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A B C. M I É R C O L E S g D E S E P T I E M B R E D E 1931. E D I C I Ó N bría mucho que discurrir acerca de ello, y no es el momento; lo que sí afirmo es que la sinceridad, en todas las ocasiones un deber, era en el caso de las elecciones del 12 de abril, después de una Dictadura y de la supresión del sufragio durante siete años, no sólo una exigencia de la probidad gobernante, sino del más elemental patriotismo, y acaso también una necesidad ineluctable. Reconozco que no ha sido bien apreciada, ni muy agradecida, esa sinceridad y la resistencia que honradamente opuso el Gobierno, de acuerdo con D. Alfonso, a toda sugestión contraria al sagrado respeto a la voluntad de los electores. Pero de haberlo hecho así, en la parte que me correspondía, estoy bien ufano, convencido, además, de que las corrupciones y falseamientos electorales, ni cambian las realidades políticas, ni retrasan, sino levemente, los acontecimientos, a cambio de hacer más graves e irreparables las conmociones. E n cuanto a las medidas insinuadas, conviene hablar con claridad: se trata de medidas de fuerza. Y la fuerza, en aquella ocasión, no hubiera evitado los sucesos; sencillamente habría aumentado el estrago de ellos. Acertado o no, justo o injusto- -no es ése mi tema ahora- el movimiento de la opinión española que puso fin a la Monarquía era tan arrollado! que nada sino otra opinión tan numerosa y resuelta como aquélla hubiera podido impedir su triunfo; esa opinión no la hubo. L a primera se impuso con ímpetu y pasión tan abrumadores como los que hemos visto, meses después, desplegarse ante las elecciones generales, en las que la Monarquía- -sin que esto constituya reproche para nadie- -no ha tenido candidatos, ya que el único que ha ostentado durante el proceso electoral su filiación monárquica, y con este carácter, sin aditamento n i encubrimiento, ha sido elegido, soy yo. Todo lo cual no obsta a que no me repute infalible como historiador aún de lo que he presenciado. ¡H a y tantas cosas que nuestros ojos han visto, y que, sin embargo, niega el corazón... CONDE DE ROMANONES 1 D E ANDALUCÍA. P A G 16 tria y el paralizamiento de la edificación, esos otros brazos que lleguen de los pueblos en demanda justísima de que los ocupen también? Hasta ahora, el Ayuntamiento de Madrid ha tenido el criterio respetable, en el fondo quizá equitativo, de no dar trabajo más que a los obreros avecindados en Madrid, para l o c u a l exige a los solicitantes que acrediten en las oficinas de paro esta condición previa. E l criterio es egoísta, pero humano. E n buena economía, es natural y lógico que cada Municipio no se considere obligado a remediar otras calamidades que las de los avecindados en él. Pero una cosa es la teoría y otra la realidad. Contra todos los propósitos del Ayuntamiento, aun amparado p o r l a fuerza coercitiva del Estado, se producirá fatalmente el hecho inevitable de la afluencia de esos desocupadas forasteros. H a ocurrido todos los invier- nos en épocas normales. ¡Cómo no ha de acontecer ahora en que la crisis de trabaje es un problema no sólo nacional, universal! Ocurrirá irremediablemente. ¿Y qué hará entonces el Ayuntamiento de M a d r i d y el Gobierno? iRepatriarlos a sus lugares respectivos? ¿Consentir que se mueran de hambre? ¿L o consentirán ellos? Tendrán l a mansedumbre necesaria para resignarse a esta actitud de indefensión, y desamparo? L a Historia es pródiga en enseñanzas, porque en el largo desenvolvimiento de l a vida los hechos se repiten. E l año 1840 publicó Luis Blanc en l a Revista del progreso político, social y literario su famosa teoría de l a Organización del Trabajo Ocho años después, l a revolución derocaba en Francia el poder, desterraba a la familia de Orleáns, erigía l a República y proporcionaba a los socialistas franceses la ocasión de poner en práctica las teorías de L u i s Blanc. E l 24 de febrero de 1848 se proclamaba la República, y el 25 se publicaba el decreto reconociendo el derecho al trabajo. E l Gobierno se obligaba a garantizar el trabajo a todos los ciudadanos franceses, y, consiguientemente, su derecho a vivir. A l efecto se establecieron los llamados Talleres N a cionales. P a r a ser admitido en ellos bastaba inscribirse en cualquier Alcaldía de barrio de París. M a s como en realidad no había tales talleres, por lo pronto hubo que limitarse a poner en explotación las canteras de los alrededores de la ciudad, con lo cual se consideró que habría bastante para resolver el problema del paro, exacerbado aquellos días a consecuencia de l a revolución; pero la noticia de la facilidad en el otorgamiento de trabajo trascendió a provincias, y el número de inscritos, qus se había calculado alrededor de unos 10.000, llegó a 99.400, a los cuales, naturalmente, no hubo manera de dar ocupación. Asustada la Asamblea Nacional, ordenó a todos los inscritos que contaran de diecisiete a veinticinco años que ingresaran en el Ejército o volvieran a sus provincias respectivas. Los obreros se amotinaron y sobrevino la segunda commune, que ensangrentó durante cuatro días las calles de París, y al fin fué sofocada con una represión enérgica y brutal. N o es de temer que en las actuales circunstancias lleguen a producirse en M a d r i d acontecimientos de tal naturaleza, pero de todos modos, y puesto que hay tiempo todavía, podrían adoptarse algunas medidas previsoras para evitar la contingencia. de las posibles alteraciones de orden público a que pueda dar lugar l a movilización de estas masas de desocupados. E l hambre es mala consejera, y las tendencias extremistas que ahora están en moda no son las más a propósito para llevar a los desesperados por los caminos de la resignación y l a paciencia. E n Bilbao, en Sevilla, en Valencia, últimamente en Málaga, ya hemos visto los procedimientos expeditivos a que acuden los grupos sin trabajo. E l problema no se resuelve echando sobre esas pobres gentes a los guardias de asalto ni los caballos de, la Guardia civil. Hemos quedado todos en que más vale prevenir que castigar. Si nuestro Ayuntamiento mantiene su criterio- -en iusticia no se le puede demandar otra c o s a de no dar ocupación más que a los trabajadores de M a d r i d no estaría de más que por quien corresponda se advierta a los vecinos de los pueblos comarcanos, y aun de las provincias colindantes, l a prohibición absoluta de venir a la capital en busca de ún trabajo que no existe, incluso haciendo personalmente responsables a los alcaldes respectivos de las consecuencias de esta transgresión; es decir, de sufragar todos los gastos que ocasione l a estancia y el reintegro del desobediente. L a medida será un poco arbitraria, pero eolíticamente no es ningúfl desatino. PEDE M A T A LECCIONES DE LA HISTORIA E l derecho al trabajo E l Ayuntamiento de M a d r i d está preocupadísimo con el desarrollo que adquiere el problema local del paro forzoso. E s para estarlo. Cada día que pasa, cada semana que transcurre es mayor el número de solicitantes que acuden a los Almacenes de la V i l l a en demanda de ocupación, y más reducido el caudal de posibilidades económicas de que la Hacienda municipal dispone para hacer frente a la magnitud del conflicto. Sólo en bonos en especie lleva el Ayuntamiento de Madrid repartido medio millón de pesetas. Y estamos en septiembre; es decir, cuando las faenas agrícolas retiene todavía en los pueblos centenares de hombres ocupados, que dentro de un mes quedarán inactivos y afluirán sobre l a capital, unos empujados por la necesidad imprescindible de comer, y otros atraídos por el falso espejuelo, por el concepto equivocado, pero unánime entre los campesinos, de que en los grandes centros de población es más fácil solucionar el pavoroso problema de la vida, que en los pueblos pequeños, concretados casi exclusivamente al laboreo de la tierra. ¿Qué hará el Ayuntamiento de Afadriri cuando dentro del plazo apremiante que impone l a proximidad del invierno se sumen a los m i les de brazos inactivos que ha causado, y seguirá causando, cada vez en cantidad más alarmante, la crisis ciudadana de l a indus ¿orto K C A 4? J i a U t bS V Lia ¿a. V 1 5 t no 3. W
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