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a PASAIERO DE FOLKESTOIME POR J S. FLETCHER formes que podían dar los empleados del comptoir. P o r lo demás, bueno, acaso el portero... El portero en cuestión, a quien se encontró por fin, recordaba a míster. Ecks- inglés. Sí, u n señor que con dos maletas marchó temprano, es decir, antes de las, ocho. j O h isí! E l portero le había buscado un taxis. ¿Sabía el portero el número del coche o conocía a su conductor? D e l número no tenía, idea. -Había tantos números de coches! Pero a l conductor sí te conocía. E r a un muchacho cuyo coche se encontraba generalmente en la parada contigua. ¿Habu: que buscarle? Pues- inmediatamente... E l portero ie conocía lo mismo me a su propio hermano. A l cabo de u n a h o r a el conductor se hallaba, delante de Pelabos. y de Perivale. También él tenía buena memoria. Recordaba al inglés de las dos maletas, a quien llevó desde el hotel a las ocho menos cuarto de aquella mañana particular... un Mércales. ¿Y adonde le llevó, usted? -preguntó Pelabos. E l conductor empezó; a mover las. manos y los hombros y respondió: -r- Pues mire, señor. P r i m e r o me dio orden de llevarle a l a estación de L y o n N o s pusimos en marcha. Pero en ta esquina, de la plaza de l a Bastilla, entiéndame el señor, en el ángulo que forma con la plaza de la. Bastilla, l a calle de S a n Antonio, me detuvo. M e dice que no quiere seguir, que quiere apearse allí mismo, porque h a y allí un amigo a quien desea ver. M e paga y coge sus dos maletas. E c h a a andar y dja vuelta a l a esquina, Huevando una maleta en cada mano. P o r fon él desapareció y y o me volví. Cuando el conductor del taxis se había retirado, Pelabos miró a P e r i v a l e y comentó: -E s t a huella h a llegado a su fin, amigo mío. E c k s se h a perdido en el océano de París. P e r o no i m p o r t a fe encontraremos. T a l vez no en P a r í s pero le. encontraremos en alguna parte. E n t r e tanto vamos a visitar la oácina del difunto señor Auberge. -S i n duda puede haber a l l í a l g o- -d i j o Perivale melancólicamente- Pero a mí. me hubiera gustado ño perder la pista de E c k s Cuando el conductor mencionó la estación, de L y o n y o esperaba que se hubiese ido a Montecarlo, donde hubiera sido muy fácil pisarle los talones. -Y a le dije antes que mister E c k s e s indudablemente un hombre listo- -manifestó Pelabos- P o r lo mismo que l o es, prefiere perderse en. París, donde, como usted decía, hay tres millones de almas. S i n embargo, yo he encontrado en. París más de una vez al hombre que buscaba... Y encontraremos a E c k s P e r o ahora... ¡Auberge! Emprendió el camino! de l a oficina de Auberge, quitó los sellos oficiales de la (puerta y, acompañado de Perivale, empezó- a examinar la mesa del difunto. P e r i v a l e podía ayudar poco en aquella investigación; pero, afortunadamente para él, se llegó pfontó a l tfki. D e un cajón interior de la mesa Pelabas sacó de pronto uu ¡libro pequeño. -A m i g o m i í o- x c l a m ó- -aquí se halla, de seguro, l a clave en. que está c i f r a d o ese doctaneatp. (CONTINUACIÓN) Delardier se hallaba en eü vapor que llevó a los dos detectives hasta Boulogne. En. Boulogne, P e r i v a l e le v i o montar en el expreso de París y observó que Delardier le veía a él y no le hizo ninguna seña. Cuando se dirigían a l a ciudad se acordó repentinamente de una cosa y, volviéndose a Pelabos con una exclamación de disgusto, d i j o -E s t o y perdiendo l a cabeza; M e olvidé de averiguar la dirección de ese Sindicato de París. ¡Debiera habérsela preguntado a Delardier. Pelabos sonrió enigmáticamente y contestó con frialdad: -N o se preocupe, señor P erivale. E s o se ouede obtener sin dificultad cuando sea necesario. P o r ahora estamos indagando lo ¡que se refiere al señor E c k s y sus viajes. Y o creo que hemos de averiguar algo en esta ciudad de Boulogne. Efectivamente, esta suposición de Pelabos resultó acertada. Bastaron muy pocas indagaciones para poner, en claro ciertos hechos respecto a míster Ecks. -E l lunes por l a tarde, 23 de octubre, el señor E c k s marchó del Hotel Cristal c o n dos maletas! con r u m bo a la estación del puerto. E l hombre quede llevó las maletas dijo que, a l dejar el Hotel Cristal, eü señor t cks había manifestado (en presencia del portero de aquel hotel) que se, dirigía a la estación deJ puerto. Pero, -cuando habían pasado él puente, el señor E c k s cambió su intención, y sus instrucciones y r o g ó al hombre que le llevase las maletas a u n pequeño hotel situado- en l a banda opuesta del puerto. Allí le despidió, y el hombre no sabía más. Pero io sabía el propietario del pequeño hotel. MAsier E c k s tornó una habitación y asistió al traslado de sus dos maletas ¡hasta ella. Luego se metió l e n el bolsillo- la llave, manifestó que pasaría fuera l a noche, pero f volvería al día siguiente, y pagó su ¡factura por adelantado. E f e c tivamente, a l otro día, o con más precisión a eso de las cuatro de f i a tarde, volvió míster E c k s en un alegante automóvil. E n aquel iaiitomóvil fué colocado el equipaje y en el mismo automóvil se marchó. ¿D e dónde venía? ¡A h eso ¡no lo sabía el propietario... ¿Quién podría decirlo? Pero el propietario sabría, por ejemplo, si el automóvil era alquilado. Y en efecto, l o e r a el automóvil, u n coche magnifico, no era desconocido para el propietario; había sido alquilado en u n garage de l a ciudad. ¿P e r o a qué punto del globo ¡había escapado en él míster E c k s E s o ¡a y! no lo sabía el propietario en absoluto. S i n embargo, l o sabía l a gente del garage. Allí recordaban perfectamente a. míster E c k s ¿Cómo no? 5 Ün inglós... con los bolsillos atiborrados de d i n e r o! Y como todos los ingleses por el estilo, también él ¡había de tener a su disposición el coche más elegante y más potente. Y se había marchado... ¿Adonde? ¿Adonde si no a París? ¡A París, con toda certeza! ¿Adonde había de marcharse un inglés c o n los bolsillos atiborrados de dinero si rio a París? ¡A París. s í! ¡Donde hay tres millones de almas! -exclamó Perivale, recordando las estadísticas- ¡T r e s millones! E l propietario dfel garage estaba de acuerdo. La observación, del señor era, indudablemente, exacta. Había de ser tarea muy difícil encontrar a un. hombre entre tres millones más. P e r o había de tener ánimos e! señor. N o estaba allí el chauffeur? i Ánimos, -ánimos ¡Llegó v i chauffeur y resultó que l o sabía todo... ¿Cómo- no? Se acordaba del caballero inglés y de sus dos. elegantes maletas, y del largo viaje a París por l a tarde... ¡O h s í! Tenía presente con toda exactitud eü sitio adonde había llevado al pasajero... ¡Pues, no faltaba m á s! S u memoria era portentosa... ¿A d o n d e? ¿Adonde? -preguntó Pelabos. -A l iHotel du. L o u v r e señor. Llegamos allí cuando los relojes de París estaban dando las doce dé la noche. Pelabas y P e r i v a l e se marcharon! E l francés estaba silencióse y evidentemente pensativo. Perivale mostraba propensión a charlar y. manifestó: -N o deja de ser una navegación suave y fácil. P o r lo visto no ha puesto mucho empeño, si es que h a puesto alguno, en ocultar sus movimientos. Pelabos reflexionó un rato en silencio antes de contestar. P o r fin d i j o -Indudablemente nos encontramos ante un hombre listo, señor. Esos que parecen 110 ocultar nada lo ocultan todo muchas veces, n fin, nos iremos a París. P e r o aquella noche no ¡había y a más trenes para París, y cuando dos detectives entraron en ef hall del H o t e l du L o u v r e eran ya cuatro y media de l a tarde siguiente. Inmediatamente Pelabo; endió indagaciones diplomáticas. Pero no había diplomacia na. E l señor E c k s inglés, había llegado allí a media noche del 4 de octubre, había pernoctado en el hotel y se había mara p r i m e r a hora, de la mañana siguiente. CAPITULO X V I ¿Espía? ¿Traidor? Perivale se asomaba. para m i r a r mientras Pelabos volvía las hojas, de l a clave. Personalmente no tenía experiencia dé intér- prete; para- él todo aquello era como Chino. Y asi lo. manifestó. -N o- importa, amigo m í o yo estoy convencido de que aquí se contiene l a clave de los documentos que he traído dé Fólkestone- -d i j o el francés- Y o me encargaré de descifrar esos documentos esta misma noche. ¿Vendrá usted a verme mañana a p r i m e r a hora? Pues y a seguiremos hablando a la luz. de 10 qu ¡e yo descubra. ¿E s p e r a usted deseaba r algo? -sugirió Perivale. -E s p e r o descubrir 1 nidio- -replicó. Pelabos- Recapacite us 1 ted, amigo mío. Ese hombre va de París a Kolkestone, aparentemente en relación con su. negocio de corretaje de diamantes; P e r o inmediatamente a. sv. llegada al hotel de Fólkestone pide que se le guarde en la caja del comptoir u n paquete de papeles que, al. ser examinados luego por usted, resultan estar escritos en c i f r a ¿P o r qué tan extraordinaria precaución? A m i g o mío y colega, señor Perivale. ¿110 se le ha ocurrido hasta ahora que el asesinato de Auberge podía no tener ninguna relación con ese diamante, n i n gún: en absoluto, y que, en cambio, estas cosas, estos papeles- que tengo en m i mano, escritos en; clave, son los únicos qir ¿tienen que ver con el crimen? (Se continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla