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RETABLILLO ESPAÑOL T LA ULTIMA INGENIOSIDAD DE QUEVEDO AN presto como el conde- duque tuvo a bien de dar por finada l a injusta y c r u delísima prisión de D Francisco de Quevedo, en el leonés monasterio de San Marcos, el autor insigne de Los sueños recogió su escuálido petate y tomó l a vía de l a Corte. N o te pienses, hermano lector, que viniera henchido de contento, con esa grande alegría que siempre produce el cobrar la l i bertad perdida luego de u n largo y áspero cautiverio. N o tanto los años como los rigores de l a prisión traíanle enfermo y melancólico. S u noble faz estaba demacrada y consumida por las largas vigilias y los forzados ayunos; el cabello teníale y a todo blanco, como plata h i l a d a los espejuelos que a u x i liábanle los cansados ojos acusábanle más el sarmentoso tono de la cara. Se apeó de l a posta en l a puerta de G u a dalajara L a vestimenta era asaz pobre y raída p ara Servir de envoltura a tan alcurniado procer del pensamiento. Traía en l a diestra su mísero hatillo y en la siniestra un pequeño envoltorio dado por los frailes, que durante los últimos meses de prisión, más que sus guardianes fueron sus camarádas. Espada no traía en la cinta, ñero en el pecho triunfaba, aunque harto descolorida, la caballeresca cruz de Santiago, D o n Francisco de Oviedo fué. el único amigo que acudió a recibirte, y cierto que el reconocerle le costó algún trabajo. Abrazáronse muy estrechamente los dos camarádas, y sin perder tiempo encamináronse a la casa de Oviedo. Este decía mientras en busca de l a mansión se metían por el dédalo de callejas que- circundan la plaza Mayor: -N o parece, en verdad, que venga vuesamerced del reino de la abundancia, pero y a dio en M a d r i d que es l o importante, donde tiene lo suyo, tal y como lo dejó. -T o d o s cuando me prendieron- -repuso D F r a n c i s c o- luego diéronme boleta de difunto, y así y a nadie se volvió a recordar de m í únicamente vuesamerced ha sido fiel a la amistad y ha pensado que podría v o l ver, y por ello vengo a encontrar intacta m i pobre hacienda. D i jóle Oviedo que fuese lo primero vestirse de limpio así como descansase y acudir a dar las gracias al poderoso ministro que habíale dado la libertad. U n gesto de repugnancia dibujóse en la taz del vteio poeta, el cual desvaneció su camarada, diciéndole que mejor estábale ponerse a bien con el de Olivares, pues ya sabía cómo, para desgracia de España, era dueño absoluto de la voluntad del Rey y amo d e l a nación; por todo lo cual siempre que viniérale en gana háríale sentir el duro peso de su omnipotencia. Prometióle. Quevedo e s c r i birle una carta m o s t r á n d o s e agradecido, porque no se encontraba con fuerza de voluntad bastante ni la necesaria resignación cristiana para humillar 1 se en persona. Y haciendo, inauditos esfuerzos para que no se rebelase su hombría, escribió la carta, harto humilde, y parecida a aquella otra que escribiera en la prisión y que empezaba a s í Señor, un año y diez meses ha que se ejecutó m i prisión, a 7 de diciembre, víspera de la Concepción de Nuestra Señora, a las diez y media de la noche, y fui traído en el rigor del invierno, sin capá y sin camisa, de sesenta y un años, a este convento de San Marcos, en León, donde he estado todo el dicho tiempo con rigurosísima prisión, enfermo por tres heridas, que oon los fríos y la vecindad de un río que tengo a la cabecera se rae han cancerado, y, por falta de cirujano, rio con impiedad, me las han visto cauteriza! -por mis manos; tan pobre, que de limosna me han abrigado y entretenido la v i d a L a escasez ya dicha de. su hacienda no consentíale v i v i r en M a d r i d con la decencia que tenía por costumbre, por lo cual determinó retirarse por siempre en sus soledades, de la T o r r e de J u a n Abad. Con mucha pesadumbre despidióle sú fiel camarada y tocayo O v i e d o tanto, que, al darle el abrazo de despedida, temblóle la voz con resabios de lágrimas. -Y a será bien- -dijo Quevedo- -que sea este el postrer abrazo que nos demos, pues que yo no volveré a la corte; esta tos y estas postemas que me laceran el pecho no quieren dejarme si no es con la vida. L a T o r r e está m u y lejos, y vuesamerced no podrá ir a ella, no por falta de voluntad, sino por rigor de sus menesteres; de suerte que, digámosnos: ¡H a s t a la otra v i d a! Y aquella misma tarde se partió para la aldea. Pensó que los aires sanos del campo, y la quietud, forzosa daríanle algún alivio; pero lo mismo fué pisar la tierra amiga que recrudecérsele los achaques, Como en la T o r r e por. ser pueblo pequeño, carecía de lo mas oreciso, y la enfermedad caminaba muy efe prisa, se trasladó a Villanueva de los Infantes; pero ya l a muerte le había echado la garra, y desde el punto y hora en que llegó se le arrebujó a los pies de l a cama, como fidelísimo gozquezuelo. Crueles por todo extremo eran los sufrimientos que tenía; habíans. ele vuelto a en? conar las llagas y postemas que le causara l a humedad de aquel inmurado calabozo de San Marcos de León, y aquella tos bronca y pertinaz amenazaba rajarle el pecho cada vez que le atacaba. ¡A y Pedro! -decía a su sobrino- esto se va, por mucho que lo queramos detener, -y en verdad que ya es hora. A v i s a a l escribano para m a ñ a n a que no quiero marcharme de esta vida sin de- j a r primero, mis cosas en orden. A l día siguiente, que era el 24 de abril de 1645, dejó cumplida esta diligencia. L a hacienda dejóla, con el mayorazgo, a su sobrino don V Pedro Aldrete y C a r r i l l o con la condición de que se llamase también Quevedo. MONUMENTO A D. FRANCISCO. D E QX EVEDO, OBRA D E QUERO L, (FOTO v. E N L A GLORIETA D E ALONSO MARTÍNEZ, EN MADRID MURO)
 // Cambio Nodo4-Sevilla