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canto en el cuadro, que no pudimos menos de informarnos. E r a n un grupo de Legionarias de la Salud, la Asociación hispánica creada para atender al mejoramiento físico de la raza, mediante la instruccifin y educación higiénica de la j u v e n t u d r í e r n e n i n a Este postulado se hallaba cumplido a nuestra vista. Nos acercamos a su profesora, doña M a t i l de L a r i o culta directora d é la colonia, quien amablemente nos dio detalles de su organización. Mens sana in corpore sano era el lema de ella. E n el pleno aire, deleitándose, aprendían las chicas a servir a Dios, a la Patria y a la Humanidad. Recibían entre los pinos, además del tónico vigorizador para el cuerpo, con el oxígeno y las prácticas higiénicas, enseñanzas que las apartaban de caminos de corrupción. Se capacitaban convenientemente para su emancipación ante las veleidades del siglo. E l Gobierno había Realizando ejercicios gimnásticos. (Fotos Mayoral Encinas. favorecido la excursión a Arenas de Sari Pedro, proporcionando el medio de locomoción, cuidando de facilitar la estancia, que les era muy agradable, en este sitio tan bello como desconocido. Terra ignota exclamamos nosotros. Sobre nuestras cabezas se levantaban ingen. tes, a l a quebrada luz de la tarde, los i m ponentes picachos de los Galayos de Gredos. Y en torno a ellos, como palomas blancas alrededor de las agujas de una C a tedral cristiana, las nubes giraban poniendo una nota vaporosa en el cobalto de la inmensidad. Arenas se acurrucaba en las faldas verdeantes, ingrávida, recogida y austera como el alma de aquel santo varón que cobijó en tiempos y que parecía hecho de raíces de á r b o l en el decir de la eximia fémina inquieta y andariega que se llamó ¡Teresa de Cepeda. das de blanco, parecían jirones desprendidos de las nubes que escalaban los Galayos. Palomas que se posaron en el suelo para encaminar sus pasos al recogimiento de la población. A su entrada, una vieja cruz de piedra nos sirvió para hacer un alto y plegar el grupo en torno a ella. Moría la tarde. E s peraba a las legionarias el descanso en el apacible palacio en que residen, un día morada del hermano de Carlos I I I D L u i s Antonio. Quizá ellas, dulcemente femeninas, en el remanso espiritual del palacio no hayan pensado en l a tragedia sentimental que presenció una damita que casó con el infante, ya viejo, y por cuya circunstancia su hermano el Rey le prohibió la entrada en la Corte. Ellas, que empiezan a iniciarse en las ilusiones del amor, tal vez no lo sabrán. N i tampoco la desventura de F é m i n a s de estos tiempos, buscando en la otra dama preterida por un Rey. Y a la comunidad del sexo, en contacto con la N a- muerte de su esposo, perseguido y vilipenturaleza y en aislamiento del mundanal diado, tan profundamente sentimental, con ruido, eran las que vejamos. Y a vestidas, to- todo el sentimiento que enalteció el alma de la mujer española, que llorando amargamente día tras día y cubierta de luto, no se llamó m á s que La Triste Condesa, con cuyo recuerdo perpetúa una de sus calles Arenas de San Pedro. Acaso no sepan ellas estos dos contrastes del amor, que deparó a dos almas femeninas el destino en el lugar en que residen. Ellas, que practican el sano culto de la Naturaleza, donde forman un alma para un amor que no saben lo que el destino le dep a r a r á Aunque, por otra parte, no crean preciso pensar demasiado en estas cosas de la Historia. Porque quién sabe si, andando el tiempo, existirán estos conflictos sentimentales de la damita que casó con el viejo enamorada de un rango social del que luego no le fué dable disfrutar, y de la mujer que lloró tanto ai esposo muerto. Las Legionarias de la Salud nos despidieron con la efusión de un temperamento abierto, poco abocado a las complicaciones espirituales. J. M A Y O R A L F E R N A N D E Z
 // Cambio Nodo4-Sevilla