Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
POR J, S, FLETCH (CONTINUACIÓN) ¡Waltori apuntó nacía el inspector -Y o no lo sabía, señor- -n. x ntestó- E s t é caballero me lo ha dicho. L o que yo le dije fué que lo que yo voy a contarle ocurrió la mañana del día en que se cometió el crimen. Y o me enteré a primera hora de ¡a tarde, poco después de haber vuelto del sitio donde había estado. Este señor me ha dicho que debió de ser el martes 24 de octubre. -A s í debió de s e r- -m u r m u r ó el inspector- L a fecha está de acuerdo. Pero siga, Walton. -Bueno, s e ñ o r pues el caso fué éste. E l taxis es de mi propiedad; lo compré hace algún tiempo. Y por lo general, salgo con él muy temprano, por la mañana... porque suele haber señores que necesitan tomar un tren de madrugada en la central. Aquella mañ a n a había salido a las siete y media, y poco después pasaba por la parte alta del paseo de Los Prados, porque muchas veces he recogido allí un pasajero madrugador. V i a un caballero que no llevaba equipaje ni objeto alguno, excepto un paraguas, que salió de una de aquellas fondas de Los Prados y se dirigió hacia m í ¿Q u é fonda? -interrumpió Perivale. -N o acertaría a decir, cuál con exactitud, señor... porque hay varias y todas se parecen mucho. S i n embargo, yo sé hacia dónde cae... casi frente por frente del t r a n v í a de las rocas. Bueno, pues se. dirige hacia mí. y levanta el paraguas. ¿C u á n t o hay de aquí a Newhaven me dice. Unas sesenta millas, señor digo. ¿Y cuánto tardaría usted en llevarme? me pregunta. Unas tres horas, sobre poco m á s o menos le contesto. ¿iHa tomado usted gasolina? me dice. Todo está preparado, señor le manifiesto. Bueno- -me dice- quiero que llegue usted a las once. Perfectamente, señor le digo. Y sin otra palabra monta en el coche y arrancamos. ¿Así, sin m á s ni más? -dijo Perivale. -Así, sin m á s ni m á s señor... en el acto. Y o no había desayunado; había tomado únicamente una taza de té y un bocado de pan con manteca; pero pensé que ya comería después que terminase con él. Y le dejé en Newhaven a las diez y media. ¿D ó n d e? -p r e g u n t ó Perivale. -É n el Hotel de Londres y P a r í s s e ñ o r adonde él me dijo que le llevase. -E s t á muy cerca del puerto, ¿no? -Sí, señor... frente al desembarcadero, -Bueno... ¿A l g o m á s? ¡Nada mís ¡s e ñ o r! Me pagó cumplidamente y me dio de propina cinco chelines, y no volví a verle más. Por lo menos, no volví a verle después de haber entrado en el hotel. ¿D i j o algo acerca de adonde iba? -N o dijo nada, señor. Pero, desde luego, yo me lo figuré. Pensaba embarcar para Dieppe en el vapor de las once cuarenta y cinco. ¿Usted conoce el horario de los vapores que van de Newhaven a Dieppe? -Sí, señor... Viví por allí algún tiempo. Y esos vapores del Canal no cambian mucho de horario de un a ñ o para otro. P o r más que el de las once cuarenta y cinco sale a veces quince minutos más temprano; depende de l a marea. -Bueno, W a l t o n ¿puede usted describirme a ese hombre? Díganos cómo era... lo m á s exactamente que le sea posible. -Pues mire, señor; era lo que diríamos un hombre de mediana edad, m á s bien viejo; inglés, desde luego; un poco alto, un poco fuerte, con tendencia a grueso; elegante, bien vestido, con traje obscuro, abrigo negro y sombrero hongo. L a barba estaba recortada y, algo canosa. N o era un hombre de muchas palabras, señor. Perivale experimentó de pronto una iluminación. Un apellido cruzó por su pensamiento: ¡Spring! CAPITULO XVII La fonda. Durante un minuto o dos Perivale permaneció sentado en s i lencio, mirando al conductor del taxis. D e pronto se levantó de su asiento. E l inspector le m i r ó interrogativamente y le indicó: ¿H a tenido usted alguna idea? ¿S e le ha ocurrido a usted algo? -Sí- -replicó Perivale, volviéndose a Walton- ¿E s t á usted bastante fuerte para dar un paseo? -inquirió- ¿Se atrevería usted a i r hasta Los Prados? ¡l ü h sí, señor; lo intentaré! -contestó Waitón- Las piernas están fuertes. -Pues venga conmigo- -dijo Perivale. Pero al dirigirse a la puerta le ocurrió otra idea y se quedól mi- i rando- a los libros y papeles que había sobre la mesa del inspector. ¿Hay por ahí un itinerario? -preguntó ¿E l de las comum- caciones del Canal y de P a r í s? ¡D é m e l o! Volvtó a sentarse y empezó a estudiar el libro que el inspector le entregó. H a b í a pensado en ciertas posibilidades, que sólo podía esclarecer un estudio del itinerario. S i el hombre de que Walton; acababa de hablar era realmente Spring, ¿c ó m o se las había arreglado Spring, que, desde luego, se hallaba en P a r í s el domingo por la mañana, 22 de octubre, para estar en Folkestone el lunes por la noche, 23 de octubre: otra vez en P a r í s al día siguiente y de nueva en Folkestone a las nueve de la noche del miércoles, 25 de octubre? U n poco de atención sobre los números que tenía delante bastó para convencer a Perivale de que aquellos viajes podían hacerse, y hacerse fácilmente. S i Spring salió de P a r í s a las doce de l a mañana del lunes, llegó a Dover a las cinco, y pudo estar en F o l kestone a las cinco y media de aquella tarde. Saliendo de Newhaven a las once cuarenta y cinco del martes pudo estar en P a r í s de nuevo a primera hora de l a tarde. Los movimientos de Spring el miércoles, 25 de octubre, eran ya bien conocidos de Perivale. Inmediatamente devolvió el itinerario al inspector, e invitando a Walton a que le siguiese marchó al paseo de Los Prados. Iba reflexionando todo- el tiempo: S i el hombre descrito por Walton resultaba ser Spring, ¿qué fué lo que llevó a Spring a Folkestone aquella noche particular? ¿Y por qué, entre todas las demás fondas de la ciudad eligió una muy próxima al sitio en que se encontró el. cadáver de Auberge? Podría ser una coincidencia, pero podría no ser tal... Acaso hubiese algún secreto designio que Perivale no pudiese por entonces sondear. Pero cualquiera que fuese este designio, Perivale tenía una impresión que estaba relacionada con el mismo. E l hombre con quien Auberge había dicho a místress Wolstroem que tenía que celebrar una entrevista, era probablemente Spring. Llegó a celebrarse aquella entrevista? -Bueno, Walton- -dijo, cuando llegaron a mitad del paseo- ¿de cuál de esos sitios fué de donde salió su cliente aquella mañana? Walton señaló hacia un grupo de casas que había enfrente. -N o puedo asegurar exactamente la casa, señor- -contestó- ¡Son tantas esas fondas y se parecen tanto unas a otras, que resulta bastante difícil precisar! Pero estoy seguro de una cosa: era una de las que están entre ese pie de farol y la entrada de la caltej siguiente. ¿Está usted seguro de eso? -preguntó Perivale. -Completamente seguro. Y o llegaba aqui con mi coche, y de la verja de uno de esos hotelitos fué de donde v i salir a aquel caballero. Perivale despidió a Walton, asegurándole que sería recomendado por sus informes, y, atravesando el camino, empezó sus indagaciones en la primera de las fondas que el conductor de taxis le había indicado. De las primeras tres casas no sacó nada en limpio... pero en la cuarta levantó la pista del hombre que buscaba. L a encargada de la fonda, una casa capaz de albergar a unos doce o quince huéspedes, recordaba muy bien a aquel individuo... U n señor muy simpático y tranquilo, que llegó a primera hora de la tarde, manifestó que tenía que pasar la noche en la ciudad y se marchó a la m a ñ a n a siguiente muy temprano. ¿S u nombre? l i t a b a registrado en el libro de entradas, desde luego. Fecha 23 de octubre: Míster Charles W i n ter, Londres. Perivale dirigió una mirada larga y significativa a esta entrada, y t r a t ó de retener en la memoria las particularidades de la escritura, aunque al mismo tiempo se preguntaba si la escritura misma no estaría disimulada. Luego se volvió al encuentro de la encargada, que le observaba con idéntica curiosidad, y la p r e g u n t ó ¿Flabía estado este señor alguna vez en su fonda, señora? -N o era completamente extraño- -replicó l a encargada- M e elijo que tenía un asunto aquí cerca, a una hora de la tarde m á s bien avanzada, y había pensado quedarse en la ciudad toda la noche... Y o no le conocía de antes... pero era un hombre muy pacífico y agradable. Todo un caballero, ¿sabe usted? ¡Comprendido! -dijo Perivale con gravedad- ¿Y puede usted decirme algo acerca de sus idas y venidas? ¿Q u é hizo después de su llegada? E n el tono de Perivale había algo que hizo vacilar a la encargada antes de contestar a estas preguntas directas. L e m i r ó con i n sistencia y duda y le p r e g u n t ó ¿Podría saber con quién tengo el gusto de hablar? N o acostumbramos a dar informes de nuestros huéspedes, y Perivale sacó su tarjeta oficial y se l a entregó. L a encargada la m i r ó y abrió la boca. ¡O h! -exclamó- Pero espero que no haya en esto nada malo. U n hombre tan. (Se continuará. -nimmT Hiniiíjii, T
 // Cambio Nodo4-Sevilla