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A B C. D O M I N G O 30 D E A G O S T O D E 1931. E D I C I Ó N D E ANDALUCÍA. PAU. PE M A S ACTUALES Consejeros de consejeros Oficial y oficiosamente lo han desmentido en E s p a ñ a el diputado socialista francés M A u r i o l no ha hecho el viaje a la P e n í n sula llamado por el Gobierno de M a d r i d para consulta sobre los problemas económicos que se nos plantean en la hora actual. E l Sr. A u r i o l ha ido en visita de vacaciones, un poco turista y otra poco para saludar al socialismo español, correspondiendo, como él ha dicho, al saludo que le llevara a l a R e dacción d e l Midi Socialists. hace veinticinco años el fundador del partido socialista obrero de E s p a ñ a Pablo Iglesias. E s t á bien que queden aclaradas las cosas: M A u r i o l no ha ido como consejero. M o n sieur A u r i o l es, sin duda alguna, un estimado economista, pero nadie ha pensado en poner a. contribución su ciencia. N o podía incurrir el Gobierno de la República en aquella puerilidad de la Dictadura apelando al testimonio de un caballero importante para convencer al mundo de que la situación económica de E s p a ñ a era buena y sólida. N o soy, sin embargo, miembro del coro de los que opinan que no se debe buscar fuera algo si falta en el propio solar, ni de ios que desdeñan el consejo venido del otro lado de las fronteras. Antes a l contrario; ejemplos hay por esos mundos que pueden sernos muy provechosos, y en otras partes aplicaron remedios a males. muy semejantes a los sufridos por E s p a ñ a N o sería prudente desdeñar las enseñanzas n i perder el tiempo en buscar l a fórmula que ya estuvo aplicada c o n é x i t o A h o r a bien; la cuestión está en buscar bien las referencias y los asesoramientos. P o r lo pronto, parece elemental rehuir todo consejo unilateral, que puede estar influido por las circunstancias de quien lo da. Todo hombre es m á s o menos obediente a un subjetivismo determinado por su nacionalidad, posición o doct- ina política, concepto de la economía, etc. etc. ¿M a s cómo encontrar l a opinión objetiva? Quizá no haya otro medio que apelar a la concurrencia de dictámenes. Y que estos dictámenes sean de hombres experimentados en problemas análogos a los nuestros. ¿D ó n d e están esos hombres? N o es tan difícil dar con ellos. N i siquiera hemos de hacer l a búsqueda por propia cuenta. E l método es muy sencillo. Existe en Ginebra la secretaría de l a Sociedad de las Naciones, de l a que es E s p a ñ a Estado miembro, con plenos derechos. ¿Y cuáles son esos derechos? L o s dp recurrir a los. organismos técnicos de l a institución para pedirles el servicio a que están obligados. Esos organismos son, entre otros, el Comité financiero, el Comité económico, el Comité de higiene... A l cabo de diez años de actividad, esos organismos han alcanzado un gran valor por la documentación recogida, los resultados de los estudios de cada problema en sus diferentes modalidades, por la intervención de las personas reconocidas como m á s capaces y autorizadas en determinada materia. Ninguna poseerá la verdad absoluta, pero juntas, del contraste de sus respectivos puntos de vista, es casi seguro que estaremos muy cerca de obtener la v i sión clara de la cuestión planteada. Cuando la Sociedad de las Naciones ha recurrido a esas personas, no lo hizo a ciegas ni se detuvo a considerar otras razones que la capacidad demostrada por cada uno de los llamados a colaborar en la tarea asignada a sus múltiples organismos técnicos. L a Sociedad de las Naciones buscó al científico, al expert allí donde estaba, sin pararse a hacer distingos de orden nacional, escuela o partido. Así vernos en los Comités hombres procedentes de todas las latitudes geográficas x políticas, ya que l a ciencia no está monopolizada por n i n g ú n pueblo. P o r esté procedimiento racional encontramos sentados ante la misma mesa de estudio al m i nistro de Hacienda de Bélgica, Sr. Janssen, v al profesor de l a Facultad de Ciencias Económicas de. Frankford Sr. Calmes. N o sería E s p a ñ a el precedente si recurriera a los organismos de la Sociedad de las Naciones, usando de su derecho de Estado miembro. Antes supieron utilizarlos otras naciones: Austria, Albania, H u n gría, Grecia, China... para estudiar planes de reconstrucción económica, reformas fiscales que restablecieran el equilibrio de la hacienda pública, sistemas para detener la desvalorización de la moneda y consolidar el crédito. Todos esos países recurrieron a los hombres científicos, por medie de la Sociedad de las Naciones. Nuestro vecino Portugal aplicó el plan de reforma financiera que le diera la comisión enviada por la Sociedad de las Naciones a Lisboa en 1028. E s ciare que si un país tiene entre sus nacionales hombres peritos capaces de enderezar una situación dada, no necesitará recurrir a buscarlos fuera. Pero, desvies de las declaraciones hechas por nuestro ministro de Hacienda, podríamos concluir que es necesario el concurso de consejeros autorizados con el aval de la Sociedad de las N a ciones, ANTONIO. AZPEITUA PROBLEMAS ACTUALES Constitución avanzada) Una de las fuerzas que más tiránicamente se hacen sentir sobre las masas en el actual efervescente v i v i r del mundo es la sugestión de ciertos vocablos sonoros, sobre cuyo auténtico sentido casi nadie se pregunta, pero que por lo mismo gozan entre las gentes del prestigio sagrado, inherente a todo lo reputado misterioso e indiscutible. A la verdad, de poco sirve a la mentalidad moderna haber sacudido el yugo de añejos prejuicios empezando por el ya ancestral de la concepción mágica del Universo y de la vida, si ha de ser para recaer en nuevos conjuros de magia, esta vez de carácter puramente verbal, como normas directrices de lá conducta humana. De las varias esferas en que esta conducta se desenvuelve, quizá sea la política aquella en que resulta m á s avasalladora la fascinación que en el ánimo de las muchedumbres ejercen, gracias a un seductor ropaje verbal, las m á s alborotadas ideologías. Poco importa que sus portavoces se queden perplejos al simple requerimiento de lo que pudieran significar aquellas deslumbradoras expresiones, que son como la marca de fábrica de su mercancía espiritual; nada representa la vaciedad de esta última, y aun lo que es peor, su nocividad para que deje de lograr un éxito de público con tal que la vistosidad del pabellón la encubra decorativamente ante la ingenuidad popular. M e hacía yo estas consideraciones días a t r á s al ver autorizadamente pregonado en la. Prensa el flamante proyecto de Constitución como uno de los m á s avanzados entre los Estatutos políticos contemporáneos; lo cual era bastante para ponderarlo como uno de los mejores de los que m á s cumplidamente pudieran responder, en el momento actual, a las ansias de progreso renovador en que se agita el pueblo español. H e ahí barajada una serie de palabras- -avance, mejoramiento, progreso- -y, lo que es m á s grave, ostentada como prestigioso rótulo, a manera de reclamo comercial, en el frontispicio de un nuevo programa cíe rida política, prejuzgándolo como óptimo, sin que por un momento aparezca la preocupación! por aclaramos el sentido o el criterio conforme al cual se nos da por indiscutible: semejante valoración. ¡Y sin embargo, éste sería el problema capital, el único digno de plantearse razonablemente ante, la nación española, propio para encauzar concienzudamente el gran pleito de su porvenir! L a palabra avanzada ha tomado carta de naturaleza en l a terminología politi- i ca, como significativa de rapidez y de radicalismo en la trayectoria de un movimiento reformador. Frente a un criterio sisteniáticamente conservador reacio a toda innovación, partidario del statu quo, favorable a un concepto estático de la vida p ú b l i- ca, e incluso frente a un reformismo excesivamente parsimonioso en su objetivo, o pausado en sus procedimientos, el avanzado estima servir m á s fervorosamente l a causa del ideal forzando por ventura sus etapas, para anticipar su bienhechor advenimiento. H a y bajo esta actitud una latente arma- dura espiritual que lógicamente la sostiene, y sobre cuya consistencia se hace indispensable un poco de reflexión, si no hemos de dejar las más altas cuestiones de la vida, cuales son las políticas, a merced de las obscuras veleidades- del instinto. L a vida humana es un itinerario, y nada tiene de sorprendente que los viajeros en él comprometidos adopten ante los variados panoramas en que va desarrollándose las actitudes m á s diversas. Que los hombres de suyo refractarios a la inquietud mental del m á s allá y sobre todo bien avenidos con el lote de felicidad personal que les haya deparado la fortuna, cifren su única ambición en conservarse en la tranquila posesión de su legítimo usufructo, ¿puede ext r a ñ a r a quien quiera se haga cargo de los apremiantes requerimientos vitales de l a existencia humana? Pero en la trayectoria de la vida no todo es ni debe ser t r a d i c i ó n de un pasado consagrado o consolidación de un presente celosamente privativo. L a v i d a es interrogación constante, inestabilidad perenne, y ello no precisamente en función de repetir invariablemente un tema dado, sino con vistas a ampliar sus horizontes, a profundizar sus perspectivas, a ensanchar gradualmente el círculo de los llamados a paladear sus exquisiteces m á s refinadas. De a h í surge el sentido doblemente dinámico de l a vida, como itinerario en perpetua tensión hacia un porvenir siempre mejor. Pero por lo mismo que, siempre mejor no todos los dinamismos merecen igual aplauso ante los trances decisivos de la vida. H a y dinamismos que no logran superar el vértigo infecundo de una agitación desordenada y frenética tales son, en política, los espasmos revolucionarios a que reducen su triste actuación cuantos se sienten incapaces de afrontar con sentido constructivo los arduos imperativos sociales de la conciencia humana. L o s hay que, ante las angustiosas peripecias del viaje, invitan a retroceder, a reaccionar hacia posiciones pretéritas, juzgadas m á s ventajosas en su mediocridad que la pavorosa incertidumbre final de audaces iniciativas. Los hay también que, abundando en un optimismo desenfrenado, no se arredran ante las rupturas radicales con el pasado, sin preocuparse de reemplazar, ventajosamente las instituciones vigentes, semejantes a esos temerarios viajeros que na vacilan en forzar la marcha de su vehículo o lanzarlo por ingnorados vericuetos, cuando no por siniestros abismos, con tal de satisfacer su sed de aventuras. Finalmente, se dan dinamismos, incluso políticos, en los que el ansia del ideal, de progreso ininterrumpido, se hermana maravillosamente con él sereno dominio del ritmo vital, COR l a
 // Cambio Nodo4-Sevilla