usted una cosa confidencialmente- -manifestó Perivale- ¡E s t o no es un diamante! ¡E s t o es pasta Y ¡fué recogido del cadáver de Auberge pocos minutos después de haber sido asesinado. Místress Wolstrocm se echó hacia a t r á s instintivamente y dijo con espanto: ÍSe coníimtaré (CONTINUACIÓN) E n t r e g ó el diamante a Hartmore, y IHartmore, sorprendido, lo. a g a r r ó y lo examinó durante algunos segundos. De pronto lanzó una exclamación de profundo asombro. ¡D i o s mío! -dijo- ¿Q u é significa esto? ¡l i s t o no es un diamante! ¡E s una imitación CAPITULÓ XIII Qué? Aunque el inspector y el detective se habían mostrado impeiturbables hasta entonces, l a exclamación de Hartmore los sacó a ambos de su impasibilidad. E l inspector, que se disponía a escribir de nuevo, dejó caer su pluma y empezó a mirar de Hartmore al diamante y del diamante a Perivale. Y Perivale, con un movimiento rápido de l a mano, recogió la piedra de entre los dedos de Hartmore. -S i esto no es un diamante- -preguntó con viveza- ¿q u é es? ¡P a s t a! -r e p l i c ó Hartmore con énfasis- Nada más que pasta! ¿E s t á usted seguro de eso? -Arriesgo en ello m i reputación profesional. Llevo tratando en diamantes hace veinticinco años- -replicó Hartmore- S i lo hubiera examinado antes, después de haberlo sacado del bolsillo del chaleco de Auberge, hubiera reconocido que no es un diamante. Pero, como le dije, nunca lo había examinado hasta ahora. Sólo eché una mirada al interior de la cajita, v i que relucía envuelto en su algodón y deduje que era el diamante. Pero... no es. Perivale puso la imitación sobre l a palma de su mano izquierda y la examinó desde varios puntos de vista. -Pues yo hubiera pensado que era un diamante- -dijo- ¿U s ted no, inspector? -N o entiendo de esas cosas- -replicó el inspector- N o podría distinguir un diamante de un pedazo de vidrio. Perivale recapacitó sobre los acontecimientos de. aquel día. -Míster Hartmore- -dijo de pronto- esta mañana, después que usted salió del Juzgado le v i entrar en una joyería de esta ciudad. ¿E n s e ñ ó usted al joyero esta piedra? -i Pero no acabo de decirle- -replicó Hartmore, enojado- -que YO no lo había mirado nunca, sino muy por encima, antes de esconderlo? ¿C ó m o podía yo enseñárselo al joyero sin haberlo examinado? N o yo e n t r é allí, en casa de Relverson. para ver algunos objetos que había en el escaparate. P a r a que usted l o sepa, eran ñas cucharas viejas de plata que le compré. ¿L e parece a usted que Kelvérson es perito en diamantes? -p r e g u n t ó Perivale. -Debe de serlo- -replicó Hartmore lacónicamente- E s ya viejo y en su época vendió mucho. -Bueno, voy al domicilio particular de Relverson para enseñarle esta piedra y ver lo que me dice- -declaró Perivale, levantándose- N o es que yo dude de la palabra de usted (usted tiene que estar muy versado) pero dos opiniones valen m á s que una. S i n embargo- -se detuvo vacilante- lo que me sorprende es por qué Auberge llevaría esta piedra si es imitación. ¿Se lo explica usted? -Pudo haber mandado hacer una imitación con algún fin que a mí no se me alcanza- -replicó IHartmore- Esta debe de ser una réplica exacta del diamante real. E n P a r í s hacen muy bien estas cosas. -Bueno, vamos a ver lo que dice Relverson- -dijo Perivale- ¿Q u é dice usted, inspector? -M e parece lo m á s indicado- -replicó el inspector- ¡Es muy desconcertante todo esto! -Y conmigo... ¿q u é hacen ustedes? -preguntó Hartmore- A h o r a que ya se lo he contado todo, y me figuro que han visto a místress Blank, espero que no me van a tener encerrado aquí. E l inspector m i r ó a Perivale y ambos se apartaron a u n rincón y cuchichearon un par de minutos. -Bueno, míster Hartmore- -dijo el inspector por fin- E s mucha verdad que hemos interrogado a mísíress Blank y ella confirma su relato sobre el descubrimiento del cadáver de Auberge. Desde luego y a sabe usted que todo ha de quedar en claro al fin. Procuraremos descartar a místress Blank, si nos es posible; pero tal vez sea neccs- irio citaría para contrastar las afirmaciones de usted. Ustedes procedieron muy atolondradamente. Debieron ustedes haberse presentado en seguida y usted no debiera haber escondido el bastón ni guardarse nada reservado. Sin embargo, puede usted marcharse si nos promete no salir de la ciudad hasta que le G? TI S permiso. Es de suponer que se volverá usted al hotel, Pero
 // Cambio Nodo4-Sevilla