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Wffl 7 kmJ. S. BJRM FLETCHER CONTINUACIÓN) ¿Y esa místress Blank es una persona honrada, de cuya palabra pueda uno fiarse? -P o r mis observaciones, sí- -replicó Perivale- Y o estoy convencido de que es una mujer eminentemente sincera; desde luego, es de indudable respetabilidad; reside aquí y es muy conocida. También sus criadas eran, a m i juicio, mujeres de cuya palabra puede uno fiarse. -Me gustaría ver el bastón- estoque- -observó Pelabos. E l inspector lo sacó de- un armario, y Pelabos extrajo el estoque y lo examinó eu silencio. L o volvió a colocar sin decir palabra y entregó de nuevo el bastón al inspector; después de lo cual, plegando sus manos sobre l a empuñadura de su paraguas, pulcramente arrollado, apoyó la barba sobre los nudillos y se quedó mirando a l a alfombra. ¿Cuál es su opinión, señor? -preguntó Perivale, después de un silencio que empezaba a ser embarazoso. Pelabos levantó la vista lentamente y sonrió, con una sonrisa como l a que podría dirigir un tío indulgente a un sobrino ingenuo, que le formula una pregunta difícil de contestar. ¿M i opinión, señor? -dijo- Pues mi opinión es que por ahora, entiéndame usted, por ahora, no hay pista ninguna para identificar a l asesino. Y pienso, además, que cualquier pista que pueda presentarse se h a b r á de levantar, no aquí, sino en P a r í s -Y o también empiezo a pensar eso- -manifestó el inspector tristemente- H a y que tomar el agua de m á s arriba; hay que empezar desde antes que el S r Auberge hubiese venido aquí. Pelabos se volvió a su compatriota y le d i j o -S e g ú n la exposición admirablemente clara de míster P e r i vale, usted, señor Delardier, permitió que este diamante valiosísimo estuviese durante tres días en manos del señor Auberge, poco antes de que usted se lo entregase en definitiva para traerlo a Inglaterra. -S í quince días antes- -respondió Delardier. ¿Y por q u é se lo entregó entonces? -P a r a que pudiese examinarlo- -dijo Delardier- L a s circunstancias eran las siguientes: Los señores Spring y Budini, mis dos colegas o socios, y yo, adquirimos ese diamante. H a b í a mos hecho ya operaciones parecidas, principalmente con piedras preciosas llevadas a P a r í s por refugiados que escaparon de R u sia en tiempos de la revolución y deseaban desprenderse de sus propiedades. Esta es una joya de valor extraordinario... y creímos que habría m á s probabilidad de venderla con ventaja en Inglaterra que en Francia. Auberge nos fué recomendado como ün hombre de absoluta honradez y como un experto. Spring le conocía, además, personalmente. E l diamante estaba bajo mi custodia (yo soy el socio activo de nuestro Sindicato) y se lo entregué a Auberge por tres días, a petición suya. P o r entonces pensé que deseaba enseñárselo a otros. A l cabo de los tres días me lo devolvió, y y o lo g u a r d é en mi caja ele caudales hasta la partida de Auberge para Eolkestone, momento en que se lo volví a entregar en presencia de mis socios, Spring y Budini. E n ambos casos, Auberge me dio un recibo por escrito de la piedra. E l primer recibo se lo devolví cuando, al expirar los tres días, me devolvió el diamante, y el segundo recibo está en m i bolsillo todavía. Pelabos se quedó reflexionando un rato. P o r fin se levantó, abrochándose el abrigo, y m a n i f e s t ó -Quisiera saber lo que Auberge hizo con ese diamante durante los tres días de que usted habla. ¡H a y que averiguarlo! Pero, entretanto, les propongo que me enseñen el sitio donde A u berge fué asesinado. -Iremos con usted- -dijo Perivale. S i n embargo, Perivale no pudo ir. Cuando los cuatro salían Üe l a Jefatura, un mensajero del Royal Pavilion Hotel se presentó al detective y, entregándole una esquela, manifestó que esperaba contestación. Perivale r a s g ó el sobre y miró con. presteza l a media hoja de papel que contenía. Estimado señor Perivale: ¿Q u i e r e usted hacer el favor de venir por el hotel? Acabo de hacer un importante descubrimiento y todavía no he dicho nada a nadie. D e usted afectísima, Adelaida Shepperson. Perivale llevó aparte al inspector y le m o s t r ó el mensaje. -Tengo que ir en seguida- -susurré) E s una joven muy list a no me llamaría si no tuviese buenas noticias. V a y a usted con estos dos a L o s Prados. Y o i r é a juntarme con ustedes allí. Se dirigió apresuradamente hacia el hotel, y en seguida, se encaminó al comptoir, donde miss Shepperson le esperaba i m paciente. L a empleada le dirigió una mirada muy expresiva y prornetedora. ¿Qué hay? ¿Q u é es lo que ha encontrado usted? Miss Shepperson se inclinó sobre el mostrador. Estaba sola en la oficina y no había nadie m á s en el hall interior; pero, a pesar de todo, empezó a hablar en voz baja. -i N o me he llevado sorpresa mayor en m i v i d a! Todavía no se lo he dicho a nadie, ni siquiera al director. M e pareció que debía guardar secreto hasta que le viese a usted; y como me pareció una cosa sumamente importante, m a n d é a buscarle en seguida. ¡E s usted una muchacha admirable! -exclamó Perivale con muestras de cordial aprobación- Y a sabía yo que era tsted ana alhaja. Bueno... ¿y de qué se trata? -A t r i b u y a usted a la viva curiosidad femenina el que. haya descubierto algo en absoluto- -dijo miss Shepperson- P o r lo ¡menos, atribuya usted a eso l a mitad, y l a otra mitad a mera coincidencia. Bueno, pues p a s ó l o siguiente... Hace cosa de una hora iba yo por el corredor donde está l a alcoba que asigné a l señor Auberge, y que usted y su inspector examinaron tan a fondo y- -añadió con cierto brillo socarrón en los ojos- -tan sin resultado. D e pronto me dio g- ana de echar un vistazo... realmente no sé por qué, como no fuese un poco de curiosidad morbosa. Andaba por allí la camarera de aquel piso y la m a n d é que me abriese con su llave. E n t r é y no hice m á s que mirar alrededor, cuando encontré... una cosa. ¿Qué, qué? -preguntó Perivale- Dígamelo. -Á g u e r d e un minuto- -dijo miss Shepperson- A h o r a mismo va a venir mi compañera y subiré con usted. V e n d r á dentro de un segundo. L a compañera no volvió ni ai cabo de un segundo ni de sesenta; pero los labios ele miss Shepperson rehusaron decir m á s hasta que llegó. Entonces miss Shepperson hizo señas a P e r i vale de que la siguiese y le condujo hasta l a puerta de la habitación de Auberge, llamando de paso a la camarera. Abrió l a puerta de par en, par e invitó al detective a que cruzase el umbral con cierto aire de triunfo. ¡Bueno! -dijo- Usted y el inspector examinaron hasta la última pulgada de este aposento, según me dijo usted. Ñ o dejaron ustedes ijada sin mirar. Usted es muy listo, míster Perivale; pero voy a enseñarle algo que a usted no se le ocurrió inspeccionar. Me parece que le vencería a usted en esta clase de trabajos. -M e está usted dejando reducido... no sé a qué- -exclamó Perivale- N o se me ocurre nada... nada en absoluto! que yo no examinase con el mayor cuidado. ¿A qué se refiere usted? ¿D ó n d e está? Miss Shepperson apuntó a l a cama. ¿V e usted esa cama? -empezó por decir. ¡L a hemos examinado pieza por pieza! -interrumpió P e rivale. ¡T a l vez! Pero fíjese usted qué armazón tiene de latón tan sólido. Realmente es una obra bien hecha. Y observe que en las cuatro esquinas hay cuatro boliches extraordinariamente anchos que se atornillan sobre las barras angulares. Pues bien, míster Perivale; desatornille usted ahora el boliche del lado izquierdo. Con una exclamación contenida de asombro y desconfianza Perivale a g a r r ó él boliche que miss Shepperson indicaba... y, con enorme sorpresa, se le quedó en la mano. -M i r e ahora por dentro- -dijo miss Shepperson- -y vuelqúelo. Perivale miró dentro del agujero del boliche y luego lo invirtió. Sobre la colcha de l a cama cayó una cajita, réplica exacta de la que él llevaba en su bolsillo con el diamante imitado. Quitó en- tonces la tapa de la nueva cajita y lanzó otra exclamación de asombro. Dentro había una masa floja de algodón... y nada más. ¡Diablo! -dijo Perivale- ¿Y usted dio. con esto? -N o puedo decir que yo di con ello- -replicó miss Shepperson- Y a le dije que ha intervenido mucho en el descubrimiento la casualidad. L a cosa ocurrió de este modo: cuando yo entré en esta habitación para echar una ojeada coloqué por casualidad l a mano sobre ese boliche (mera casualidad, ya le digo a usted) y se quedó entre mis dedos como se ha quedado entre los suyos. Natu- raímente, m i r é a ver si el paso de rosca estaba estropeado, y entonces v i lo que había en el hueco interior... ¿Y la caja estaba vacía? -exclamó Perivale. -N o podía estar ele otro modo- -dijo miss Shepperson conscientemente- ¿De qtié otra manera podía estar? Perivale l a m i r ó escrutadoramente. Luego miró hacia la puerta, todavía abierta, y vio unas camareras que trajinaban por el corredor. Bajó, pues, la voz y p r e g u n t ó ¿P u e s q u é explicación da usted? Porque usted es una muchacha lista y veo que se ha formado su hipótesis. D í g a m e cuál es. í (Se continuará.